LOS INICIOS DE LA FILOSOFÍA:
PRESOCRÁTICOS, SOFISTAS Y SÓCRATES
Los
viejos griegos.
Aunque no lo
sepamos, hablamos como griegos, pensamos como griegos y conservamos muchos de
sus gustos y valores. Y todo eso, cosas de la historia, aunque Grecia sea hoy
poco más que una oferta turística en las agencias de la Unión Europea.
El escenario.
En aquellos
tiempos, Grecia no era un país. Desde el sur de Italia hasta las costas del
Asia Menor, pasando por lo que hoy llamamos Grecia, surgieron varias
ciudades -pequeñas para los criterios actuales- cada una de las cuales
constituía un Estado independiente, con su propio gobierno y sus propias leyes.
Las unían, sin embargo, algunos vínculos como el idioma –todas hablaban griego,
con algunas variantes- ciertas tradiciones literarias folklóricas y religiosas,
como los poemas de Homero y de Hesíodo, y la realización periódica de los
Juegos Olímpicos, que convocaban a los mejores atletas de esas ciudades en
Olimpia. Eran ciudades prósperas, cuya dedicación al comercio marítimo les
aseguraba un continuo contacto con otras culturas y otras ideas, y en las
cuales dominaba lo que hoy llamaríamos una burguesía acomodada que podía
dedicarse al ocio creativo en la medida en que sus necesidades productivas
estaban cubiertas por el trabajo de sus esclavos. Como se ve, las ciudades
griegas -a las que en adelante llamaremos las polis, para diferenciarlas de lo que hoy entendemos por ciudades- estaban lejos de constituir
un poderoso imperio al estilo de Egipto o de Persia: eran sociedades de clase
media, la mayoría de cuyos habitantes seguramente estaban más preocupados por
vivir bien que por pasar a la historia por sus grandes hazañas.
¿Cómo se
explica entonces que en estas modestas polis se produjera la revolución
cultural más importante quizás de toda la historia, al menos de la historia
occidental? Probablemente no exista una respuesta global a esta pregunta. Como
sucede en la vida humana, en la historia aparecen a veces consecuencias que
superan sus causas. Se han mencionado algunas particularidades de las polis, todas ellas ciertas pero que
probablemente no llegan a explicar “el milagro griego”. Por ejemplo, la
creciente democratización de sus clases dirigentes, que reemplazaron
progresivamente a una nobleza más preocupada por el poder que por la cultura,
su carácter de ciudades portuarias dedicadas al comercio, que les obligó a
abrir su mente por el trato constante con otras formas de vida y otras maneras
de pensar, y sobre todo las peculiaridades de su religión.
A
diferencia de otros pueblos de su época, la religión griega tenía más de
poético y folclórico que de sagrado y mistérico. Las aventuras de los dioses y
las diosas griegas, bellamente narradas por sus poetas, expresan todas las
pasiones humanas: los dioses y las diosas se enamoran, tienen celos, se tienden
trampas, tienen hijos con los mortales, protegen o castigan a los humanos según
su capricho y, en general, son personajes que comparten las grandezas, miserias
y debilidades de sus fieles. Este tipo de religión deja espacio para que los
creyentes busquen por sí mismos las respuestas a las grandes preguntas que las
grandes religiones se han ocupado de responder. Un egipcio o un hebreo, por
ejemplo, anonadado ante la grandeza y el poder de sus divinidades, no necesita
elaborar una filosofía: su religión, por medio de sus sacerdotes y profetas, se
encarga de pensar por ellos, de enseñarles cuál es el sentido de la vida y el
contenido del bien y del mal. Los grandes dioses de la antigüedad no permiten
que se les mire a la cara, y la única relación del creyente con ellos consiste
en la adoración sumisa. El griego, en cambio, establece con sus dioses una complicidad
en ocasiones festiva, que le deja espacio para buscar en otra parte las
respuestas a las grandes preguntas de la vida. La filosofía encuentra así un
terreno libre para plantear sus cuestiones y sobre todo, un ambiente tolerante
que permite respuestas diversas y contradictorias, en la medida en que no están
garantizadas por una instancia sobrenatural sino que provienen de la modesta
razón humana. Por el contrario, cuando declina la época clásica y la crisis
histórica y cultural se generaliza, muchos griegos comienzan a buscar
respuestas en religiones importadas de oriente, menos tolerantes y más
absorbentes. Pero nos ocuparemos de esto más adelante, ya que todavía faltan
varios siglos para que suceda.
El mito y el logos.
Los humanos
tenemos una inveterada necesidad de explicar el mundo en que vivimos. No
nos basta con adaptarnos a él, aprovechar sus ventajas y evitar sus peligros,
como tratan de hacerlo los demás animales. Tenemos la manía de preguntarnos por qué las cosas son así y no de
otra manera, y ello aunque ese por qué
carezca de utilidad inmediata. Queremos saber por saber y esa curiosidad es
quizás una de las características más específicas de nuestra especie.
De ahí que
aun los pueblos más primitivos hayan buscado explicaciones al mundo que les
rodea. Y las primeras explicaciones de las que tenemos noticias toman la forma
de relatos. Pero unos relatos
que no buscan tanto entretener o agradar cuanto transmitir al oyente una
explicación de la realidad. Una explicación, en la mayoría de los casos,
sembrada de elementos sobrenaturales, de dioses y demonios, de potencias
positivas o negativas de carácter sobrenatural, pero que no pierde de vista la
realidad de la vida humana.
Un ejemplo
típico de mito lo encontramos en El
Banquete de Platón, quizás narrado con cierta ironía. Aristófanes -uno
de los asistentes al banquete que da nombre al diálogo- trata de explicar el
amor humano acudiendo a un mito. Según él, en tiempos remotos los sexos no eran
dos sino tres: hombres, mujeres y andróginos, que participaban de ambos sexos.
La forma de todos era esférica, con cuatro brazos y cuatro piernas, como si dos
personas de las actuales se unieran por la espalda. Como se sentían muy
poderosos, cometieron el peor pecado de la cultura griega: la hybris, la soberbia del hombre que
trata de equipararse a los dioses. Zeus, para castigarlos, los divide en dos,
dejándolos como son ahora. De tal modo que cada uno de las mitades resultantes
busca a su otra mitad: las mitades de los andróginos buscan al sexo opuesto (heterosexualidad),
las mitades de los hombres buscan a otro hombre (homosexualidad masculina) y
las mitades de mujeres buscan a otras mujeres (homosexualidad femenina). Y a su
vez estos amores participan de los astros: el sol (principio masculino) la luna
(principio femenino) y la tierra (que participa de ambos)
Como se ve,
el relato contiene elementos sobrenaturales y fantásticos, pero la explicación
no puede calificarse sin más como falsa. Buena parte de la literatura amorosa
de nuestra cultura describe el amor como la aspiración de dos personas a unirse
en una sola: “seréis dos en una carne”, dice el ritual del matrimonio, mientras
que el lenguaje popular habla de “media naranja”. En los mitos, el relato
fantástico sirve de vehículo a una concepción de la vida humana en ocasiones de
una riqueza y profundidad que no tiene nada que envidiar a explicaciones más
racionales. La mitología griega, en particular, es capaz de transformar en
relatos algunas experiencias que se resistirían al lenguaje abstracto de la
ciencia.
Pero los
griegos, sin abandonar el mundo de los mitos, buscan otros caminos para
explicar la realidad. Y lo encuentran en lo que se ha llamado el camino del logos. Como sucede con tantas
palabras griegas, la traducción de logos
es muy difícil: su significado primitivo remite a la idea de juntar, de reunir,
de recoger. Y a partir de allí su significado se dirige al lenguaje. Significa,
entre otras cosas, palabra, dicho, definición, razón, explicación, afirmación,
discusión, argumento, razonamiento, tratado, estudio, concepto, pensamiento y
otras muchas acepciones. De entre ellas, nos interesa fijarnos en dos: logos significa a la vez lenguaje y
razón. Y esta coincidencia no es casual. El nuevo camino explicativo que van a
emprender los griegos consiste en apelar a la razón renunciando al relato. Pero
la razón humana no tiene otra manera de desarrollarse si no es por medio del
lenguaje, de la palabra. Los relatos del mito serán sustituidos por conceptos,
por palabras que renuncian a contar historias y tratan de apresar la esencia de
la realidad.
Los primeros pasos de la
filosofía.
En cualquier
caso, los griegos siguen pensando sobre el mundo, preocupados por explicarlo. Y
lo primero en que se fijan es en la naturaleza que les rodea. El problema que les
preocupa podría describirse así: la naturaleza incluye muchas cosas: las
montañas, los mares, los pájaros, las fieras, el rayo, la lluvia, los insectos.
La inteligencia se desorienta ante tal multiplicidad: es necesario encontrar un
orden en medio de este caos. Y para encontrarlo es preciso fijar un criterio
que permita ordenarlo, es decir, un punto de vista que permita reunir cosas muy
distintas bajo un único concepto. Recordemos que la palabra logos evoca la idea de recoger,
juntar, reunir. Es lo que hacemos todos los días cuando usamos el lenguaje:
llamamos hombre o mujer a una persona alta, baja,
blanca, negra, joven o vieja, así como reunimos bajo el concepto vegetal objetos tan diferentes como
un álamo, una rosa o una lechuga. Siguiendo el modelo del lenguaje, esos
primeros filósofos se esforzaron en encontrar algo común, que fuera el origen de todo lo que nos rodea y que
hiciera comprensible para la inteligencia la desordenada variedad de las cosas
naturales. Y lo buscaron en la misma materia, sospechando que la diversidad no
era otra cosa que las sucesivas transformaciones que sufre ese elemento común,
cargado todavía de un fuerte simbolismo religioso, que ellos llamaron la physis, palabra que podría traducirse
por naturaleza, recordando que
ambos términos aluden al nacimiento:
aquello de lo que todo nace.
Los físicos.
Así, por
ejemplo, Tales de Mileto (el primer filósofo del que tenemos noticias)
supuso que ese elemento común que está en el origen de todos los elementos
naturales era el agua. No le faltaban razones: el agua, protagonista de muchas
cosmogonías, es capaz de sufrir transformaciones por las cuales pasa del estado
líquido al sólido y al gaseoso y constituye la condición necesaria de la vida. Anaximandro,
sin embargo, supuso que este origen no había que buscarlo en un elemento tal
como lo conocemos sino en una especie de materia primordial que está en el
origen de todos ellos pero no se identifica con ninguno y le llamó el ápeiron (lo indefinido) Anaxímenes
prefirió elegir el aire, que todo lo envuelve, a todas partes llega y
constituye el soplo vital de los seres animados. En cualquier caso, y más allá
de la ingenuidad de estas explicaciones, estos primeros filósofos dan un paso
decisivo en nuestra manera de entender el universo. La necesidad de explicar el
mundo en que vivimos, necesidad que no compartimos con los demás vivientes, ya
no busca la explicación en relatos sobrenaturales, en historias fantásticas en
las que intervienen dioses y demonios sino en la naturaleza misma, en una reflexión
sobre el mundo que renuncia a lo sobrehumano y se conforma con las modestas
fuerzas de nuestra razón.
Estos
primeros filósofos, de quienes no conservamos ningún texto y de los que sólo
tenemos noticias por referencias de otros pensadores posteriores, fueron
llamados los físicos por su
búsqueda de la physis. Vivieron
en Jonia, en ciudades griegas situadas en el territorio del Asia Menor, que hoy
corresponde a Turquía, durante el siglo VI antes de Cristo.
En el mismo
siglo, pero a muchos kilómetros de Jonia, en el sur de Italia, se desarrolla
otra escuela de pensamiento totalmente distinta pero que busca lo mismo: poner
orden en la variopinta diversidad de la naturaleza. Es la escuela de Pitágoras,
que fundó una especie de monasterio filosófico con una rígida disciplina. A su
juicio, ese principio del orden natural no hay que buscarlo en un elemento
físico sino en un principio formal: el número. “Todas las cosas que se conocen
contienen un número, pues sin él nada sería pensado ni conocido”, decía Pitágoras.
Adelantándose a la física moderna, los pitagóricos afirman que el universo está
regido por leyes matemáticas, que explican desde el movimiento de los astros
hasta la armonía musical y la misma vida humana. Si bien hay que recordar que,
como en caso de los físicos, ese principio está teñido de una concepción
simbólica y religiosa que la distingue del pensamiento científico.
Los metafísicos.
Volvemos a
las costas del Asia Menor, a la ciudad de Éfeso. Surge allí uno de los
pensamientos más importantes de esta primera época, que tendrá una enorme
influencia posterior. Heráclito vive entre el siglo VI y el V a. C. y
según él la realidad consiste en un continuo proceso imposible de detener y
fijar, como las aguas de un río. Este proceso funciona movido por la
contradicción: la lucha de contrarios (como la noche y el día, lo seco y lo
húmedo, lo frío y lo caliente) hace que nada sea lo que es. Todo es un continuo
flujo, un constante devenir, incluyendo nuestra vida humana. Pero sin embargo
esta contradicción permanente entre el ser y su negación se resuelve en una
armonía universal, en un orden que integra los polos opuestos en un perfecto
equilibrio. El logos es capaz
de reconciliar los contrarios, como el acorde una lira nace de las distintas
notas que surgen de ella. Si los físicos elegían como principio elementos
estáticos, como el agua y el aire, Heráclito busca en el fuego el elemento
primordial, un elemento que en ningún instante es idéntico a sí mismo y que
nace de la negación de aquello que lo alimenta.
Pero una vez
más tenemos que emprender un largo viaje y volver al sur de Italia, a la ciudad
de Elea. Casi contemporáneo de Heráclito, Parménides concibe la realidad
de modo muy distinto. Para él, el ser es lo único que existe y el no-ser no
existe, de tal modo que ni siquiera se le debe nombrar. Pero si tomamos en
serio estas aparentes trivialidades, llegamos a la conclusión de que todo
cambio es una mera apariencia. Porque si cambiar es pasar “de ser algo” a “no
ser algo” (o al revés) y uno de esos términos (el no-ser) hemos dicho que no
existe, sólo podemos llegar a la conclusión de que nuestra razón sólo puede
admitir la existencia del ser inmóvil e inmutable. Y único, porque lo que
distinguiría a un ser de otro sería precisamente que uno de ellos “no es” el
otro. Y ya hemos vuelto a pronunciar la palabra prohibida: el no-ser. Y, por
supuesto, eterno. Si no fuera eterno ¿qué hubiera podido existir antes (o
después) del ser? ¿El no-ser? A estas alturas, es ocioso recordar que el no-ser
no existe...
Nuestro
sentido común se rebela ante estas conclusiones, que parecen meros juegos de
palabras: vemos todos los días que los seres que nos rodean son muchos,
cambian, se mueven, aparecen y desaparecen. Parménides no lo negaría. Pero eso
sólo demuestra que nuestros sentidos no son capaces de ofrecernos la verdadera
realidad, aquel principio que los griegos están buscando desde hace ya un siglo
y que no se deja atrapar por la vista o el oído y que sólo se muestra a la
razón. En los comienzos de la filosofía ese principio fue un elemento material
(el agua, el ápeiron, el aire),
luego lo buscaron en el número y ahora se piensa en una realidad meta-física,
es decir, situada más allá del mundo físico de nuestros sentidos, ya se trate
del devenir de Heráclito o del ser de Parménides. Y eso que el camino del logos recién está empezando.
Esta
concepción del ser de Parménides como único, eterno, inmóvil e inmutable va a
tener una enorme influencia en todo el pensamiento posterior. Cuando hablemos
de Platón vamos a tener ocasión de recordar este tema y cuando, mucho más
adelante, el cristianismo construya su propia filosofía, su concepción de Dios
va a heredar las características del ser de Parménides. Pero no nos
adelantemos.
Los pluralistas.
Se llama así
a algunos filósofos que van a tratar de reconciliar el ser único e inmutable de
Parménides con el hecho evidente del cambio. Ellos van a aceptar que el ser no
cambia, pero negarán que sea sólo uno, y afirmarán que la naturaleza surge de
la combinación de varios principios.
Así, por
ejemplo, Empédocles recurre a los cuatro elementos tradicionales: el
aire, el agua, la tierra y el fuego, que ya habían inspirado a algunos
filósofos que conocemos. Estos elementos, entremezclándose, adoptan pluralidad
de formas, como dice en uno de sus poemas, hasta el punto que los mismos dioses
están compuestos de ellos. Los elementos se unen y se separan movidos por dos
principios activos: el amor y el odio. El tiempo no es más que la incesante
repetición de estas uniones y separaciones, que continuarán eternamente.
Anaxágoras
va más allá. No se trata de cuatro elementos sino de infinidad de semillas,
cada una de las cuales contiene las cualidades de todas las cosas, y por eso
pueden transformarse sin dejar de ser lo que son. Pero, como siempre, la
combinación de estas semillas (spermata,
en griego) no está librada a la casualidad. Todo el mundo está regido por una
mente o inteligencia (el nous,
en griego), independiente de esas semillas, una especie de amor intelectual que
genera una especie de torbellino que une y separa esas semillas.
Demócrito
es probablemente el más maduro de los pluralistas. Su filosofía anticipa, a su
modo, conclusiones que la física moderna va a tardar siglos en postular. Según
él, todo lo que existe está compuesto por partículas simples llamados átomos, que etimológicamente
significa “lo que no puede dividirse”. Los átomos se parecen al ser de
Parménides: son eternos e inmutables, pero se distinguen entre sí por la forma,
el orden y la situación y su número es infinito. Según la forma en que esos
átomos se combinen en el vacío tendremos la diversidad de seres que pueblan
nuestro mundo y sus constantes cambios se deben al constante movimiento
(torbellino) a que están sometidos: cuando se juntan producen la generación y cuando
se separan la corrupción.
Evidentemente,
hay enormes diferencias con la teoría atómica de la física moderna. Pero si
tenemos en cuenta que Demócrito escribe en el siglo V antes de Cristo,
basándose únicamente en el pensamiento racional y sin ninguna base
experimental, no podemos menos de sorprendernos de que formulara un sistema que
tanto se acerca a la concepción moderna de la materia. Es verdad que la
combinación de los átomos es la que produce las diferencias entre unos seres y
otros: el agua es agua porque se combinan dos átomos de hidrógeno y uno de
oxígeno, pero si otro átomo de oxígeno se les une se convierte en agua
oxigenada. Y así con todo.
La teoría
atómica de Demócrito (y de un posible maestro suyo que fue Leucipo) va a
ser retomada más adelante por los epicúreos, que extraerán de ella preceptos
morales, e incluso va a inspirar la poesía de Lucrecio, ya en el mundo latino.
Recapitulando.
En adelante
nuestra historia va a desarrollarse en un nuevo escenario. Pero antes de dejar
a estos primeros filósofos (que suelen llamarse los presocráticos, aunque
algunos fueron contemporáneos de Sócrates) conviene echar una mirada al camino
que hemos recorrido hasta ahora.
Nos hemos
encontrado ya con un problema que nos va a acompañar a lo largo de toda la
historia y que para algunos constituye la prueba de la inutilidad de la
Filosofía. Cada filósofo rechaza lo que dijo el anterior y propone su propia
solución al problema. Parece que cada uno está empezando de nuevo la historia
del pensamiento, cosa que no sucede, por ejemplo, en la ciencia. Tales afirma
que el principio es el agua, Anaximandro que es el ápeiron, Pitágoras que es el número, Heráclito habla del
devenir, Parménides del ser, etc. Y la historia del pensamiento seguirá por ese
mismo camino.
Sin embargo,
en lo poco que llevamos visto aparece ya una unidad muy profunda. Como hemos
dicho antes, en el fondo de todas esas respuestas diferentes, estos primeros
filósofos buscan, cada uno a su modo, un principio único que explique la
diversidad de las cosas naturales. Los sentidos, -la vista, el oído, el
olfato...- nos ofrecen multitud de datos desordenados y revueltos: vemos
colores, formas, oímos sonidos graves y agudos, ruidos, música. Pero si
queremos pensar acerca de lo
que ellos nos informan, no tenemos más remedio que reducirlas a conceptos, es decir, a unidades que
abarcan muchos datos de los sentidos reunidos en un mismo significado. Cuando
hablamos de “la humanidad”, por ejemplo, o del “universo”, no nos estamos
refiriendo a un confuso montón de impresiones sensitivas (aunque ellas sean
necesarias para formar esos conceptos) sino que estamos apelando a lo que esos
viejos griegos llamaban logos:
recordemos una vez más que su significado originario era el de reunir, juntar.
Y esa tarea
de buscar la unidad detrás de la diversidad de las apariencias es lo que hace
desde el lenguaje cotidiano (que llama “animal” al mosquito y al elefante)
hasta la ciencia más avanzada (los físicos actuales tratan de encontrar una
fuerza única que unifique las cuatro fuerzas que rigen el universo). Y esa
tarea la inician, de modo tentativo y a veces ingenuo, estos primeros
filósofos, que tratan de descubrir un principio único y permanente detrás del
aparente desorden de la naturaleza.
El hombre y la política: los
sofistas.
Como habíamos
anunciado, cambiamos de escenario. Hasta ahora nos hemos movido a saltos por
todo el territorio de lo que se ha llamado “la magna Grecia”, que incluye lo
que hoy llamamos Grecia junto con el sur de Italia y las costas del Asia Menor.
(Notemos, de paso, que los filósofos del Asia Menor, como los físicos, tienden
a pensar de un modo más concreto y material que los del sur de Italia, como
Pitágoras y Parménides, más proclives al pensamiento formal y abstracto).
Pero en
adelante la gran Filosofía se va a concentrar en Atenas, la ciudad que hoy es
capital de Grecia. Y al hacerlo, va a cambiar su centro de interés. Porque en
Atenas, durante el siglo V antes de Cristo, se va a implantar un sistema
político totalmente novedoso en el mundo antiguo: la democracia.
La democracia
ateniense (como es sabido la palabra democracia
significa poder del pueblo) no
es comparable con las democracias modernas. En primer lugar, no participaban de
ella ni los esclavos, ni las mujeres ni los llamados metecos, los naturales de otras ciudades griegas, lo cual reduce
la participación del pueblo a una mínima parte del total: los atenienses
varones y libres. Además, se trataba de una democracia directa y no
representativa como las actuales: el pueblo decidía los asuntos públicos por
votación en grandes asambleas. Muchos cargos, además, se ejercían por sorteo
entre los ciudadanos, en turnos rotatorios.
Pero más allá
de estas peculiaridades y de su carácter limitado, resulta sorprendente la mera
existencia de este sistema político cinco siglos antes de Cristo. Pensemos que
en nuestro mundo occidental la democracia no comienza a implantarse hasta fines
del siglo XVIII, y ello con muchas restricciones: el voto femenino, por
ejemplo, no se autoriza en muchos países hasta bien entrado el siglo XX. Como
en tantos temas, los griegos adelantaron formas de vida que serían recogidas
por occidente muchos siglos más tarde.
Pero lo que
nos interesa para nuestra historia es la influencia que tuvo esta democracia
naciente en la Filosofía. En un régimen democrático, a diferencia de los
regímenes autoritarios, es necesario convencer
a los demás de que nuestra propuesta es la mejor, asegurándose así los votos
suficientes para sacarla adelante, cosa que no necesita el monarca absolutista
o el dictador, que imponen su voluntad sin discusión. Pero para convencer es
necesario saber desarrollar los argumentos que justifican nuestras propuestas.
De tal modo que se crea en Atenas una demanda de profesores de retórica, que es
precisamente el arte de convencer. Y a esas demandas responde un grupo de
filósofos a quienes se les ha llamado los sofistas. Los sofistas, por lo tanto, se dedican a formar
políticos y para ello echan mano de la filosofía. Sólo que su filosofía ya no
va a preocuparse tanto de la naturaleza y sus principios sino sobre todo del
hombre y la vida política, de preparar ciudadanos que sepan proponer las
mejores leyes, es decir, las leyes más convenientes para la polis. El afán de
buscar la verdad oculta de la naturaleza, propio de los filósofos anteriores,
va a convertirse en la búsqueda de las razones que resultan más útiles para
justificar las leyes que el político propone. De tal modo que los sofistas van
a renunciar a la búsqueda de la verdad absoluta. Las leyes -y su justificación
filosófica- no son verdaderas ni falsas, sólo son más o menos convenientes: más
que buscar la verdad, se trata de ponernos de acuerdo en lo que más nos
conviene. De ahí el llamado “relativismo y convencionalismo sofista”: el
criterio de la filosofía ya no será “natural” sino “antropológico”, es decir,
relativo al hombre en su situación concreta. Una famosa frase de Protágoras hay
que entenderla en este sentido: “el hombre es la medida de todas las cosas”: ya
el hombre no depende de las leyes naturales que buscaron los presocráticos sino
que él mismo establece la ley.
Los sofistas
tienen muy mala prensa, debido a las críticas de Sócrates y Platón que
enseguida veremos. Se les acusa de cobrar por sus enseñanzas, de despreciar la
verdad objetiva reemplazándola por un oportunismo interesado, de compromisos
con el poder que cuestionan la pureza del pensamiento filosófico. Sin embargo,
los sofistas fueron quizás los filósofos de la democracia, que dieron un paso
decisivo para adecuar el pensamiento filosófico a los intereses de lo que hoy
llamaríamos “clases medias”, abandonando el carácter aristocrático de la
filosofía anterior. Introdujeron en el pensamiento filosófico ideas que hoy
consideraríamos modernas, como cierto cosmopolitismo que adelantaba la afirmación
de la igualdad de todos los hombres, incluyendo en algún caso el rechazo de la
esclavitud y una actitud agnóstica con respecto a la creencia en los dioses. En
cualquier caso, no se puede negar que tuvieron una gran importancia en la
historia del pensamiento al comenzar una reflexión sistemática, que ya nunca se
abandonaría, acerca del hombre y la política.
LA SOFÍSTICA.
La sofística es un amplio movimiento que surge como respuesta a la
necesidad de educar dirigentes políticos fundamentalmente entre la clase
incipiente de nuevos ricos que carecían de la educación aristocrática. Se
denomina "sofistas" a un conjunto de pensadores bien diferentes entre
sí pero que comparten algunos rasgos sobresalientes: entre sus enseñanzas
incluyen un conjunto de disciplinas humanitarias (retórica, política, derecho,
moral, etc.) y son los primeros profesionales de la enseñanza (organizan cursos
completos y cobran sumas considerables por enseñar). Ambos rasgos -carácter
humanístico de sus enseñanzas e institucionalización de la enseñanza misma-
muestran claramente que los sofistas tenían un proyecto bien definido de
educación, que venía a romper en muchos sentidos con la enseñanza tradicional,
inadecuada para las exigencias de la época.
Coinciden además los sofistas tanto en sus métodos (sus métodos
consistían en pronunciar largos discursos y comentar textos de autores
antiguos) como en el reconocimiento de su deuda con respecto a los poetas
tradicionales. Guthrie afirma: "Reconocían su descendencia de los poetas
educadores".
Se puede distinguir entre una Primera Sofística, contemporánea de
Pericles y anterior a la guerra del Peloponeso, y una Segunda Sofística, que se
desarrolla durante la guerra del Peloponeso y que reflexiona sobre algunas
ideas tan sólo pergeñadas por los sofistas más antiguos. Los sofistas más importantes de la primera época son Protágoras, Pródico y Gorgias. Los más relevantes de entre
los segundos son: Hipias Antifonte,
Licofrón, Alcidamante y Calicles.
Primera Sofística: aunque
los sofistas acostumbraban a practicar el compromiso con las religiones
existentes, no podían basar su teoría del Estado y la sociedad sobre el
fundamento religioso. El nuevo fundamento es la naturaleza humana. La
naturaleza humana consiste, según estos, en aspectos cooperativos que conducen
a la formación de una comunidad basada en la amistad y el respeto mutuo. La ley
(nomos) no está en contradicción con la physis del hombre: si la
naturaleza humana tiende al respeto (aidós) y a la cooperación y éstos
son potenciados por las leyes justas, bien se ve que no hay oposición entre
naturaleza y ley. Los sofistas entendían
por "estado natural" todo lo que favorece la vida en comunidad y por
ello es conveniente, agradable, justo, verdadero y correcto. Vemos, por tanto,
cómo se refleja en este punto el valor que daba la poesía heroica a la
comunidad y la amistad, y la idea de un orden cósmico que dicta lo que debe
ser, en este caso la naturaleza humana. La definición que los sofistas dan de
la physis del hombre es esencialmente
pragmática y está muy influida por la doctrina de los escritos hipocráticos
sobre la naturaleza humana. El sabio es el encargado de hacer que una cosa
parezca y sea conveniente para la comunidad. En este contexto "convertir
en fuerte el argumento débil" (Protágoras) significa convencer, y por la
importancia que tiene la persuasión se entiende que la retórica sea para ellos
esencial.
La virtud política (areté) se caracteriza por la posesión
del respeto mutuo (aidós) y la justicia (dike) y está asociada al
éxito. Para alcanzar éste, el hombre tiene que actuar con inteligencia, de la
que depende el éxito, el triunfo dependerá de que se sea más o menos verosímil
(eikós). El hombre virtuoso consigue ventajas personales de la práctica
de la virtud para el bien de la comunidad: recibe honor y obtiene placer. Vemos
en este movimiento entrelazándose los valores cooperativos de Hesíodo con los
competitivos de Homero, y sus morales campesina y aristocrática mezclándose. En
este sentido hemos de subrayar que los sofistas niegan la tesis aristocrática
según la cual hay dos naturalezas humanas radicalmente diferentes, lo cual se
hace patente en cuanto que afirman que la naturaleza humana puede se
perfeccionada por la enseñanza que dan los sofistas. Quien, gracias a ella,
alcanza los grados más elevados, está llamado a desempeñar la magistratura del
Estado.
Protágoras de Abdera
Según
la mayoría de los autores Protágoras nació en Abdera el año 481, aunque Burnet
y Taylor retrasan su nacimiento hasta el año 500 a. c.; hacia mediados de siglo
se instaló en Atenas, entablando amistad con Pericles, ciudad en la que alcanzó
un elevado protagonismo. Acusado de impiedad, probablemente de ateísmo y/o
blasfemia, por haber afirmado en su libro "Sobre los dioses" que no
es posible saber si los dioses existen ni cuál es su forma o naturaleza, se vio
obligado a abandonar Atenas refugiándose al parecer en Sicilia. "De los
dioses no sabré decir si los hay o no los hay, pues son muchas las cosas que
prohíben el saberlo, ya la oscuridad del asunto, ya la brevedad de la vida del
hombre"
Protágoras
defendía el relativismo y el convencionalismo de las normas, costumbres y
creencias del hombre. Es su tesis más conocida y que queda reflejada en la
frase "El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto
que son y de las que no son en cuanto que no son", uno de los fragmentos
que conservamos de su obra. Respecto al relativismo de Protágoras cabe
interpretarlo de dos modos:
Si
concebimos que el hombre al que se refiere Protágoras es el hombre particular y
concreto, el individuo, Protágoras estaría afirmando un relativismo radical, de
modo que cada hombre tendría "su verdad". Platón en el Teeteto así lo
interpreta: lo que a mí me parece frío es frío, aunque no le parezca así a otro.
Pero
podemos interpretar que Protágoras entiende "hombre" como "ser
humano", y tendríamos que hablar entonces de un relativismo social, en el
sentido de que aceptamos como verdadero lo que en nuestra sociedad es aceptado
como verdadero.
También
se ha discutido si Protágoras aceptaba el relativismo ético o moral. Si
Protágoras afirma que el hombre es la medida de todas las cosas parece que el
relativismo se hacía extensivo a los valores éticos, (aunque Platón en su
diálogo "Protágoras" mantenga que el relativismo no se extendía a los
valores éticos). De tal modo, lo bueno será lo bueno "para mí", si
adoptamos la perspectiva del relativismo individual, o lo bueno "para la
sociedad", si adoptamos la perspectiva del relativismo social o cultural.
En
relación con la tesis del relativismo se desarrollará la contraposición
"nómos / physis", entre las leyes sociales y la naturaleza. Las leyes
sociales son el resultado del pacto o de la convención entre los individuos, es
decir no tienen carácter natural; el determinante de la ley social no es ni el
individuo, ni la naturaleza, sino el conjunto de los hombres que viven en esa
sociedad. De ese modo se explica el carácter modificable de la ley, y las
diferencias entre las leyes imperantes en distintos pueblos y culturas, o dentro
de la misma cultura entre distintas ciudades. Dado que no existe una ley que
por naturaleza obligue a los hombres a organizarse de esta u otra manera, las
leyes de la sociedad quedan sometidas al acuerdo o a la convención de todos los
hombres; en este sentido será el criterio de la utilidad el que determine qué
leyes se adoptarán y, una vez adoptadas, serán de obligado cumplimiento.
Pródico de Ceos.
Se
hizo famoso por su actitud pesimista ante la vida, decía que una muerte
temprana era un regalo de los dioses. Como otros sofistas, defendió el
relativismo ético y desarrollo una teoría psicológica acerca del origen de la
religión: los hombres primitivos veneraron aquello de lo que dependían sus
vidas: el sol, el agua, el fuego; pero cuando comenzaron a desarrollar las
técnicas, pasaron a adorar a los inventores de las mismas, por ejemplo, adorar
a Dioniso como el inventor del vino.
Gorgias (483-375 aprox.)
Aparentemente,
Gorgias había sido discípulo de Empédocles y quizá para defender a su maestro
de los ataques de Zenón escribió un tratado Acerca de la naturaleza o del
no-ente, en que se afirma que:
1.
Nada existe
2.
Si existiera algo, no podría ser conocido.
3.
Si pudiera ser conocido, no podría ser explicado ni comunicado a los demás.
Esto
bien podría ser tenido por Nihilismo absoluto pero más presumiblemente por la
intención de llevar al absurdo la filosofía de Zenón.
La Segunda Sofística se
caracterizará por un mayor individualismo y relativismo. Veamos algunos rasgos
comunes en
ellos:
1) Hay una oposición entre el nomos
real y el nomos ideal, basado en la naturaleza, bien sea porque el nomos
ideal o la naturaleza significa igualdad esencial entre los hombres, frente a
las desigualdades sociales dentro de la ciudad y entre ciudades (Hipias), bien
porque lo natural sea el derecho del más fuerte, considerando la injusticia de
la ley en igualar lo desigual para la satisfacción de los mas débiles
(Calicles).
2) Se produce una escisión absoluta entre el éxito y el provecho
propio y la justicia y respeto a la comunidad. Lo que buscan es la satisfacción
individual. Se persigue acertar con la ocasión oportuna y complacer al público,
independientemente de la justicia y conveniencia de lo que se afirma y en la
medida que el discurso resulta más elegante y produce mayor placer, el engaño
está justificado.
Como vemos en este segundo movimiento de la sofística se
desvirtúan las características propias de la tradición griega que si vemos
reflejadas en la Primera Sofística.
Hipias de Elis.
Este
sofista se destacó por lo enciclopédico de sus conocimientos. Consideró la ley
no sólo como convencional sino que incluso llegó más lejos: afirmó que era
contraria a la naturaleza, por lo que reclamaba la autarquía del individuo y la
rebelión contra las leyes que siempre oprimen a los más débiles. Así, Hipias se
opone a Protágoras en el sentido en que para éste la ley es una consecuencia de
la naturaleza, mientras que para Hipias, la ley va en contra de ella, porque se
hace necesario volver a la naturaleza.
Antifonte
Antifonte fue un defensor de la physis frente al nómos.
La ley es un acuerdo antinatural, artificial, que es respetado únicamente
cuando tenemos miedo a las consecuencias de su violación.
Las
leyes no se fundan en la naturaleza, son convenciones sujetas al cambio
continuo. Hay cosas buenas por naturaleza y cosas buenas por nómos. Los
hombres debemos seguir los preceptos de la naturaleza antes que los de las
leyes.
La naturaleza nos empuja a evitar
el dolor y buscar el placer. Cuando la búsqueda de placer choca contra las
leyes, sólo se seguiran éstas si el no hacerlo nos acarrearía un dolor mayor,
como castigo.
La
ética de Antifonte, por lo tanto, es un hedonismo moderado.
Alcidamante
(principios del siglo IV a. C)
Sofista
y retórico griego de Elea, en Eolia, alumno y seguidor de Gorgias. Se conserva
una obra genuina suya, Acerca de los sofistas, en la
que el autor presenta argumentos en favor de los discursos improvisados frente
a los preparados. Está considerado el primer gran orador de la Antigüedad.
Calicles
A
la muerte de Pericles las discusiones acerca de la ley y el derecho se
intensificaron notablemente. Algunos defendieron la doctrina del derecho
natural del más fuerte.
Calicles
afirmaba que la ley había sido dada para proteger a los débiles; pero la
naturaleza (tanto en los animales como en los humanos) hace que los fuertes
dominen a los débiles, lo cual es lo justo.
Sócrates: presentación
(470-399 a. C.).
Sócrates, que
se sepa, no escribió una sola línea y sin embargo es uno de los filósofos que
dividen en dos la historia del pensamiento: antes de Sócrates y después de
Sócrates, como sucederá mucho más adelante con Kant. Según su propia expresión,
su misión era comparable a la de un tábano que pica al caballo para mantenerlo
despierto: aguijoneando a los ciudadanos de Atenas para impedirles dormir
satisfechos de su ignorancia.
Se podría
calificar a Sócrates como un sofista disidente, ya que comparte con los
sofistas muchos rasgos de su pensamiento: su interés por los temas
antropológicos, éticos y políticos, su dedicación a enseñar a los jóvenes -si
bien se enorgullecía de no cobrar por sus enseñanzas-. Pero se separa de ellos
en lo que se refiere al relativismo y escepticismo de los sofistas: Sócrates
busca incansablemente verdades absolutas que fundamenten las decisiones morales
y políticas, no acepta que la filosofía se reduzca al “arte de persuadir” y por
lo tanto renuncia al arte de elaborar bellos discursos que convenzan a los
ciudadanos.
Detrás de
todo ello existen, sin duda, razones políticas. Hemos dicho antes que los
sofistas eran los filósofos que demandaba la nueva sociedad democrática. Pero
Sócrates ha tenido tiempo de desilusionarse de la democracia ateniense: después
de las guerras del Peloponeso y la dictadura de los llamados Treinta Tiranos,
proliferan las conspiraciones y la lucha de intereses personales, corrompiendo
el régimen democrático de los primeros tiempos del siglo de oro (el siglo V
a.C.). Probablemente Sócrates añora el antiguo esplendor de la polis y trata de
restaurarla buscando un fundamento filosófico sólido que la decadencia y el
oportunismo de los tiempos no le ofrecía. Y la consecuencia política de ese
intento es su defensa de un régimen aristocrático, que no se refiere a la
aristocracia que proporciona el dinero ni la nobleza del nacimiento sino a lo
que indica la etimología de la palabra: gobierno de los mejores.
Sea como
fuere, sus enseñanzas y su constante cuestionamiento a los poderosos de su
tiempo irritaron a las clases dominantes hasta el punto de acusarle de impiedad
y corrupción de la juventud. Sócrates es sometido a juicio. Asume su propia
defensa y la ejerce de un modo tan brillante que fuerza al jurado a condenarlo
a muerte; quizás si hubiera admitido su culpa y solicitado clemencia la pena
hubiera sido menor.
Por respeto a
las leyes de la polis se niega a aceptar un plan de fuga y espera el momento de
la ejecución rodeado de sus discípulos y filosofando sobre la virtud y la
inmortalidad del alma. Cuando llega el momento de beber el veneno lo hace con
absoluta tranquilidad, convencido de que la muerte no es un mal sino un
tránsito a una vida mejor, liberada de la servidumbre del cuerpo. Se ha
comparado muchas veces este final de Sócrates con la muerte de Cristo, que,
como él, divide en dos la historia.
Lo que hemos
dicho sobre Sócrates, y lo que diremos en adelante, está basado casi totalmente
en lo que cuenta su discípulo Platón, que dedica varios libros -llamados Diálogos- a su maestro. En la Apología de Sócrates narra el
desarrollo del juicio y su condena, en el Critón su cautiverio y en el Fedón sus últimos momentos y su muerte. Y en muchos otros Diálogos desarrolla su doctrina,
poniendo su propia filosofía en boca de su maestro. ¿Hasta qué punto el retrato
de Platón es fiel al Sócrates real? Nunca lo sabremos. Aristófanes -un autor
teatral bastante irreverente- lo presenta como un viejo pedante y engreído.
Jenofonte -un historiador de la época- coincide bastante con Platón. En
cualquier caso, el Sócrates que ha pasado a la historia es el que nos legó
Platón, y a él vamos a atenernos.
Sócrates: su filosofía.
La madre de
Sócrates era comadrona. Y Sócrates solía bromear diciendo que su oficio era el
mismo que el de su madre: sólo que en lugar de ayudar a parir niños, él ayudaba
a dar a luz la verdad. Porque una de las ideas centrales del pensamiento
socrático consiste en su afirmación de que la verdad habita en el interior de
cada uno y sólo es necesario conocerse a sí mismo para encontrarla. Rechaza por
lo tanto el estilo sofista de enseñar, basado en la aceptación de la doctrina
de un maestro. El verdadero maestro no inculca sus verdades al discípulo, sino
que busca con él la verdad que habita en el alma de ambos. Desde este punto de
vista podemos decir que conocer es
recordar lo que el alma ya sabe desde siempre pero que permanece oculto
por las necesidades y preocupaciones materiales de la vida Y esta verdad es la
misma para los dos, porque la verdad -a diferencia de lo que pensaban los
sofistas- es una sola. De ahí su método, llamado mayéutica, que significa precisamente “el arte de dar a luz”. La
mayéutica, por lo tanto es el arte del diálogo, de una conversación en la cual
maestro y discípulo comparten su ignorancia y buscan juntos el recuerdo de una
verdad cuyo germen está en el alma de los dos. Pero para encontrar la verdad,
el primer paso es convencerse de que no la conocemos, es decir, abandonar las
falsas verdades que son fruto de la costumbre y la ignorancia. De ahí que el
primer paso del método socrático consista en la ironía: cuestionar mediante hábiles preguntas al interlocutor
para hacerle caer en la cuenta de su ignorancia y sus contradicciones, hasta
que se convenza de lo primero que se necesita para aprender: reconocer que no
se sabe. Al “saber que no sabe” su situación ha mejorado, ya que antes era
ignorante sin saberlo. Pero no todos saben aprovechar este paso, y muchos de
los interlocutores de Sócrates se sienten humillados y furiosos al ser víctimas
de esta ironía del maestro.
Una vez que
se ha reconocido la ignorancia se puede pasar a la dialéctica, es decir, a un diálogo en el cual maestro y
discípulo, a partir de sus ideas personales, buscan una verdad universal de la
que ambos participan. Búsqueda que en los diálogos socráticos nunca termina, ya
que lo que le interesa al maestro no consiste en encontrar verdades completas y
definitivas sino indicar el camino para que cada uno sea capaz de buscarlas en
su propio interior. Uno de los diálogos de Platón en que se muestra claramente
este método de su maestro es el Menón.
En él, Sócrates logra que un esclavo analfabeto resuelva un problema de
geometría sin indicarle la solución, sólo orientándole con hábiles preguntas a
buscar la solución por sí mismo, solución que se supone debía existir ya,
aunque olvidada, en el alma del esclavo. (Aunque, todo hay que decirlo, las
preguntas de Sócrates orientan bastante las respuestas de su interlocutor...).
Y esta
sabiduría que el alma posee desde que nace es también la fuente de la bondad,
de la vida moral. Porque el alma que conoce el bien necesariamente va a tratar
de hacerlo realidad en su vida. La maldad, por lo tanto, no es más que
ignorancia: todos buscamos el bien, pero el ignorante, el que ha olvidado en
qué consiste, se equivoca y confunde el bien con el mal. Por lo tanto, lo que
hay que hacer con el hombre malo es educarlo. Una vez que conozca el bien se
sentirá inclinado a buscarlo en sus acciones, tal es la fuerza de esa idea
suprema. Esta doctrina, conocida como el
intelectualismo moral va a tener una enorme influencia en la historia,
en particular en la historia de la educación.
Platón pone
en boca de Sócrates los fundamentos filosóficos de este método, que abarcan una
importante teoría del conocimiento, así como muchas otras afirmaciones de su
filosofía sobre política, moral, estética y metafísica. Veremos algunas de
ellas en el capítulo dedicado a Platón, recordando que hoy resulta imposible
separar claramente la doctrina del maestro y la del discípulo.
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