martes, 21 de enero de 2014

 

LOS INICIOS DE LA FILOSOFÍA: PRESOCRÁTICOS, SOFISTAS Y SÓCRATES

 

Los viejos griegos.

La Filosofía nace en Grecia. Lo cual no quiere decir que en otros lugares y en otros tiempos no haya existido pensamiento, ni que la manera griega de pensar sea superior al pensamiento de otros pueblos, ni siquiera que el pensamiento griego no dependa en muchos aspectos de ideas ajenas. Se trata, simplemente, de que la Filosofía griega ha puesto en marcha un modo peculiar de desarrollar la razón, que ha dado como resultado una manera también peculiar de enfrentarse al mundo y del cual ha nacido este estilo europeo de vivir y de pensar que se ha extendido ya por más de medio planeta con  diversas variantes. Con sus logros y sus miserias: con el dominio del mundo y su deterioro ecológico, con los derechos humanos y la explotación del trabajo ajeno, con la curación de enfermedades y las armas de destrucción masiva. Lo mejor y lo peor de nuestra cultura surge en esas pequeñas ciudades diseminadas entre lo que hoy llamamos Grecia, Italia y Turquía. Nos guste o no, somos griegos, y probablemente lo seguiremos siendo por mucho tiempo: por citar sólo algunos ejemplos, el pensamiento científico, la democracia como forma de gobierno, nuestros criterios éticos y estéticos, los idiomas como transmisores de una actitud ante el mundo, constituyen una herencia recibida hace más de dos mil años, aunque más tarde esta herencia se haya mezclado con otras, como la hebrea, la cristiana y la islámica.
Aunque no lo sepamos, hablamos como griegos, pensamos como griegos y conservamos muchos de sus gustos y valores. Y todo eso, cosas de la historia, aunque Grecia sea hoy poco más que una oferta turística en las agencias de la Unión Europea.

 El escenario.
En aquellos tiempos, Grecia no era un país. Desde el sur de Italia hasta las costas del Asia Menor, pasando por lo que hoy llamamos Grecia, surgieron varias  ciudades -pequeñas para los criterios actuales- cada una de las cuales constituía un Estado independiente, con su propio gobierno y sus propias leyes. Las unían, sin embargo, algunos vínculos como el idioma –todas hablaban griego, con algunas variantes- ciertas tradiciones literarias folklóricas y religiosas, como los poemas de Homero y de Hesíodo, y la realización periódica de los Juegos Olímpicos, que convocaban a los mejores atletas de esas ciudades en Olimpia. Eran ciudades prósperas, cuya dedicación al comercio marítimo les aseguraba un continuo contacto con otras culturas y otras ideas, y en las cuales dominaba lo que hoy llamaríamos una burguesía acomodada que podía dedicarse al ocio creativo en la medida en que sus necesidades productivas estaban cubiertas por el trabajo de sus esclavos. Como se ve, las ciudades griegas -a las que en adelante llamaremos las polis, para diferenciarlas de lo que hoy entendemos por ciudades- estaban lejos de constituir un poderoso imperio al estilo de Egipto o de Persia: eran sociedades de clase media, la mayoría de cuyos habitantes seguramente estaban más preocupados por vivir bien que por pasar a la historia por sus grandes hazañas.
¿Cómo se explica entonces que en estas modestas polis se produjera la revolución cultural más importante quizás de toda la historia, al menos de la historia occidental? Probablemente no exista una respuesta global a esta pregunta. Como sucede en la vida humana, en la historia aparecen a veces consecuencias que superan sus causas. Se han mencionado algunas particularidades de las polis, todas ellas ciertas pero que probablemente no llegan a explicar “el milagro griego”. Por ejemplo, la creciente democratización de sus clases dirigentes, que reemplazaron progresivamente a una nobleza más preocupada por el poder que por la cultura, su carácter de ciudades portuarias dedicadas al comercio, que les obligó a abrir su mente por el trato constante con otras formas de vida y otras maneras de pensar, y sobre todo las peculiaridades de su religión.
A diferencia de otros pueblos de su época, la religión griega tenía más de poético y folclórico que de sagrado y mistérico. Las aventuras de los dioses y las diosas griegas, bellamente narradas por sus poetas, expresan todas las pasiones humanas: los dioses y las diosas se enamoran, tienen celos, se tienden trampas, tienen hijos con los mortales, protegen o castigan a los humanos según su capricho y, en general, son personajes que comparten las grandezas, miserias y debilidades de sus fieles. Este tipo de religión deja espacio para que los creyentes busquen por sí mismos las respuestas a las grandes preguntas que las grandes religiones se han ocupado de responder. Un egipcio o un hebreo, por ejemplo, anonadado ante la grandeza y el poder de sus divinidades, no necesita elaborar una filosofía: su religión, por medio de sus sacerdotes y profetas, se encarga de pensar por ellos, de enseñarles cuál es el sentido de la vida y el contenido del bien y del mal. Los grandes dioses de la antigüedad no permiten que se les mire a la cara, y la única relación del creyente con ellos consiste en la adoración sumisa. El griego, en cambio, establece con sus dioses una complicidad en ocasiones festiva, que le deja espacio para buscar en otra parte las respuestas a las grandes preguntas de la vida. La filosofía encuentra así un terreno libre para plantear sus cuestiones y sobre todo, un ambiente tolerante que permite respuestas diversas y contradictorias, en la medida en que no están garantizadas por una instancia sobrenatural sino que provienen de la modesta razón humana. Por el contrario, cuando declina la época clásica y la crisis histórica y cultural se generaliza, muchos griegos comienzan a buscar respuestas en religiones importadas de oriente, menos tolerantes y más absorbentes. Pero nos ocuparemos de esto más adelante, ya que todavía faltan varios siglos para que suceda.

El mito y el logos.
Los humanos tenemos una    inveterada necesidad de explicar el mundo en que vivimos. No nos basta con adaptarnos a él, aprovechar sus ventajas y evitar sus peligros, como tratan de hacerlo los demás animales. Tenemos la manía de preguntarnos por qué las cosas son así y no de otra manera, y ello aunque ese por qué carezca de utilidad inmediata. Queremos saber por saber y esa curiosidad es quizás una de las características más específicas de nuestra especie.
De ahí que aun los pueblos más primitivos hayan buscado explicaciones al mundo que les rodea. Y las primeras explicaciones de las que tenemos noticias toman la forma de relatos. Pero unos relatos que no buscan tanto entretener o agradar cuanto transmitir al oyente una explicación de la realidad. Una explicación, en la mayoría de los casos, sembrada de elementos sobrenaturales, de dioses y demonios, de potencias positivas o negativas de carácter sobrenatural, pero que no pierde de vista la realidad de la vida humana.
Un ejemplo típico de mito lo encontramos en El Banquete de Platón, quizás narrado con cierta ironía. Aristófanes -uno de los asistentes al banquete que da nombre al diálogo- trata de explicar el amor humano acudiendo a un mito. Según él, en tiempos remotos los sexos no eran dos sino tres: hombres, mujeres y andróginos, que participaban de ambos sexos. La forma de todos era esférica, con cuatro brazos y cuatro piernas, como si dos personas de las actuales se unieran por la espalda. Como se sentían muy poderosos, cometieron el peor pecado de la cultura griega: la hybris, la soberbia del hombre que trata de equipararse a los dioses. Zeus, para castigarlos, los divide en dos, dejándolos como son ahora. De tal modo que cada uno de las mitades resultantes busca a su otra mitad: las mitades de los andróginos buscan al sexo opuesto (heterosexualidad), las mitades de los hombres buscan a otro hombre (homosexualidad masculina) y las mitades de mujeres buscan a otras mujeres (homosexualidad femenina). Y a su vez estos amores participan de los astros: el sol (principio masculino) la luna (principio femenino) y la tierra (que participa de ambos)
Como se ve, el relato contiene elementos sobrenaturales y fantásticos, pero la explicación no puede calificarse sin más como falsa. Buena parte de la literatura amorosa de nuestra cultura describe el amor como la aspiración de dos personas a unirse en una sola: “seréis dos en una carne”, dice el ritual del matrimonio, mientras que el lenguaje popular habla de “media naranja”. En los mitos, el relato fantástico sirve de vehículo a una concepción de la vida humana en ocasiones de una riqueza y profundidad que no tiene nada que envidiar a explicaciones más racionales. La mitología griega, en particular, es capaz de transformar en relatos algunas experiencias que se resistirían al lenguaje abstracto de la ciencia.
Pero los griegos, sin abandonar el mundo de los mitos, buscan otros caminos para explicar la realidad. Y lo encuentran en lo que se ha llamado el camino del logos. Como sucede con tantas palabras griegas, la traducción de logos es muy difícil: su significado primitivo remite a la idea de juntar, de reunir, de recoger. Y a partir de allí su significado se dirige al lenguaje. Significa, entre otras cosas, palabra, dicho, definición, razón, explicación, afirmación, discusión, argumento, razonamiento, tratado, estudio, concepto, pensamiento y otras muchas acepciones. De entre ellas, nos interesa fijarnos en dos: logos significa a la vez lenguaje y razón. Y esta coincidencia no es casual. El nuevo camino explicativo que van a emprender los griegos consiste en apelar a la razón renunciando al relato. Pero la razón humana no tiene otra manera de desarrollarse si no es por medio del lenguaje, de la palabra. Los relatos del mito serán sustituidos por conceptos, por palabras que renuncian a contar historias y tratan de apresar la esencia de la realidad.

Los primeros pasos de la filosofía.
En cualquier caso, los griegos siguen pensando sobre el mundo, preocupados por explicarlo. Y lo primero en que se fijan es en la naturaleza que les rodea. El problema que les preocupa podría describirse así: la naturaleza incluye muchas cosas: las montañas, los mares, los pájaros, las fieras, el rayo, la lluvia, los insectos. La inteligencia se desorienta ante tal multiplicidad: es necesario encontrar un orden en medio de este caos. Y para encontrarlo es preciso fijar un criterio que permita ordenarlo, es decir, un punto de vista que permita reunir cosas muy distintas bajo un único concepto. Recordemos que la palabra logos evoca la idea de recoger, juntar, reunir. Es lo que hacemos todos los días cuando usamos el lenguaje: llamamos hombre o mujer a una persona alta, baja, blanca, negra, joven o vieja, así como reunimos bajo el concepto vegetal objetos tan diferentes como un álamo, una rosa o una lechuga. Siguiendo el modelo del lenguaje, esos primeros filósofos se esforzaron en encontrar algo común, que fuera el origen de todo lo que nos rodea y que hiciera comprensible para la inteligencia la desordenada variedad de las cosas naturales. Y lo buscaron en la misma materia, sospechando que la diversidad no era otra cosa que las sucesivas transformaciones que sufre ese elemento común, cargado todavía de un fuerte simbolismo religioso, que ellos llamaron la physis, palabra que podría traducirse por naturaleza, recordando que ambos términos aluden al nacimiento: aquello de lo que todo nace.

Los físicos.
Así, por ejemplo, Tales de Mileto (el primer filósofo del que tenemos noticias) supuso que ese elemento común que está en el origen de todos los elementos naturales era el agua. No le faltaban razones: el agua, protagonista de muchas cosmogonías, es capaz de sufrir transformaciones por las cuales pasa del estado líquido al sólido y al gaseoso y constituye la condición necesaria de la vida. Anaximandro, sin embargo, supuso que este origen no había que buscarlo en un elemento tal como lo conocemos sino en una especie de materia primordial que está en el origen de todos ellos pero no se identifica con ninguno y le llamó el ápeiron (lo indefinido) Anaxímenes prefirió elegir el aire, que todo lo envuelve, a todas partes llega y constituye el soplo vital de los seres animados. En cualquier caso, y más allá de la ingenuidad de estas explicaciones, estos primeros filósofos dan un paso decisivo en nuestra manera de entender el universo. La necesidad de explicar el mundo en que vivimos, necesidad que no compartimos con los demás vivientes, ya no busca la explicación en relatos sobrenaturales, en historias fantásticas en las que intervienen dioses y demonios sino en la naturaleza misma, en una reflexión sobre el mundo que renuncia a lo sobrehumano y se conforma con las modestas fuerzas de nuestra razón.
Estos primeros filósofos, de quienes no conservamos ningún texto y de los que sólo tenemos noticias por referencias de otros pensadores posteriores, fueron llamados los físicos por su búsqueda de la physis. Vivieron en Jonia, en ciudades griegas situadas en el territorio del Asia Menor, que hoy corresponde a Turquía, durante el siglo VI antes de Cristo.
En el mismo siglo, pero a muchos kilómetros de Jonia, en el sur de Italia, se desarrolla otra escuela de pensamiento totalmente distinta pero que busca lo mismo: poner orden en la variopinta diversidad de la naturaleza. Es la escuela de Pitágoras, que fundó una especie de monasterio filosófico con una rígida disciplina. A su juicio, ese principio del orden natural no hay que buscarlo en un elemento físico sino en un principio formal: el número. “Todas las cosas que se conocen contienen un número, pues sin él nada sería pensado ni conocido”, decía Pitágoras. Adelantándose a la física moderna, los pitagóricos afirman que el universo está regido por leyes matemáticas, que explican desde el movimiento de los astros hasta la armonía musical y la misma vida humana. Si bien hay que recordar que, como en caso de los físicos, ese principio está teñido de una concepción simbólica y religiosa que la distingue del pensamiento científico.

Los metafísicos.
Volvemos a las costas del Asia Menor, a la ciudad de Éfeso. Surge allí uno de los pensamientos más importantes de esta primera época, que tendrá una enorme influencia posterior. Heráclito vive entre el siglo VI y el V a. C. y según él la realidad consiste en un continuo proceso imposible de detener y fijar, como las aguas de un río. Este proceso funciona movido por la contradicción: la lucha de contrarios (como la noche y el día, lo seco y lo húmedo, lo frío y lo caliente) hace que nada sea lo que es. Todo es un continuo flujo, un constante devenir, incluyendo nuestra vida humana. Pero sin embargo esta contradicción permanente entre el ser y su negación se resuelve en una armonía universal, en un orden que integra los polos opuestos en un perfecto equilibrio. El logos es capaz de reconciliar los contrarios, como el acorde una lira nace de las distintas notas que surgen de ella. Si los físicos elegían como principio elementos estáticos, como el agua y el aire, Heráclito busca en el fuego el elemento primordial, un elemento que en ningún instante es idéntico a sí mismo y que nace de la negación de aquello que lo alimenta.
Pero una vez más tenemos que emprender un largo viaje y volver al sur de Italia, a la ciudad de Elea. Casi contemporáneo de Heráclito, Parménides concibe la realidad de modo muy distinto. Para él, el ser es lo único que existe y el no-ser no existe, de tal modo que ni siquiera se le debe nombrar. Pero si tomamos en serio estas aparentes trivialidades, llegamos a la conclusión de que todo cambio es una mera apariencia. Porque si cambiar es pasar “de ser algo” a “no ser algo” (o al revés) y uno de esos términos (el no-ser) hemos dicho que no existe, sólo podemos llegar a la conclusión de que nuestra razón sólo puede admitir la existencia del ser inmóvil e inmutable. Y único, porque lo que distinguiría a un ser de otro sería precisamente que uno de ellos “no es” el otro. Y ya hemos vuelto a pronunciar la palabra prohibida: el no-ser. Y, por supuesto, eterno. Si no fuera eterno ¿qué hubiera podido existir antes (o después) del ser? ¿El no-ser? A estas alturas, es ocioso recordar que el no-ser no existe...
Nuestro sentido común se rebela ante estas conclusiones, que parecen meros juegos de palabras: vemos todos los días que los seres que nos rodean son muchos, cambian, se mueven, aparecen y desaparecen. Parménides no lo negaría. Pero eso sólo demuestra que nuestros sentidos no son capaces de ofrecernos la verdadera realidad, aquel principio que los griegos están buscando desde hace ya un siglo y que no se deja atrapar por la vista o el oído y que sólo se muestra a la razón. En los comienzos de la filosofía ese principio fue un elemento material (el agua, el ápeiron, el aire), luego lo buscaron en el número y ahora se piensa en una realidad meta-física, es decir, situada más allá del mundo físico de nuestros sentidos, ya se trate del devenir de Heráclito o del ser de Parménides. Y eso que el camino del logos recién está empezando.
Esta concepción del ser de Parménides como único, eterno, inmóvil e inmutable va a tener una enorme influencia en todo el pensamiento posterior. Cuando hablemos de Platón vamos a tener ocasión de recordar este tema y cuando, mucho más adelante, el cristianismo construya su propia filosofía, su concepción de Dios va a heredar las características del ser de Parménides. Pero no nos adelantemos.

Los pluralistas.
Se llama así a algunos filósofos que van a tratar de reconciliar el ser único e inmutable de Parménides con el hecho evidente del cambio. Ellos van a aceptar que el ser no cambia, pero negarán que sea sólo uno, y afirmarán que la naturaleza surge de la combinación de varios principios.
Así, por ejemplo, Empédocles recurre a los cuatro elementos tradicionales: el aire, el agua, la tierra y el fuego, que ya habían inspirado a algunos filósofos que conocemos. Estos elementos, entremezclándose, adoptan pluralidad de formas, como dice en uno de sus poemas, hasta el punto que los mismos dioses están compuestos de ellos. Los elementos se unen y se separan movidos por dos principios activos: el amor y el odio. El tiempo no es más que la incesante repetición de estas uniones y separaciones, que continuarán eternamente.
Anaxágoras va más allá. No se trata de cuatro elementos sino de infinidad de semillas, cada una de las cuales contiene las cualidades de todas las cosas, y por eso pueden transformarse sin dejar de ser lo que son. Pero, como siempre, la combinación de estas semillas (spermata, en griego) no está librada a la casualidad. Todo el mundo está regido por una mente o inteligencia (el nous, en griego), independiente de esas semillas, una especie de amor intelectual que genera una especie de torbellino que une y separa esas semillas.
Demócrito es probablemente el más maduro de los pluralistas. Su filosofía anticipa, a su modo, conclusiones que la física moderna va a tardar siglos en postular. Según él, todo lo que existe está compuesto por partículas simples llamados átomos, que etimológicamente significa “lo que no puede dividirse”. Los átomos se parecen al ser de Parménides: son eternos e inmutables, pero se distinguen entre sí por la forma, el orden y la situación y su número es infinito. Según la forma en que esos átomos se combinen en el vacío tendremos la diversidad de seres que pueblan nuestro mundo y sus constantes cambios se deben al constante movimiento (torbellino) a que están sometidos: cuando se juntan producen la generación y cuando se separan la corrupción.
Evidentemente, hay enormes diferencias con la teoría atómica de la física moderna. Pero si tenemos en cuenta que Demócrito escribe en el siglo V antes de Cristo, basándose únicamente en el pensamiento racional y sin ninguna base experimental, no podemos menos de sorprendernos de que formulara un sistema que tanto se acerca a la concepción moderna de la materia. Es verdad que la combinación de los átomos es la que produce las diferencias entre unos seres y otros: el agua es agua porque se combinan dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, pero si otro átomo de oxígeno se les une se convierte en agua oxigenada. Y así con todo.
La teoría atómica de Demócrito (y de un posible maestro suyo que fue Leucipo) va a ser retomada más adelante por los epicúreos, que extraerán de ella preceptos morales, e incluso va a inspirar la poesía de Lucrecio, ya en el mundo latino.

Recapitulando.
En adelante nuestra historia va a desarrollarse en un nuevo escenario. Pero antes de dejar a estos primeros filósofos (que suelen llamarse los presocráticos, aunque algunos fueron contemporáneos de Sócrates) conviene echar una mirada al camino que hemos recorrido hasta ahora.
Nos hemos encontrado ya con un problema que nos va a acompañar a lo largo de toda la historia y que para algunos constituye la prueba de la inutilidad de la Filosofía. Cada filósofo rechaza lo que dijo el anterior y propone su propia solución al problema. Parece que cada uno está empezando de nuevo la historia del pensamiento, cosa que no sucede, por ejemplo, en la ciencia. Tales afirma que el principio es el agua, Anaximandro que es el ápeiron, Pitágoras que es el número, Heráclito habla del devenir, Parménides del ser, etc. Y la historia del pensamiento seguirá por ese mismo camino.
Sin embargo, en lo poco que llevamos visto aparece ya una unidad muy profunda. Como hemos dicho antes, en el fondo de todas esas respuestas diferentes, estos primeros filósofos buscan, cada uno a su modo, un principio único que explique la diversidad de las cosas naturales. Los sentidos, -la vista, el oído, el olfato...- nos ofrecen multitud de datos desordenados y revueltos: vemos colores, formas, oímos sonidos graves y agudos, ruidos, música. Pero si queremos pensar acerca de lo que ellos nos informan, no tenemos más remedio que reducirlas a conceptos, es decir, a unidades que abarcan muchos datos de los sentidos reunidos en un mismo significado. Cuando hablamos de “la humanidad”, por ejemplo, o del “universo”, no nos estamos refiriendo a un confuso montón de impresiones sensitivas (aunque ellas sean necesarias para formar esos conceptos) sino que estamos apelando a lo que esos viejos griegos llamaban logos: recordemos una vez más que su significado originario era el de reunir, juntar.
Y esa tarea de buscar la unidad detrás de la diversidad de las apariencias es lo que hace desde el lenguaje cotidiano (que llama “animal” al mosquito y al elefante) hasta la ciencia más avanzada (los físicos actuales tratan de encontrar una fuerza única que unifique las cuatro fuerzas que rigen el universo). Y esa tarea la inician, de modo tentativo y a veces ingenuo, estos primeros filósofos, que tratan de descubrir un principio único y permanente detrás del aparente desorden de la naturaleza.

El hombre y la política: los sofistas.
Como habíamos anunciado, cambiamos de escenario. Hasta ahora nos hemos movido a saltos por todo el territorio de lo que se ha llamado “la magna Grecia”, que incluye lo que hoy llamamos Grecia junto con el sur de Italia y las costas del Asia Menor. (Notemos, de paso, que los filósofos del Asia Menor, como los físicos, tienden a pensar de un modo más concreto y material que los del sur de Italia, como Pitágoras y Parménides, más proclives al pensamiento formal y abstracto).
Pero en adelante la gran Filosofía se va a concentrar en Atenas, la ciudad que hoy es capital de Grecia. Y al hacerlo, va a cambiar su centro de interés. Porque en Atenas, durante el siglo V antes de Cristo, se va a implantar un sistema político totalmente novedoso en el mundo antiguo: la democracia.
La democracia ateniense (como es sabido la palabra democracia significa poder del pueblo) no es comparable con las democracias modernas. En primer lugar, no participaban de ella ni los esclavos, ni las mujeres ni los llamados metecos, los naturales de otras ciudades griegas, lo cual reduce la participación del pueblo a una mínima parte del total: los atenienses varones y libres. Además, se trataba de una democracia directa y no representativa como las actuales: el pueblo decidía los asuntos públicos por votación en grandes asambleas. Muchos cargos, además, se ejercían por sorteo entre los ciudadanos, en turnos rotatorios.
Pero más allá de estas peculiaridades y de su carácter limitado, resulta sorprendente la mera existencia de este sistema político cinco siglos antes de Cristo. Pensemos que en nuestro mundo occidental la democracia no comienza a implantarse hasta fines del siglo XVIII, y ello con muchas restricciones: el voto femenino, por ejemplo, no se autoriza en muchos países hasta bien entrado el siglo XX. Como en tantos temas, los griegos adelantaron formas de vida que serían recogidas por occidente muchos siglos más tarde.
Pero lo que nos interesa para nuestra historia es la influencia que tuvo esta democracia naciente en la Filosofía. En un régimen democrático, a diferencia de los regímenes autoritarios, es necesario convencer a los demás de que nuestra propuesta es la mejor, asegurándose así los votos suficientes para sacarla adelante, cosa que no necesita el monarca absolutista o el dictador, que imponen su voluntad sin discusión. Pero para convencer es necesario saber desarrollar los argumentos que justifican nuestras propuestas. De tal modo que se crea en Atenas una demanda de profesores de retórica, que es precisamente el arte de convencer. Y a esas demandas responde un grupo de filósofos a quienes se les ha llamado los sofistas. Los sofistas, por lo tanto, se dedican a formar políticos y para ello echan mano de la filosofía. Sólo que su filosofía ya no va a preocuparse tanto de la naturaleza y sus principios sino sobre todo del hombre y la vida política, de preparar ciudadanos que sepan proponer las mejores leyes, es decir, las leyes más convenientes para la polis. El afán de buscar la verdad oculta de la naturaleza, propio de los filósofos anteriores, va a convertirse en la búsqueda de las razones que resultan más útiles para justificar las leyes que el político propone. De tal modo que los sofistas van a renunciar a la búsqueda de la verdad absoluta. Las leyes -y su justificación filosófica- no son verdaderas ni falsas, sólo son más o menos convenientes: más que buscar la verdad, se trata de ponernos de acuerdo en lo que más nos conviene. De ahí el llamado “relativismo y convencionalismo sofista”: el criterio de la filosofía ya no será “natural” sino “antropológico”, es decir, relativo al hombre en su situación concreta. Una famosa frase de Protágoras hay que entenderla en este sentido: “el hombre es la medida de todas las cosas”: ya el hombre no depende de las leyes naturales que buscaron los presocráticos sino que él mismo establece la ley.
Los sofistas tienen muy mala prensa, debido a las críticas de Sócrates y Platón que enseguida veremos. Se les acusa de cobrar por sus enseñanzas, de despreciar la verdad objetiva reemplazándola por un oportunismo interesado, de compromisos con el poder que cuestionan la pureza del pensamiento filosófico. Sin embargo, los sofistas fueron quizás los filósofos de la democracia, que dieron un paso decisivo para adecuar el pensamiento filosófico a los intereses de lo que hoy llamaríamos “clases medias”, abandonando el carácter aristocrático de la filosofía anterior. Introdujeron en el pensamiento filosófico ideas que hoy consideraríamos modernas, como cierto cosmopolitismo que adelantaba la afirmación de la igualdad de todos los hombres, incluyendo en algún caso el rechazo de la esclavitud y una actitud agnóstica con respecto a la creencia en los dioses. En cualquier caso, no se puede negar que tuvieron una gran importancia en la historia del pensamiento al comenzar una reflexión sistemática, que ya nunca se abandonaría, acerca del hombre y la política.

LA SOFÍSTICA.
   La sofística es un amplio movimiento que surge como respuesta a la necesidad de educar dirigentes políticos fundamentalmente entre la clase incipiente de nuevos ricos que carecían de la educación aristocrática. Se denomina "sofistas" a un conjunto de pensadores bien diferentes entre sí pero que comparten algunos rasgos sobresalientes: entre sus enseñanzas incluyen un conjunto de disciplinas humanitarias (retórica, política, derecho, moral, etc.) y son los primeros profesionales de la enseñanza (organizan cursos completos y cobran sumas considerables por enseñar). Ambos rasgos -carácter humanístico de sus enseñanzas e institucionalización de la enseñanza misma- muestran claramente que los sofistas tenían un proyecto bien definido de educación, que venía a romper en muchos sentidos con la enseñanza tradicional, inadecuada para las exigencias de la época.
   Coinciden además los sofistas tanto en sus métodos (sus métodos consistían en pronunciar largos discursos y comentar textos de autores antiguos) como en el reconocimiento de su deuda con respecto a los poetas tradicionales. Guthrie afirma: "Reconocían su descendencia de los poetas educadores".
   Se puede distinguir entre una Primera Sofística, contemporánea de Pericles y anterior a la guerra del Peloponeso, y una Segunda Sofística, que se desarrolla durante la guerra del Peloponeso y que reflexiona sobre algunas ideas tan sólo pergeñadas por los sofistas más antiguos. Los sofistas  más importantes de la primera época son Protágoras, Pródico y Gorgias. Los más relevantes de entre los segundos son: Hipias Antifonte, Licofrón, Alcidamante y Calicles.

   Primera Sofística: aunque los sofistas acostumbraban a practicar el compromiso con las religiones existentes, no podían basar su teoría del Estado y la sociedad sobre el fundamento religioso. El nuevo fundamento es la naturaleza humana. La naturaleza humana consiste, según estos, en aspectos cooperativos que conducen a la formación de una comunidad basada en la amistad y el respeto mutuo. La ley (nomos) no está en contradicción con la physis del hombre: si la naturaleza humana tiende al respeto (aidós) y a la cooperación y éstos son potenciados por las leyes justas, bien se ve que no hay oposición entre naturaleza y ley.  Los sofistas entendían por "estado natural" todo lo que favorece la vida en comunidad y por ello es conveniente, agradable, justo, verdadero y correcto. Vemos, por tanto, cómo se refleja en este punto el valor que daba la poesía heroica a la comunidad y la amistad, y la idea de un orden cósmico que dicta lo que debe ser, en este caso la naturaleza humana. La definición que los sofistas dan de la physis del hombre es esencialmente pragmática y está muy influida por la doctrina de los escritos hipocráticos sobre la naturaleza humana. El sabio es el encargado de hacer que una cosa parezca y sea conveniente para la comunidad. En este contexto "convertir en fuerte el argumento débil" (Protágoras) significa convencer, y por la importancia que tiene la persuasión se entiende que la retórica sea para ellos esencial.
   La virtud política (areté) se caracteriza por la posesión del respeto mutuo (aidós) y la justicia (dike) y está asociada al éxito. Para alcanzar éste, el hombre tiene que actuar con inteligencia, de la que depende el éxito, el triunfo dependerá de que se sea más o menos verosímil (eikós). El hombre virtuoso consigue ventajas personales de la práctica de la virtud para el bien de la comunidad: recibe honor y obtiene placer. Vemos en este movimiento entrelazándose los valores cooperativos de Hesíodo con los competitivos de Homero, y sus morales campesina y aristocrática mezclándose. En este sentido hemos de subrayar que los sofistas niegan la tesis aristocrática según la cual hay dos naturalezas humanas radicalmente diferentes, lo cual se hace patente en cuanto que afirman que la naturaleza humana puede se perfeccionada por la enseñanza que dan los sofistas. Quien, gracias a ella, alcanza los grados más elevados, está llamado a desempeñar la magistratura del Estado.

 

Protágoras de Abdera

Según la mayoría de los autores Protágoras nació en Abdera el año 481, aunque Burnet y Taylor retrasan su nacimiento hasta el año 500 a. c.; hacia mediados de siglo se instaló en Atenas, entablando amistad con Pericles, ciudad en la que alcanzó un elevado protagonismo. Acusado de impiedad, probablemente de ateísmo y/o blasfemia, por haber afirmado en su libro "Sobre los dioses" que no es posible saber si los dioses existen ni cuál es su forma o naturaleza, se vio obligado a abandonar Atenas refugiándose al parecer en Sicilia. "De los dioses no sabré decir si los hay o no los hay, pues son muchas las cosas que prohíben el saberlo, ya la oscuridad del asunto, ya la brevedad de la vida del hombre"
Protágoras defendía el relativismo y el convencionalismo de las normas, costumbres y creencias del hombre. Es su tesis más conocida y que queda reflejada en la frase "El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son", uno de los fragmentos que conservamos de su obra. Respecto al relativismo de Protágoras cabe interpretarlo de dos modos:
Si concebimos que el hombre al que se refiere Protágoras es el hombre particular y concreto, el individuo, Protágoras estaría afirmando un relativismo radical, de modo que cada hombre tendría "su verdad". Platón en el Teeteto así lo interpreta: lo que a mí me parece frío es frío, aunque no le parezca así a otro.
Pero podemos interpretar que Protágoras entiende "hombre" como "ser humano", y tendríamos que hablar entonces de un relativismo social, en el sentido de que aceptamos como verdadero lo que en nuestra sociedad es aceptado como verdadero.
También se ha discutido si Protágoras aceptaba el relativismo ético o moral. Si Protágoras afirma que el hombre es la medida de todas las cosas parece que el relativismo se hacía extensivo a los valores éticos, (aunque Platón en su diálogo "Protágoras" mantenga que el relativismo no se extendía a los valores éticos). De tal modo, lo bueno será lo bueno "para mí", si adoptamos la perspectiva del relativismo individual, o lo bueno "para la sociedad", si adoptamos la perspectiva del relativismo social o cultural.
En relación con la tesis del relativismo se desarrollará la contraposición "nómos / physis", entre las leyes sociales y la naturaleza. Las leyes sociales son el resultado del pacto o de la convención entre los individuos, es decir no tienen carácter natural; el determinante de la ley social no es ni el individuo, ni la naturaleza, sino el conjunto de los hombres que viven en esa sociedad. De ese modo se explica el carácter modificable de la ley, y las diferencias entre las leyes imperantes en distintos pueblos y culturas, o dentro de la misma cultura entre distintas ciudades. Dado que no existe una ley que por naturaleza obligue a los hombres a organizarse de esta u otra manera, las leyes de la sociedad quedan sometidas al acuerdo o a la convención de todos los hombres; en este sentido será el criterio de la utilidad el que determine qué leyes se adoptarán y, una vez adoptadas, serán de obligado cumplimiento.

Pródico de Ceos.
Se hizo famoso por su actitud pesimista ante la vida, decía que una muerte temprana era un regalo de los dioses. Como otros sofistas, defendió el relativismo ético y desarrollo una teoría psicológica acerca del origen de la religión: los hombres primitivos veneraron aquello de lo que dependían sus vidas: el sol, el agua, el fuego; pero cuando comenzaron a desarrollar las técnicas, pasaron a adorar a los inventores de las mismas, por ejemplo, adorar a Dioniso como el inventor del vino.

Gorgias (483-375 aprox.)
Aparentemente, Gorgias había sido discípulo de Empédocles y quizá para defender a su maestro de los ataques de Zenón escribió un tratado Acerca de la naturaleza o del no-ente, en que se afirma que:
1. Nada existe
2. Si existiera algo, no podría ser conocido.
3. Si pudiera ser conocido, no podría ser explicado ni comunicado a los demás.
Esto bien podría ser tenido por Nihilismo absoluto pero más presumiblemente por la intención de llevar al absurdo la filosofía de Zenón.

 

La Segunda Sofística se caracterizará por un mayor individualismo y relativismo. Veamos algunos rasgos
comunes en ellos:
   1) Hay una oposición entre el nomos real y el nomos ideal, basado en la naturaleza, bien sea porque el nomos ideal o la naturaleza significa igualdad esencial entre los hombres, frente a las desigualdades sociales dentro de la ciudad y entre ciudades (Hipias), bien porque lo natural sea el derecho del más fuerte, considerando la injusticia de la ley en igualar lo desigual para la satisfacción de los mas débiles (Calicles).
   2) Se produce una escisión absoluta entre el éxito y el provecho propio y la justicia y respeto a la comunidad. Lo que buscan es la satisfacción individual. Se persigue acertar con la ocasión oportuna y complacer al público, independientemente de la justicia y conveniencia de lo que se afirma y en la medida que el discurso resulta más elegante y produce mayor placer, el engaño está justificado.
   Como vemos en este segundo movimiento de la sofística se desvirtúan las características propias de la tradición griega que si vemos reflejadas en la Primera Sofística.

 

Hipias de Elis.

Este sofista se destacó por lo enciclopédico de sus conocimientos. Consideró la ley no sólo como convencional sino que incluso llegó más lejos: afirmó que era contraria a la naturaleza, por lo que reclamaba la autarquía del individuo y la rebelión contra las leyes que siempre oprimen a los más débiles. Así, Hipias se opone a Protágoras en el sentido en que para éste la ley es una consecuencia de la naturaleza, mientras que para Hipias, la ley va en contra de ella, porque se hace necesario volver a la naturaleza.

Antifonte

Antifonte fue un defensor de la physis frente al nómos. La ley es un acuerdo antinatural, artificial, que es respetado únicamente cuando tenemos miedo a las consecuencias de su violación.

Las leyes no se fundan en la naturaleza, son convenciones sujetas al cambio continuo. Hay cosas buenas por naturaleza y cosas buenas por nómos. Los hombres debemos seguir los preceptos de la naturaleza antes que los de las leyes.

La naturaleza nos empuja a evitar el dolor y buscar el placer. Cuando la búsqueda de placer choca contra las leyes, sólo se seguiran éstas si el no hacerlo nos acarrearía un dolor mayor, como castigo.

La ética de Antifonte, por lo tanto, es un hedonismo moderado.


Alcidamante (principios del siglo IV a. C)

Sofista y retórico griego de Elea, en Eolia, alumno y seguidor de Gorgias. Se conserva una obra genuina suya, Acerca de los sofistas, en la que el autor presenta argumentos en favor de los discursos improvisados frente a los preparados. Está considerado el primer gran orador de la Antigüedad.

 

Calicles

A la muerte de Pericles las discusiones acerca de la ley y el derecho se intensificaron notablemente. Algunos defendieron la doctrina del derecho natural del más fuerte.
Calicles afirmaba que la ley había sido dada para proteger a los débiles; pero la naturaleza (tanto en los animales como en los humanos) hace que los fuertes dominen a los débiles, lo cual es lo justo.

Sócrates: presentación (470-399 a. C.).
Sócrates, que se sepa, no escribió una sola línea y sin embargo es uno de los filósofos que dividen en dos la historia del pensamiento: antes de Sócrates y después de Sócrates, como sucederá mucho más adelante con Kant. Según su propia expresión, su misión era comparable a la de un tábano que pica al caballo para mantenerlo despierto: aguijoneando a los ciudadanos de Atenas para impedirles dormir satisfechos de su ignorancia.
Se podría calificar a Sócrates como un sofista disidente, ya que comparte con los sofistas muchos rasgos de su pensamiento: su interés por los temas antropológicos, éticos y políticos, su dedicación a enseñar a los jóvenes -si bien se enorgullecía de no cobrar por sus enseñanzas-. Pero se separa de ellos en lo que se refiere al relativismo y escepticismo de los sofistas: Sócrates busca incansablemente verdades absolutas que fundamenten las decisiones morales y políticas, no acepta que la filosofía se reduzca al “arte de persuadir” y por lo tanto renuncia al arte de elaborar bellos discursos que convenzan a los ciudadanos.
Detrás de todo ello existen, sin duda, razones políticas. Hemos dicho antes que los sofistas eran los filósofos que demandaba la nueva sociedad democrática. Pero Sócrates ha tenido tiempo de desilusionarse de la democracia ateniense: después de las guerras del Peloponeso y la dictadura de los llamados Treinta Tiranos, proliferan las conspiraciones y la lucha de intereses personales, corrompiendo el régimen democrático de los primeros tiempos del siglo de oro (el siglo V a.C.). Probablemente Sócrates añora el antiguo esplendor de la polis y trata de restaurarla buscando un fundamento filosófico sólido que la decadencia y el oportunismo de los tiempos no le ofrecía. Y la consecuencia política de ese intento es su defensa de un régimen aristocrático, que no se refiere a la aristocracia que proporciona el dinero ni la nobleza del nacimiento sino a lo que indica la etimología de la palabra: gobierno de los mejores.
Sea como fuere, sus enseñanzas y su constante cuestionamiento a los poderosos de su tiempo irritaron a las clases dominantes hasta el punto de acusarle de impiedad y corrupción de la juventud. Sócrates es sometido a juicio. Asume su propia defensa y la ejerce de un modo tan brillante que fuerza al jurado a condenarlo a muerte; quizás si hubiera admitido su culpa y solicitado clemencia la pena hubiera sido menor.
Por respeto a las leyes de la polis se niega a aceptar un plan de fuga y espera el momento de la ejecución rodeado de sus discípulos y filosofando sobre la virtud y la inmortalidad del alma. Cuando llega el momento de beber el veneno lo hace con absoluta tranquilidad, convencido de que la muerte no es un mal sino un tránsito a una vida mejor, liberada de la servidumbre del cuerpo. Se ha comparado muchas veces este final de Sócrates con la muerte de Cristo, que, como él, divide en dos la historia.
Lo que hemos dicho sobre Sócrates, y lo que diremos en adelante, está basado casi totalmente en lo que cuenta su discípulo Platón, que dedica varios libros -llamados Diálogos- a su maestro. En  la Apología de Sócrates narra el desarrollo del juicio y su condena, en el Critón su cautiverio y en el Fedón sus últimos momentos y su muerte. Y en muchos otros Diálogos desarrolla su doctrina, poniendo su propia filosofía en boca de su maestro. ¿Hasta qué punto el retrato de Platón es fiel al Sócrates real? Nunca lo sabremos. Aristófanes -un autor teatral bastante irreverente- lo presenta como un viejo pedante y engreído. Jenofonte -un historiador de la época- coincide bastante con Platón. En cualquier caso, el Sócrates que ha pasado a la historia es el que nos legó Platón, y a él vamos a atenernos.

Sócrates: su filosofía.
La madre de Sócrates era comadrona. Y Sócrates solía bromear diciendo que su oficio era el mismo que el de su madre: sólo que en lugar de ayudar a parir niños, él ayudaba a dar a luz la verdad. Porque una de las ideas centrales del pensamiento socrático consiste en su afirmación de que la verdad habita en el interior de cada uno y sólo es necesario conocerse a sí mismo para encontrarla. Rechaza por lo tanto el estilo sofista de enseñar, basado en la aceptación de la doctrina de un maestro. El verdadero maestro no inculca sus verdades al discípulo, sino que busca con él la verdad que habita en el alma de ambos. Desde este punto de vista podemos decir que conocer es recordar lo que el alma ya sabe desde siempre pero que permanece oculto por las necesidades y preocupaciones materiales de la vida Y esta verdad es la misma para los dos, porque la verdad -a diferencia de lo que pensaban los sofistas- es una sola. De ahí su método, llamado mayéutica, que significa precisamente “el arte de dar a luz”. La mayéutica, por lo tanto es el arte del diálogo, de una conversación en la cual maestro y discípulo comparten su ignorancia y buscan juntos el recuerdo de una verdad cuyo germen está en el alma de los dos. Pero para encontrar la verdad, el primer paso es convencerse de que no la conocemos, es decir, abandonar las falsas verdades que son fruto de la costumbre y la ignorancia. De ahí que el primer paso del método socrático consista en la ironía: cuestionar mediante hábiles preguntas al interlocutor para hacerle caer en la cuenta de su ignorancia y sus contradicciones, hasta que se convenza de lo primero que se necesita para aprender: reconocer que no se sabe. Al “saber que no sabe” su situación ha mejorado, ya que antes era ignorante sin saberlo. Pero no todos saben aprovechar este paso, y muchos de los interlocutores de Sócrates se sienten humillados y furiosos al ser víctimas de esta ironía del maestro.
Una vez que se ha reconocido la ignorancia se puede pasar a la dialéctica, es decir, a un diálogo en el cual maestro y discípulo, a partir de sus ideas personales, buscan una verdad universal de la que ambos participan. Búsqueda que en los diálogos socráticos nunca termina, ya que lo que le interesa al maestro no consiste en encontrar verdades completas y definitivas sino indicar el camino para que cada uno sea capaz de buscarlas en su propio interior. Uno de los diálogos de Platón en que se muestra claramente este método de su maestro es el Menón. En él, Sócrates logra que un esclavo analfabeto resuelva un problema de geometría sin indicarle la solución, sólo orientándole con hábiles preguntas a buscar la solución por sí mismo, solución que se supone debía existir ya, aunque olvidada, en el alma del esclavo. (Aunque, todo hay que decirlo, las preguntas de Sócrates orientan bastante las respuestas de su interlocutor...).
Y esta sabiduría que el alma posee desde que nace es también la fuente de la bondad, de la vida moral. Porque el alma que conoce el bien necesariamente va a tratar de hacerlo realidad en su vida. La maldad, por lo tanto, no es más que ignorancia: todos buscamos el bien, pero el ignorante, el que ha olvidado en qué consiste, se equivoca y confunde el bien con el mal. Por lo tanto, lo que hay que hacer con el hombre malo es educarlo. Una vez que conozca el bien se sentirá inclinado a buscarlo en sus acciones, tal es la fuerza de esa idea suprema. Esta doctrina, conocida como el intelectualismo moral va a tener una enorme influencia en la historia, en particular en la historia de la educación.
Platón pone en boca de Sócrates los fundamentos filosóficos de este método, que abarcan una importante teoría del conocimiento, así como muchas otras afirmaciones de su filosofía sobre política, moral, estética y metafísica. Veremos algunas de ellas en el capítulo dedicado a Platón, recordando que hoy resulta imposible separar claramente la doctrina del maestro y la del discípulo.


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