AGUSTIN DE HIPONA
Introducción
Agustín nació en
Tagaste, Numidia (actual Argelia), en el año 354, de padre pagano y madre
cristiana. Estudió retórica en Cartago. En el 373, en medio de los placeres de
Cartago, leyó una obra de Cicerón, el Hortensio, que le hizo interesarse por
la filosofía. El mismo año se adhirió a las doctrinas de los maniqueos, que con
el tiempo le resultaron insatisfactorias. En el 383 se dirigió a Roma para
enseñar retórica. Al año siguiente obtuvo la cátedra municipal de Milán. Allí
conoció al obispo de la ciudad, Ambrosio, y asistió a sus predicaciones
centradas en una interpretación alegórica de la Biblia.
Por esta época vuelve a interesarse por Cicerón y el
escepticismo. Poco después leyó parte de las Enéadas de Plotino, y algunos escritos platónicos. Abandona del
todo el maniqueísmo intenta cambiar su desordenada vida y lee en San Pablo que
el hombre es presa del pecado y que nadie puede librarse de él sin la gracia de
Jesucristo. En el 386 se convirtió al cristianismo. San Agustín se propondrá
desde ahora alcanzar, por la fe en las Escrituras,
la inteligencia de lo que éstas enseñan y después enseñarlas. Ordenado
sacerdote en Hipona, murió siendo obispo de esa ciudad, en el año 430.
Para Agustín de
Hipona el asentimiento a las verdades de fe debe ir precedido por algún trabajo
de la razón; aunque aquéllas no sean demostrables, se puede demostrar que es
legítimo creerlas, y es la razón la encargada de ello. Hay pues, una
intervención de la razón que precede a la fe, pero hay una segunda intervención
que la sigue. Hay que aceptar por la fe las verdades que Dios revela si se
quiere adquirir luego alguna inteligencia de ellas, “comprende para creer, cree
para comprender”.
La filosofía que mejor compatibiliza el deseo humano de
saber y el cristiano, según Agustín de Hipona, es el neoplatonismo. El
pensamiento de Agustín es una síntesis entre la filosofía neoplatónica y la fe
cristiana.
Antropología
La obra de San
Agustín expresa el esfuerzo de una fe cristiana que intenta llevar lo más lejos
posible la inteligencia de su propio contenido, con ayuda de una técnica
filosófica cuyos elementos principales están tomados del neoplatonismo, sobre
todo de Plotino. Entre esos elementos, la definición del hombre dialécticamente
justificada por Platón, en el Alcibíades,
y reasumida después por Plotino: el hombre es un alma que se sirve de un
cuerpo. Cuando habla como simple cristiano, Agustín de Hipona tiene buen
cuidado de recordar que el hombre es la unidad de alma y cuerpo; cuando
filosofa, vuelve a caer en la definición de Platón. Presente toda entera al
cuerpo todo entero, el alma, sin embargo, sólo le está unida por la acción que
sobre él ejerce continuamente para vivificarlo. Atenta a cuanto en él acontece,
nada le pasa por alto. Si algún objeto exterior hiere nuestros sentidos,
nuestros órganos sensoriales sufren su acción; pero como el alma es superior al
cuerpo, y puesto que lo inferior no puede obrar sobre lo superior, ella misma
no sufre acción alguna.
Puramente
espiritual y simple, el alma se halla unida a su cuerpo por una inclinación
natural que la impulsa a vivificarlo, gobernarlo y velar por él. Gracias a
ella, la materia se convierte en un cuerpo viviente y organizado. Presente toda
entera a todas y cada una de las partes del cuerpo, el alma constituye con él
esa unidad que es el hombre; pero resulta muy difícil saber cuál es su origen.
El autor de El alma y su origen se
confesó, por fin, incapaz de resolver este problema.
Teoría del Conocimiento.
Gracias a la
vigilancia que ejerce, al alma no le pasa inadvertida esta modificación de su
cuerpo. Sin sufrir nada de parte del cuerpo, saca de su propia sustancia una
imagen semejante al objeto. Esto es lo que se llama una sensación.
Entre las
sensaciones, unas nos informan simplemente sobre el estado y las necesidades de
nuestro cuerpo, otras sobre los objetos que le rodean. El carácter que
distingue a estos objetos es su inestabilidad. Como duran en el tiempo,
aparecen y desaparecen, se borran y se reemplazan unos a otros sin que sea posible
captarlos. Cuando estamos a punto de decir de los que son, ya han desaparecido.
Esta falta de estabilidad, que refleja una verdadera falta de ser, los excluye
de todo conocimiento propiamente dicho. Conocer es aprehender por el
pensamiento un objeto que no cambia y cuya misma estabilidad permite retenerlo
bajo la mirada del espíritu. De hecho, el alma encuentra en sí misma
conocimientos que versan sobre objetos de este tipo. Así ocurre siempre que
aprehendemos una verdad. Porque una verdad es algo completamente distinto de la
constatación empírica de un hecho; es el descubrimiento de una regla por el
pensamiento, que se somete a ella. Si veo que dos más dos son cuatro, o que hay
que hacer el bien y evitar el mal, aprehendo unas realidades no sensibles, es
decir, puramente inteligibles, cuyo carácter fundamental es su necesidad. No
pueden ser de otra manera. Puesto que son necesarias, son inmutables. Puesto
que son inmutables, son eternas. Necesarias, inmutables, eternas: estos tres
atributos se resumen diciendo que son verdaderas. Así, pues, su verdad depende,
en fin de cuentas, de que tienen ser, porque sólo es verdadero lo que
verdaderamente existe. La capacidad de juzgar las cosas según estas reglas
eternas es lo que Agustín de Hipona llama ciencia. Al conocimiento de la verdad
última de la que dependen todas las demás, esto es Dios, le llama sabiduría.
Otro problema es
el de cómo descubrimos estas reglas eternas en nuestro interior. Si se piensa
en esto, la presencia de conocimientos verdaderos en nuestra alma plantea un
grave problema. ¿Cómo explicarlo? En cierto sentido, todos los conocimientos derivan
de nuestras sensaciones (únicamente podemos concebir los objetos que hemos
visto o los que podemos imaginar a base de aquellos que hemos visto). Ahora
bien, ninguno de los objetos sensibles
es necesario, inmutable o eterno; por el contrario, todos son contingentes,
mudables, pasajeros. Acumúlense cuantas experiencias sensibles se quiera y
nunca se sacará de ellas una regla necesaria. Veo perfectamente, a primera
vista, que de hecho dos más dos son cuatro, pero mi pensamiento es el único que me permite ver
que no puede ser de otra manera. No son, pues, los objetos sensibles los que me
enseñan las mismas verdades que les conciernen, y mucho menos las otras.
Entonces, ¿seré yo mismo la fuente de mis conocimientos verdaderos? Mas yo
también soy contingente y mudable, como las cosas, y precisamente por eso se
inclina mi pensamiento ante la verdad que lo domina. La necesidad con que se
impone la verdad a la razón no es otra cosa que el signo de su trascendencia
respecto de ella. La verdad está, en la razón, por encima de la razón.
Ahora bien, la
tesis platónica de que el alma preexiste al cuerpo es incompatible con la
doctrina cristiana, por lo que Agustín de Hipona se ve forzado a dar otra
solución, Agustín de Hipona dice que el alma conoce las ideas (o reglas
eternas) por iluminación divina. La
iluminación consiste en una acción llevada a cabo por Dios sobre los hombres, y
que permite a éstos la captación de lo inteligible en sí mismo. Es un proceso
similar al que realiza la luz con las cosas; pues sin ella, éstas no podrían
ser vistas.
Por tanto, en el
hombre hay algo que lo trasciende. Puesto que ello es la verdad, ese algo es
una realidad puramente inteligible, necesaria, inmutable, eterna. Precisamente
lo que llamamos Dios. Las más variadas metáforas pueden servir para designarlo.
Es el sol inteligible, a cuya luz la razón ve la verdad; el Maestro interior,
que responde desde dentro a la razón que le interroga. Todas las vías
agustinianas hacia Dios siguen análogos itinerarios, de lo exterior a lo interior y de lo interior a lo superior.
El Dios de San
Agustín se ofrece como una realidad a la vez íntima al pensamiento y
trascendente al pensamiento. Su presencia es atestiguada por cada juicio
verdadero, ya sea científico, estético o moral; pero su naturaleza se nos
escapa.
Teología
Dios es inefable,
y nosotros decimos más fácilmente lo que no es que lo que es. Entre todos los
nombres que se le pueden dar, el mejor es el que El mismo se dio cuando dijo a
Moisés: “Soy el que soy”. Es el ser mismo, la realidad plena y total que sólo
le conviene a Él. Porque lo que cambia no existe verdaderamente, puesto que
cambiar es dejar de ser lo que se era para llegar a ser otra cosa que, a su
vez, se dejará de ser. Todo cambio implica, pues, una mezcla de ser y de
no-ser. En consecuencia, Dios es supremamente ser, o que lo que es lo mismo la
inmutabilidad.
Por un notable
texto de la Ciudad de
Dios (VIII, 11) puede verse hasta qué punto tenía conciencia el propio San
Agustín de su profunda coincidencia con Platón en esta cuestión. El “El que es”
del Éxodo le parece significar tan claramente “El que es inmutable”.
En las Confesiones, Agustín de Hipona ha
marcado profundamente su impronta en el dogma cristiano de la Trinidad. E. Portalié ha dicho:
“En la explicación de la Trinidad ,
Agustín concibe la naturaleza divina antes que las personas”. Su fórmula de la Trinidad será: una sola naturaleza
divina subsistiendo en tres personas; (la de los griegos, por el contrario,
decía: tres personas con una sola naturaleza). El Dios-Trinidad de Agustín de
Hipona es la divinidad quien se despliega en tres personas: Padre, Hijo y
Espíritu Santo. El Padre se expresa en su Verbo (el Hijo) y uno y otro se aman
en el Espíritu Santo.
En su De Trinitate, se esforzó en concebir la
naturaleza divina por analogía con la imagen que de Sí mismo ha dejado el Creador
en sus obras, y sobretodo en el alma humana. El alma es, ante todo, un
pensamiento (Padre) de donde brota un conocimiento en que dicho pensamiento se
expresa (Hijo), y de su relación a este conocimiento surge el amor que se tiene
(Espíritu Santo).
Conocerse a sí
mismo -según nos aconseja Sócrates- es conocerse como la imagen de Dios, es conocer
a Dios. En tal sentido, nuestro pensamiento es memoria de Dios, el conocimiento
que en él se encuentra es inteligencia de Dios, y el amor que procede de uno y
otro es amor de Dios. Hay, pues, en el hombre algo más profundo que el hombre.
Lo más íntimo de su pensamiento no es sino el secreto inagotable de Dios mismo;
como la suya, nuestra más profunda vida interior no es otra cosa que el
despliegue, dentro de sí mismo, del conocimiento que un pensamiento divino
tiene de sí propio y del amor con que se ama.
Toda la doctrina
apuntada implica la idea de creación, pero ésta nos viene impuesta por el
procedimiento mismo que hemos empleado para encontrar a Dios. Él es puro ser
cuya existencia atestiguan los demás seres, la inmutabilidad que el cambio
exige como causa. Cambiar es ser y no-ser, o no ser por completo todo lo que se
es. ¿Cómo es posible que lo que no es verdaderamente se dé el ser a sí mismo? Y
¿qué otro, sino “aquel que es verdaderamente”, podría ser su causa? Por su
mutabilidad, las cosas no cesan de proclamar: “no nos hemos hecho a nosotras
mismas, es Él quien nos ha hecho”.
Es seguro que
Dios, por estar dotado de suprema inmutabilidad, no ha desplegado su acción
creadora a través del tiempo. Expresándose por completo en su Verbo, contiene
eternamente en Sí los modelos
arquetípicos o Ideas, causa ejemplar
de todos los seres posibles, sus formas inteligibles, sus leyes, sus pesos,
medidas y números. Estos modelos eternos son Ideas, increadas y consustanciales (en y de su misma
naturaleza) a Dios (con igual
consustancialidad que el Verbo). Para crear el mundo, Dios no ha tenido más que
decirlo; al decirlo, lo ha querido y lo ha hecho. Dios lo ha creado todo de una
sola vez y, si bien todavía conserva, ya no crea más (la narración bíblica de
los seis días es pura alegoría). Todos los seres futuros han sido, pues,
producidos desde el origen, junto con la materia, pero en forma de gérmenes o
semillas (rationes seminales) que debían o deben aún desarrollarse en el
decurso de los tiempos, según el orden y las leyes que Dios mismo ha previsto.
Así, pues, Agustín ha concebido la historia del mundo como un despliegue
perpetuo, donde los individuos, sus especies estaban allí desde el principio.
Ética.
Dios es la
plenitud del ser; es, por tanto, el bien absoluto e inmutable. Por haber sido
creada de la nada, la naturaleza humana sólo es buena en la medida en que es;
pero, en esta misma medida, es buena. De donde se sigue que lo contrario del
bien -el mal no puede considerarse como ser. Estrictamente hablando, el mal no
existe. Lo que designamos con ese nombre se reduce a la ausencia de un
determinado bien en una naturaleza que debería poseerlo. Esto es lo que quiere
decir la expresión de que el mal es una privación
Este principio
permite explicar la existencia del mal en un mundo creado por un Dios bueno. Si
se trata del mal natural, recuérdese que, considerada en sí, toda cosa es buena
por el hecho de que es. Cierto que toda criatura acaba por perecer; pero, si se
juzgan las cosas desde el punto de vista del universo, la destrucción de una
cosa queda compensada por la aparición de otra. En cuanto a la moralidad, sólo
se encuentra en los actos de las criaturas racionales. Puesto que dependen de
un juicio de la razón, tales actos son libres; consiguientemente, las faltas
morales proceden del mal uso que el hombre hace de su libre albedrío. El hombre
es el responsable de ellas, no Dios. Sin duda, se puede objetar que Dios no
debió dotar al hombre de una voluntad falible; y, por lo menos, hay que
reconocer que el libre albedrío no es un bien absoluto, ya que comporta, de
manera insoslayable, un riesgo. Sin embargo, es un bien; es, incluso, la
condición del más grande de los bienes: la bienaventuranza. Ser feliz es el
objetivo final de todo ser humano; para serlo, cada uno tiene que volverse
hacia el Soberano Bien, quererlo y adherirse a él. Se impone, pues, la
necesidad de ser libre. En vez de obrar así, el hombre se ha vuelto de espaldas
a Dios para gozar de sí y hasta de las cosas que le son inferiores. En eso consiste
el pecado, en una transgresión de la ley divina, el pecado original ha tenido
por consecuencia la rebelión del cuerpo contra el alma, de donde provienen la
concupiscencia y la ignorancia. El alma termina no creyendo más que en la única
realidad de la materia y tomándose a sí misma por un cuerpo. Es esto -y no el
cuerpo lo que constituye la tumba del alma, y ése es también el mal del que
tiene que liberarse.
En el estado de
caída en que se encuentra, el alma no puede salvarse por sus propias fuerzas.
El hombre ha podido caer espontáneamente, es decir, por su libre albedrío; pero
su libre albedrío no le basta para levantarse. Es que ahora no se trata
solamente de querer; hace falta, además, poder. Según Agustín de Hipona (recuérdese
la historia personal de Agustín, viviendo en el pecado, su incapacidad para
levantarse sin la gracia como San Pablo) la gracia es necesaria al libre
albedrío del hombre para luchar eficazmente contra los asaltos de la
concupiscencia, desordenada por el pecado, y para merecer ante Dios. Sin la
gracia se puede conocer la Ley ;
con ella podemos, además, cumplirla.
Para hacer el
bien se requieren dos condiciones: un don de Dios, que es la gracia, y el libre
albedrío. Consiguientemente, el efecto de la gracia no es suprimir la voluntad,
sino convertirla de mala -como se había hecho- en buena. Este poder de usar
bien del libre albedrío es precisamente la libertad. Hallarse confirmado en
gracia hasta el punto de no poder ya realizar el mal es el grado supremo de la
libertad.
Tal libertad
plena no nos es asequible en esta vida, pero acercarse a ella aquí abajo es el
mejor medio de obtenerla después de la muerte. La hemos perdido desviándonos de
Dios hacia los cuerpos; podremos reconquistarla volviéndonos de los cuerpos a
Dios. La caída fue un movimiento de egoísmo; el retorno a Dios constituye un
movimiento de caridad, que es el amor de lo único que merece ser amado.
Expresada en términos de conocimiento, esta conversión a Dios consiste en el
esfuerzo de la razón que pugna por volverse de lo sensible a lo inteligible, es
decir, de la ciencia hacia la sabiduría. La única razón de filosofar es ser
feliz; sólo aquel que es verdaderamente feliz es verdaderamente filósofo, y
sólo el cristiano es feliz porque es el único que posee -y poseerá para siempre
el verdadero Bien, fuente de toda felicidad.
Política
Toda la actividad práctica humana está orientada para el
cristiano hacia Dios, que es lo que da a sus obras todo su sentido (recordemos
que el fin último es la salvación del alma). En la ética de Agustín el ser
humano no puede dejar de reconocer en su interior esa orientación hacia el bien
(establecido por su creador), aunque pueda por su libre albedrío desobedecerla.
La política se encuentra en la misma situación: la historia
de las sociedades humanas es para Agustín la historia de una lucha constante,
un enfrentamiento entre el Bien y el Mal. Lógicamente el Bien estará encarnado
en aquellas sociedades que se organicen según los mandatos de Dios, en los
estados donde se cuide el espíritu por encima de cualquier otra cosa; el Mal
estaría representado por las sociedades que dan la espalda a Dios, descuidando
el cuidado del espíritu y favoreciendo un tipo de vida puramente material. El
primer tipo de estado lo denomina la “Ciudad de Dios” y el segundo la “Ciudad
terrena”
Siguiendo las Escrituras Agustín anuncia que esa lucha
terminará en el fin de los tiempos con el triunfo de la “Ciudad de Dios”,
ofreciendo una interpretación teológica, lineal y finalista de la historia
humana
Los hombres que
aman a Dios están unidos a Él por el amor que le tienen, y están también unidos
entre sí por su común amor a Dios. Un pueblo, una sociedad, es el conjunto de
hombres unidos en la prosecución y en el amor de un mismo bien. Existen, pues,
pueblos temporales, unidos en el tiempo a fin de conseguir los bienes
temporales necesarios para la vida, el más alto de los cuales -puesto que
implica todos los demás es la paz, tranquilidad que nace del orden. Por ser
hombres como los paganos, los cristianos viven también en ciudades temporales,
colaboran a su orden y se aprovechan de él; pero, cualesquiera que sean sus
ciudades temporales, todos los cristianos de todos los países, de todas las
lenguas y de todos los tiempos, se hallan unidos por su amor común al mismo
Dios y por la común prosecución de la misma felicidad. Así, pues, también ellos
forman un pueblo, cuyos ciudadanos se reclutan en todas las ciudades terrenas,
y cuyo territorio místico puede llamarse la “Ciudad de Dios”. Son miembros
suyos todos los elegidos: los que fueron, los que son y los que serán. Ahora,
las dos ciudades se encuentran mezcladas entre sí; pero al final, en el día del
último juicio, serán separadas y constituidas distintamente.
La construcción
progresiva de la “Ciudad de Dios” es, por tanto, la gran obra, empezada con la
creación, incesantemente continuada después, y que da sentido a la historia
universal. La inmensa obra histórica de San Agustín, su De civitate Dei, tiene precisamente por objeto trazar a grandes
rasgos esta teología de la historia, para la que todos los acontecimientos
culminantes de la historia universal son otros tantos momentos en la
realización del plan querido y previsto por Dios. Y toda esa historia está
penetrada de un gran misterio, que no es otro que el de la caridad divina (amor)
actuando siempre para restaurar una creación desordenada por el pecado. La
predestinación del pueblo elegido y de los justos a la bienaventuranza es la
expresión de esta caridad. Nuestra razón ignora por qué unos se salvarán y
otros no, ya que esto es un secreto de Dios; pero podemos estar seguros de una
cosa: de que Dios no condena a ningún hombre sin una equidad plenamente
justificada.
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