jueves, 20 de febrero de 2014

Método de análisis de un texto en Selectividad.

Mirad el tema del que dice el examen que trata el texto.
Repasad mentalmente la filosofía del autor como si prepararais la cuestión segunda del examen (“2. Explicar el problema del………….en…………y desarrollar sistemáticamente las principales líneas del pensamiento de este autor”)

Después leed el texto tres veces sin hacer nada con él, a la cuarta lectura subrayad el texto (a un 40% si es breve) y a partir de él haced un resumen de las ideas del texto.  Después de hecho el resumen olvidadlo, es decir, al hacer la siguiente parte, no lo releáis)

Dejad el comentario para volver luego sobre él y contestad la cuestión segunda (“2. Explicar el problema del………….en…………y desarrollar sistemáticamente las principales líneas del pensamiento de este autor”). 

Una vez respondida la pregunta dos del examen, volved al texto y añadir en el primer párrafo sobre qué teoría del autor se está hablando en dicho texto o con cuál guarda relación (sin explayarse)

Haced un esquema sobre el texto donde habéis de señalar cuál es y dónde está la idea principal, así como las ideas secundarias (en un borrador sobre la misma hoja cuestiones del examen, dicha hoja es para vosotros, no se entrega). Explicad después el esquema (que no mostraremos en el examen). Empezad por señalar cuál es y dónde está la idea principal (la puedo citar entre comillas). Decid, después, si el texto es deductivo o analítico (idea principal encabeza el texto); o si el texto es inductivo o sintético (idea principal al final del texto).
Señalad en qué ideas secundarias o argumentos se apoya (sólo si el texto es inductivo o sintético puedo llamarles, además de secundarias o argumentos, premisas).
Por último, mirad a ver si en el texto dos ideas siempre van ligadas en paralelo (no aparece nunca una sin la otra) o si dos ideas se contraponen u oponen. Señalad lo observado. 

El resultado es, por tanto, son dos párrafos diferenciados:
En el primero un breve resumen del texto por el que conseguirías el punto que califican con el criterio a) “Identificar las ideas/argumentos fundamentales del texto (hasta 1 punto)”.  En el ya señaláis el tema principal y su relación con la filosofía del autor (Punto y aparte)
En el segundo párrafo explicaríais el esquema (sin miedo a repetirse, por eso no se vuelve a leer el primer párrafo). Así se os calificaría con el punto del criterio b) “Exponer la relación existente entre tales ideas/argumentos (hasta 1 punto)”

MODELO DE EXAMEN DE SELECTIVIDAD

https://www.ucm.es/data/cont/docs/3-2015-09-22-MOD_H%C2%AAFILOSOF%C3%8DA_2015-2016.pdf
HUME 

David Hume (1711-1776). 
El ensayo sobre el entendimiento humano ha sido durante muchos años la obra más conocida y comentada de Hume se debe casi enteramente a que Hume ha sido visto con frecuencia "desde Kant", como el autor que despertó a Kant de su "sueño dogmático". Así, Hume ha sido considerado con frecuencia como un "crítico del conocimiento" y sobre todo como un "crítico de las nociones de sustancia y de causa". Desde este punto de vista, Hume ha sido visto al mismo tiempo como sucesor de Berkeley y de Locke y como el autor que llevó a culminación el llamado "empirismo inglés". Por otro lado, se ha puesto de relieve, especialmente durante las dos últimas décadas, que tanto o más importante que el puesto que Hume ocupa en la teoría del conocimiento entre Locke y Berkeley por un lado y Kant por el otro, es el lugar que ocupa como "filósofo moral". Desde este último punto de vista, Hume es presentado menos como un sucesor de Berkeley y un precursor de Kant que como un discípulo de Hutcheson. En este respecto Hume fue influido no sólo por el mencionado autor, sino también por Malebrance, Pierre Bayle y, en último término, por Carneades. Esta segunda imagen de Hume es la imagen de un "filósofo moral escéptico". Se ha indicado también que Hume ocupa sobre todo un lugar dentro de la historia del escepticismo en general y en particular dentro de la historia del escepticismo moderno.

Teoría del conocimiento
Hume estima que todas las ciencias tienen una relación, mayor o menor, con la naturaleza humana. Hay que investigar, pues, "la naturaleza del entendimiento humano" para averiguar sus poderes y sus capacidades; hay que cultivar "la verdadera metafísica", único modo de destruir la metafísica "falsa y adulterada". Tal ciencia debe basarse en la experiencia y en la observación y no en especulaciones gratuitas y quiméricas.  
  Fundamental en el estudio propuesto por Hume es la investigación del "origen de nuestras ideas". Los resultados de la investigación de Hume a este respecto pueden resumirse en las siguientes proposiciones. En primer lugar, todo lo que el espíritu contiene son percepciones. Éstas pueden ser impresiones o ideas. La diferencia entre ellas consiste en el grado de fuerza y vivacidad: las impresiones son las percepciones que poseen mayor fuerza y violencia. Ejemplos de impresiones son las sensaciones, las pasiones y las emociones. Las ideas son solamente copias o imágenes desvaídas de las impresiones tal como las posee el espíritu en los procesos del pensamiento y del razonamiento. Por otro lado, las percepciones pueden ser simples o complejas; por tanto, hay impresiones simples y complejas e ideas simples y complejas. Las percepciones simples, tanto impresiones como ideas, son las que no admiten distinción ni separación. Así, la percepción de una superficie coloreada es una impresión simple, y la idea o imagen de la misma superficie es una idea simple. Las percepciones compuestas, tanto impresiones como ideas, son aquellas en las cuales pueden distinguirse partes. Así, la visión de París desde Montmartre es una impresión compleja, y la idea o imagen de tal impresión es una idea compleja.
La distinción entre impresiones e ideas simples y complejas permite a Hume resolver una cuestión fundamental. Una teoría del conocimiento empirista tiende a derivar todas las ideas de las impresiones originarias. Y, en último término, esto es lo que Hume se propone hacer. Pero no sin reconocer una importante restricción. En efecto, aunque hay, en general, una gran semejanza entre las impresiones complejas y las ideas complejas, no puede decirse que las segundas sean siempre copias exactas de las primeras. Las ideas complejas pueden ser copia de impresiones complejas, pero también pueden ser combinaciones de ideas simples hechas por nuestra memoria e imaginación. En cambio, cuando se trata de impresiones e ideas simples, la semejanza puede ser afirmada. Así, en el nivel de las impresiones e ideas simples se restablece la tesis fundamental empirista: no hay ninguna idea simple que no tenga una impresión correspondiente, y no hay ninguna impresión simple que no tenga una idea correspondiente.
 Las impresiones pueden dividirse en impresiones de sensación e impresiones de reflexión. Las primeras surgen en el alma originariamente, de causas desconocidas. Las segundas se derivan en gran parte de nuestras ideas de acuerdo con el orden siguiente:
Impresión (por ejemplo, al conducir por una carretera vemos un gato despanzurrado) de la que surge una idea o copia de esta impresión en el espíritu (la idea de gato despanzurrado), permanencia de ella después de terminar la impresión. El retorno de esta idea al alma produce nuevas impresiones (asco al recordarlo) - impresión de reflexión - de la que surge una idea o copia de esta impresión de reflexión por la memoria y la imaginación (recuerdo del asco que me dio recordarlo), puede después, por esta idea, producirse de nuevas impresiones e ideas. Así, hay impresiones de sensación, ideas, e impresiones de reflexión.
Repasemos el proceso: (1) surgen, de causa externa  y desconocida, las impresiones de sensación. (2) Cuando las impresiones  de sensación desaparecen dejan huellas en la mente que reaparecen (menos vivaces y debido  a la memoria o a la imaginación) en forma de ideas. (La diferencia entre  memoria e imaginación reside en que en la memoria las ideas aparecen más  vivas y en el orden y posición en que se dieron las impresiones correspondientes;  mientras que en la imaginación las ideas aparecen más débiles y ordenadas al azar, aunque usualmente se establece un orden entre ellas en  virtud de las tres leyes que rigen la combinación de ideas: Ley de semejanza, ley de contigüidad en el espacio y en el tiempo y ley de causalidad) Las  ideas son el origen a su vez de las impresiones de reflexión, de las cuales pueden surgir nuevas ideas.
Hume, por tanto, concibe las ideas como copias de las impresiones sensibles, y por lo tanto siempre siguen a estas, es decir, no podrá existir una idea que antes no haya pasado por los sentidos (esto ya lo planteaba Aristóteles), rechazando tajantemente la posibilidad de cualquier “idea innata” (contra el racionalismo).
 Hemos visto que se pueden producir ideas complejas, no sólo copiando impresiones complejas, sino también  agrupando ideas simples. Agrupación que se produce siguiendo tres  leyes de asociación:
 1. Ley de semejanza: nos hace agrupar ideas en virtud de un parecido  o identidad.
 2. Ley de contigüidad en el espacio y en el tiempo: tendemos a establecer una relación entre las ideas en base  a su proximidad temporal o espacial.
3. Ley de causalidad (relación causa-efecto): en toda relación causa-efecto lo que en realidad vemos siempre es que a un hecho sigue otro hecho. Cuando a lo largo del tiempo vemos que siempre que aparece una impresión le sigue otra en el tiempo, llegamos a la conclusión de la que la primera es la “causa” de la segunda. Pero Hume afirma que lo único que observamos cuando, por ejemplo, vemos dos bolas de billar, es que la que llamamos “causa” está en movimiento antes de que se mueva la que llamamos “efecto”; que ambas están juntas antes de éste se produzca. Y nada más, no vemos que la primera empuje a la segunda. Aunque no haya un fundamento real para la relación causal sí que lo hay en nuestra mente. Es una ley de nuestra mente establecer relaciones de causa efecto, y creer en su necesidad.
“He aquí una bola de billar inmóvil sobre una mesa y otra bola que se mueve hacia ella con rapidez. Las dos chocan y la bola que en un principio estaba en reposo ahora adquiere movimiento (...) Es evidente que las dos bolas entrarán en contacto antes de que les sea comunicado el movimiento y que no hay intervalo alguno entre el choque y el movimiento. La contigüidad en el tiempo y el espacio es, por tanto, una circunstancia indispensable para la atracción de todas las causas. Es evidente, asimismo, que el movimiento que fue la causa es anterior al movimiento que fue el efecto. La prioridad en el tiempo es, por tanto, otra circunstancia indispensable en cada causa. Pero esto no es todo. Intentemos con otras bolas de la misma clase una situación similar y siempre hallaremos que el impulso de la una produce el movimiento de la otra. Aquí hay por tanto una tercera circunstancia, a saber, la conjunción constante entre la causa y el efecto. Cada objeto similar a la causa produce siempre algún objeto similar al efecto. Fuera de estas tres circunstancias, contigüidad, prioridad y conjunción constante, nada más puedo descubrir en esta causa.”
 (“Resumen del Tratado de la Naturaleza Humana”)

Otra distinción fundamental: es la que Hume establece entre lo que llamaremos "hechos" (cuestiones de hecho) y "relaciones" (relaciones de ideas), los únicos tipos de conocimiento que aceptará como válidos. La distinción permite eliminar las entidades ficticias producidas por la "metafísica adulterada", la cual cree poder demostrar la existencia de una entidad cuando es capaz de dar razón de esta entidad sin atenerse a la experiencia.
 Unas de estas relaciones lo son entre hechos (cuestiones de hecho). Decir: "El hidrógeno es menos pesado que el aire" o "El oro es amarillo", es establecer relaciones entre hechos. Las proposiciones sobre hechos son contingentes, no hay ninguna necesidad de que los hechos sean tales como de hecho son, ni ninguna necesidad de que se relacionen tal como de hecho se relacionan.
Otras relaciones lo son entre lo que hemos llamado "relaciones" (las "relaciones de ideas"). Decir: "La suma de 4 y 4 es igual a 8" o "La suma de los tres ángulos de un triángulo (en un espacio euclídeo plano) es igual a dos ángulos rectos" es establecer relaciones entre relaciones.
Las proposiciones sobre relaciones son necesarias, su verdad deriva de que lo contrario de una de tales proposiciones constituye una contradicción.
Las proposiciones sobre hechos dicen algo, pero sólo son probables. Las proposiciones sobre relaciones son absolutamente ciertas, pero no dicen nada — es decir, nada acerca de lo que "hay". No puede pasarse, pues, de unas proposiciones a las otras, ya que son completamente heterogéneas entre sí. Las proposiciones verdaderas sobre hechos están fundadas en la experiencia; las proposiciones verdaderas sobre relaciones están fundadas en la no contradicción. No hay otras proposiciones posibles; por tanto, todos los libros que contengan enunciados que no sean "razonamiento demostrativo" (como el de la lógica o la matemática) o "razonamiento probable" (como el de la experiencia) deben "arrojarse a las llamas". Así, Hume "arroja a las llamas" los libros que, como los de teología o metafísica, no contienen más que "falsas proposiciones" en el sentido de ser proposiciones que parecen serlo sin serlo en verdad. Hume aplica estas nociones a una detallada crítica de toda clase de "ideas" para ver en qué medida tales "ideas" están o no fundadas en la experiencia o constituyen "relaciones de ideas".
Hume niega validez al método deductivo en sus variantes escolástica  y cartesiana. La crítica a la deducción escolástica es la misma que ya había  formulado Descartes. Pero Hume extiende su crítica al método deductivo de  Descartes y los racionalistas; éstos parten de ideas simples dadas en la intuición  para constituir ideas complejas por un proceso de síntesis; pero para  ello necesitan recurrir en un primer momento a ideas innatas, que Hume, como  vimos, rechaza.
 También rechaza el método inductivo que consiste en pasar de un número limitado de observaciones a proposiciones universales.  Hume, también rechaza la validez de este método (el inductivo), pues, según  él, no hay nada que nos permita pasar de “n" número de experiencias -por  muchas que sean- a una ley general universalmente válida y necesaria, pues  aunque una ley se confirme en “n” número de experiencias, nunca podremos  estar seguros de que se confirmará ala "n + 1". Pero, aunque el método  no tenga un valor real, este tipo de proceder (que espera que aquellas  experiencias confirmadas en el pasado sigan confirmándose en el futuro),  tiene un cierto fundamento psicológico: el hábito, la costumbre.
En esta crítica ataca tres aspectos básicos: la idea de existencia; la idea de relación causal y la idea de sustancia.
En cuanto a la idea de existencia nos limitaremos a señalar que, según Hume, no hay nada que pueda llamarse "existencia" independientemente de la idea de lo que concebimos ser existente. La idea de existencia no agrega nada a la idea de un objeto: 'objeto' y 'objeto existente' son expresiones sinónimas. Por otro lado, para admitir la idea de un objeto hay que referirse a la impresión que le ha dado origen. Agreguemos, o reiteremos, que como las proposiciones sobre relaciones causales son proposiciones sobre hechos, no son necesariamente verdaderas. La experiencia nos muestra que a un cierto hecho (o acontecimiento) sucede regularmente otro cierto hecho (o acontecimiento); el primer hecho es llamado "causa" y el segundo "efecto". Pero la experiencia no puede mostrarnos que hay necesidad en la conexión causal, pues esta no es una conexión de las del tipo de las "relaciones de ideas" (como las conexiones lógicas o matemáticas). En otros términos, el efecto no está contenido necesariamente en la causa, como afirman los "racionalistas". Las conexiones causales son inferencias probables, fundadas en las asociaciones de ideas tal como han tenido lugar en el pasado, lo que nos permite predecir —con "certidumbre moral"— el futuro. Inferimos que la llama es efecto del fuego cuando asociamos mediante semejanza la impresión de la llama con ideas de llamas que hemos visto en el pasado y que hemos relacionado mediante contigüidad con la idea del fuego. La conexión causal es, pues, una inferencia fundada en la repetición; ésta engendra la "costumbre", la cual produce la "creencia". La ciencia de las cosas naturales se basa, así, en una serie de creencias; la certidumbre es resultado de la repetición de la experiencia y, por consiguiente, el conocimiento de la Naturaleza —y, en general, de todos los hechos— es asunto de probabilidad. Ello no significa que Hume niegue la constancia de las leyes naturales. En rigor, Hume se opone a los "milagros". Pero la constancia mencionada no es asunto de necesidad lógica o racional, sino resultado de observación.

Sobre la sustancia, puede decirse algo similar a lo dicho sobre la existencia; la idea de sustancia no se deriva de ninguna impresión de sensación o de reflexión: es "una colección de ideas simples unidas por la imaginación". En otros términos, no hay ninguna realidad que se llame "sustancia". 'Sustancia' es sólo un nombre que se refiere a una colección o haz de cualidades. No hay, pues, las cualidades de una cosa más su sustancia. Ahora bien, todo eso puede aplicarse a la noción de "yo" y a la de "identidad personal". Cuando entro en lo que se llama "yo", proclama Hume, "topo siempre con alguna percepción particular u otra". Ello no significa que no pueda hablarse de "yo" y de "yo mismo"; sólo ocurre que no hay un yo sustancial, sino, una vez más, una serie de percepciones unidas asociativamente. Lo mismo puede decirse de la llamada "simplicidad". Puede verse, pues, que en cada caso la noción de asociación y las diversas formas de asociación son fundamentales para Hume con el fin de resolver los problemas planteados por su "crítica del conocimiento".
De su teoría del conocimiento se desprende que las principales ideas de la metafísica son puras ficciones de la mente, pero no se relacionan con nada que la ciencia pueda dar por existente: la idea de Dios no se desprende de ninguna impresión o conjunto de ellas, de modo que no es posible demostrar racionalmente su existencia (esta es una cuestión puramente de fe); a la idea de alma  o yo le ocurre lo mismo, no deriva de impresión alguna, es simplemente una ficción que la mente realiza para unificar en algo todos los procesos psicológicos; como así le ocurre a la idea de causalidad: el hecho de que dos acontecimientos se sucedan en el tiempo muchas veces no nos permite afirmar que siempre será así y, por tanto, que exista en la naturaleza la causalidad como una ley universal y necesaria.

Ética
 Hume considera que la percepción moral no es cosa del entendimiento, sino de "los gustos" o "sentimientos". Éstos no son gustos y sentimientos de unos supuestos principios absolutamente evidentes; los gustos y sentimientos lo son de cada cosa particular. Además, lo son en tanto constituyen juicios del individuo al aprobar o reprobar una acción, un sentimiento, etc. No se puede demostrar que algo es bueno o malo mediante argumento racional; por tanto, no se puede convencer a nadie de que algo es bueno o malo mediante tal tipo de argumento. La razón no es la maestra de las pasiones; si hay alguna relación entre ellas lo es en el sentido de que la razón es "esclava de las pasiones". Estas pasiones pueden ser directas (o derivadas inmediatamente de la experiencia, como el placer, el dolor, la aversión, el miedo, la esperanza, etc.) o indirectas (o derivadas de una relación doble de impresiones a ideas, como el amor y el odio). En todos los casos los juicios de aprobación o reprobación de las pasiones son juicios de hechos y, por tanto, no son "necesarios". Ahora bien, hay dos tipos fundamentales de experiencia —el placer y el "displacer" (disgusto)— que regulan la vida de las pasiones en el sentido de condicionar empíricamente la aprobación o reprobación. La teoría moral de Hume es una teoría hedonista o cuando menos se halla fuertemente influida por el hedonismo. Así, la conjunción de ciertas experiencias con el placer y la conjunción de otras experiencias con el "displacer" hace esperar una realidad similar a la que se observa en la relación causal antes tratada. La acción voluntaria y la conducta se siguen no de la obediencia a un principio o de un razonamiento, sino de la expectación de la aparición de un sentimiento de placer o de la desaparición o eliminación de un sentimiento de "displacer". Ello no significa, sin embargo, que la doctrina moral de Hume sea radicalmente "subjetiva". Junto a la experiencia "pasional" subjetiva hay la experiencia "pasional" intersubjetiva. En este punto Hume se muestra grandemente influido por las ideas de Hutcheson sobre la simpatía. Además, se halla influido por la idea de que hay una "naturaleza humana" que es igual en todos los hombres y que hace posible no sólo ciertas regularidades en la conducta moral, sino también la aceptación de la obligación, de la justicia y de otras "normas" morales y sociales. Aunque la justicia y, en general, todas las "obligaciones" son para Hume "artificiales", hallan un fundamento sólido en el "egoísmo" propio de cada individuo humano. Los hombres han descubierto y promovido "virtudes artificiales" con el fin de alcanzar una seguridad sin la cual les sería imposible convivir. La artificialidad de tales virtudes no es, sin embargo, equivalente a una mera convicción arbitraria: de alguna manera lo artificial se  halla fundado en lo "natural".

Teología
 La fuerte tendencia de Hume a la "observación de los hechos" se manifiesta asimismo en sus doctrinas acerca de la religión. Las "verdades religiosas" —tales como la sustancialidad e inmortalidad del alma, la existencia de Dios, etc.— no pueden demostrarse mediante la razón. Tampoco puede mostrarse racionalmente que no hay tales "verdades". Así, Hume rechaza tanto el espiritualismo como el materialismo racionalista. Pero el rechazo de toda prueba a priori no significa que Hume rechace toda prueba: hay pruebas a posteriori, como la derivada de la observación del orden del mundo, que son por lo menos convincentes, o persuasivas. Las "verdades religiosas" son también, como todas las otras "verdades", asunto de probabilidad y plausibilidad. De ahí que sea difícil concluir que Hume fue un teísta, un ateo o un agnóstico; su actitud es a menudo agnóstica y, por así decirlo, moderadamente teísta, pero en ningún caso dogmáticamente teísta o atea. El principal y constante enemigo de Hume es el dogmatismo; toda certidumbre en cualquier esfera —en la ciencia, en la moral o en la religión— es sólo "certidumbre moral". 

jueves, 13 de febrero de 2014

DESCARTES
Introducción
 En los siglos XVII y XVIII se asiste al nacimiento del mundo moderno, cuyas bases se habían ido estableciendo ya a lo largo del siglo XVI. El mundo moderno trae consigo una nueva ciencia, una nueva manera de hacer filosofía, y nuevas formas de organización política (constitución de Estados nacionales bajo gobiernos absolutistas o parlamentarios
 La revolución científica, puesta en marcha por Copérnico, Kepler y Galileo, culmina, a finales del siglo XVIl, principios del XVIII, con Newton. Con ello, la física aristotéIica y escolástica queda definitivamente arrumbada, y se completa la imagen mecánico-corpuscular de la naturaleza, cuyas leyes se escriben en lenguaje matemático.
 En lo que respecta a la filosofía se produce, de manos de Descartes, un giro subjetivista (es decir, idealista): el mundo, la realidad en sí, no se conoce directamente. El hombre sólo puede conocer directamente aquello que se encuentra en su propio entendimiento, en la conciencia, es decir, las ideas. La relación del entendimiento con el mundo se vuelve problemática.
En la filosofía moderna se produce un cambio a través del cual se llega a la consideración de que el ser de las cosas (de los entes) se da en el entendimiento, en la conciencia. Podemos considerar a Descartes el fundador de la filosofía moderna (y no a Cusa, ni a Galileo) porque es él el primero que se da cuenta de este cambio y el primero que le da una expresión filosófica.
 Sobre la verdad: toda la filosofía posterior a Tomás de Aquino entiende la verdad como adecuación del entendimiento a la cosa. Descartes también lo hace así, pero, para Descartes, la cosa también es algo del entendimiento. Es decir, hemos visto que a partir de Galileo (y ya, incluso, a partir de Nicolás de Cusa) el saber consiste en una reducción de lo físico a hipótesis matemáticas (elaboradas por el entendimiento). Luego, una vez reducida la cosa a hipótesis matemáticas se la ha reducido a entendimiento. La verdad será entonces una adecuación de algo del entendimiento a algo del entendimiento. Descartes llama a esta adecuación certeza. La verdad se dará cuando en los procedimientos mentales se dé una imposibilidad de dudar.
Teoría del conocimiento o gnoseología.
La metafísica (que es entendida ahora, en primer lugar, como teoría del conocimiento) tendrá por misión, para Descartes, explicar cómo podemos estar seguros de que algo es un conocimiento válido, es decir, una certeza (en otras palabras, cómo podemos tener la seguridad de que estamos ante un verdad).
Descartes encuentra que la certeza va acompañada siempre de dos notas características: la claridad y la distinción.
Una vez definido el saber como certeza podemos ver, fácilmente, por qué las matemáticas se convierten en el modelo de ciencia. Porque en sus procedimientos opera siempre con certezas. Por el contrario, las ciencias empíricas dependen de los sentidos, que sólo nos dan conocimientos confusos.
Tras un somero examen del modo de proceder de las matemáticas podemos descubrir que se atiene a los siguientes pasos: a partir de una serie de elementos simples (puntos, líneas, superficies, etc.), por deducción, desarrollamos demostrativamente todo el resto del saber (todo el campo de las matemáticas). Los elementos simples de que partíamos serán tomados como base porque se muestran como evidentes. Así, ante la noción de triángulo, el entendimiento "ve' como evidente que es una superficie cerrada por tres líneas. En tanto evidente es algo cierto, es decir, claro y distinto.
 El proceso que nos pone ante algo inmediato, perfectamente determinable, claro y distinto es la intuición. Intuición es la aprehensión inmediata de algo. Esta intuición puede ser sensible o intelectual. Puesto que, para Descartes, lo sensible es siempre confuso, se quedará únicamente con una intuición de tipo intelectual.
 Ahora bien, para llegar a esto simple, intuido, a veces es necesario un análisis previo que descomponga lo complejo en lo simple. Con todo esto Descartes desarrolla una formulación del método que consta de cuatro fases:
 1. Evidencia: consiste en no admitir nada como verdadero que no se conozca como evidente, esto es, sin posibilidad de duda. El acto por el que la mente llega a la evidencia se llama intuición.
 2. Análisis: consiste en dividir lo complejo en sus partes simples, al objeto de percibirlas clara y distintamente (es decir, en una intuición pura).
 3. Síntesis: consiste en una reconstrucción deductiva del saber a partir de los elementos simples conocidos por intuición.
4. Enumeración: dado que la deducción no se lleva a cabo de un golpe, se va colocando un paso, y el siguiente, confiando a la memoria el proceso.
  El método: la duda metódica
Una vez descritos los pasos del método que están implícitos en el desarrollo de las matemáticas, Descartes los va a aplicar a la metafísica para encontrar una primera evidencia que, a modo de axioma, sirva para fundamentar todo el sistema filosófico.
 En primer lugar tendremos que encontrar una evidencia. Pero dado que la metafísica no trata de una parcela determinada del saber, como las matemáticas, sino del saber en general, del fundamento de todo saber, habrá que buscar una evidencia que sirva no solamente para las matemáticas, sino para cualquier tipo de saber. Esto es, se necesita partir de un principio absoluto, de una evidencia absoluta. ¿Y qué es una certeza absoluta? Pues aquélla de la que no se pueda dudar bajo ninguna circunstancia. Para encontrarla Descartes va a seguir el siguiente proceso: dudará metódicamente de todo hasta encontrar algo de lo que sea imposible dudar, y que, por tal motivo, sea absolutamente cierto.
 Y esto es lo.que va a hacer Descartes a través de los pasos siguientes:
 Duda de los sentidos: ya hemos dicho que para los racionalistas los datos de los sentidos son confusos, ya que no son objeto de una intuición intelectual, y admás se sabe que nos engañan.
 Duda de la realidad: aunque los sentidos nos den datos falsos acerca de las cosas podemos seguir considerando, pese a todo, que éstas son reales, existen. Pero Descartes sostiene que también es fácil dudar de la realidad de las cosas; a fin de cuentas todos hemos tenido alguna vez sueños vividos tan intensamente que nos parecen algo real, y plantearnos si toda podemos nuestra vida no será un prolongado sueño de gran intensidad.
 Duda del entendimiento: ¿Y si, por alguna extraña razón, el entendimiento nos engañase siempre? Esto es difícil de admitir, pero ¿y si nuestro entendimiento, ese mismo entendimiento que hace de las matemáticas una ciencia tan segura, estuviese constituido de tal manera que nos engañase acerca de la validez extramental de sus conocimientos?
 Para ilustrar mejor esta duda Descartes la plantea de la siguiente manera: imaginemos, dice, un genio maligno muy poderoso, que me obliga a engañarme aun en los casos en que creo estar absolutamente cierto de algo.
  Descartes ha llevado la duda a sus extremos. Ha dudado de los datos que nos proporcionan los sentidos, de la realidad misma, y hasta del propio entendimiento. No queda lugar alguno en que ejercer la duda.
 La cuestión ahora es si hay la posibilidad de encontrar algo que, pese a todo, sea indudable; alguna certeza que resista todo el procedo de la duda. Pues bien, a lo largo de todo este proceso sí que hay algo que permanece indudable, a saber, que dudo. Puedo dudar de cualquier cosa, pero precisamente por ello me será imposible dudar de que dudo. Más aún, puedo, incluso, dudar de que dudo, pero con ello sigo dudando. La duda ha encontrado un límite. No se puede ir más allá. Que dudo es una evidencia absoluta.
Puesto que dudar es una forma de pensar, tenemos la certeza absoluta de que pensamos, y por lo tanto, de que, aunque sea como meros entes pensantes, existimos. Esto lo expresa Descartes con el enunciado: "Pienso, luego existo”(en latín "Cogito ergo sum”). La certeza absoluta de que existo como ser pensante se convierte, pues, en el fundamento absoluto del saber, el primer principio del conocimiento que andábamos buscando.
 Con esto hemos cumplido el primer paso del método que Descartes aplica ahora a la metafísica. Tenemos una primera evidencia, un primer principio del que partir. Pero si la metafísica se limitase a esto sería un saber realmente pobre. A partir de la certeza de mi existencia como ser pensante, como conciencia, Descartes demostrará, deductivamente, la existencia de otras cosas.
 El desarrollo deductivo del sistema: las tres sustancias
 Fundamentada la existencia del pensamiento (atributo de la conciencia, Yo, o alma), el problema que se le plantea es cómo salirse de él hacia el mundo, esto es, cómo se puede justificar demostrativa o intuitivamente la existencia de algo aparte del Yo.
 Descartes lo hará analizando el propio pensamiento para ver si hay algo en él, que me permita salir de él hacia el mundo. Como el pensamiento consiste en una actividad en la que manejamos ideas indagará qué tipos ideas hay en mi mente. Halla tres tipos:
 1. Adventicias: son aquéllas que parecen provenir de la experiencia externa. Y decimos parecen porque la existencia de tal exterioridad es lo que se trata de fundamentar. No nos sirven por tanto para seguir si no queremos caer en un círculo vicioso.
 2. Facticias (de factum = hecho): son ideas construidas en la mente a partir de las anteriores (ejemplo: la idea de "centauro”, que es una construcción a partir de las de "hombre' y "caballo"). Lógicamente tampoco nos sirven.
 3. Innatas: son ideas que, no formándose a partir de la experiencia, ni por composición a partir de las de la experiencia, no pueden ser más que innatas lo cual quiere decir que son ideas que posee la razón por sí misma, que desarrolla la razón por sí misma. Son ideas tales como las de  eternidad, infinitud.
Teología
Descartes va a intentar desarrollar el resto del sistema a partir de la idea innata de infinitud. Para ello va a sostener implícitamente, una serie de consideraciones provenientes de la teología medieval. Tales son: considerar que el mal sólo se puede definir como algo negativo, como la ausencia de algo (pues de lo contrario habría que concluir que Dios es el autor del mal y del pecado - Agustín de Hipona-). De donde se desprende que allí donde no hay falta de nada (en lo infinito) no puede haber mal y por lo tanto se da la perfección. Infinitud y perfección son, pues, términos idénticos; por lo que si tenemos la idea innata de infinitud, tendremos también la de perfección.
 Ahora bien, la idea de Dios es la idea de un ser infinito, o lo que es lo mismo, un ser perfecto. El problema es cómo demostrar que tal Dios (del que, de momento, sólo tenemos una idea en la mente), además existe. Para ello echa mano del llamado argumento ontológico de Anselmo de Canterbury (El argumento de Anselmo podría reformularse en las siguientes proposiciones: 1.Dios es, por definición, el mayor ser que puede imaginarse. 2. Hay más grandeza en la existencia tanto en la realidad como en el entendimiento, que en la existencia únicamente en el entendimiento de uno mismo. Ergo: 3.Dios debe existir en la realidad, pues si no existiera, no podría ser un ser mayor que nada mayor que pudiera imaginarse.)
  Además del argumento ontológico Descartes emplea aún otros dos argumentos (desarrollados por él y peor fundamentados) para demostrar la existencia de Dios que exponemos brevemente:
 1. Parte, de la idea de un ser perfecto que se halla en nuestra mente. Sobre esta idea aplica una serie de presupuestos de origen escolástico tales como: que todo lo que existe tiene que tener una causa eficiente de su existencia y que la causa de algo no puede ser inferior a lo causado. Puesto que yo que tengo tal idea no tengo en mí las perfecciones que encuentro en esta idea tiene que haber una realidad actual que sea causa de ella. Ésta es Dios.
 2. Parte, una vez más, de la idea de un ser perfecto. Pero yo que tengo esa idea no tengo en mí las perfecciones que encuentro en ella. Si yo fuese la causa de mí mismo me hubiera dado esas perfecciones que encuentro en la idea (porque la voluntad siempre es movida por el bien claramente conocido). Por lo tanto tiene que haber un ser que me ha producido, que tiene en sí esas perfecciones. Además de producirme, ese ser es el que me conserva.
 Estos tres argumentos, el ontológico de Anselmo y los dos desarrollados por el propio Descartes, nos demuestran la existencia de un ser perfecto (Dios). Ahora podemos dar un tercer paso para justificar la existencia del mundo;
 Si Dios existe es incompatible con la existencia del genio maligno anteriormente postulado; lo que en términos filosóficos quiere decir, que la existencia de Dios me garantiza la validez de las leyes del entendimiento para el mundo. Esto es, el entendimiento no puede engañarme. Cuando uso correctamente el entendimiento puedo estar seguro de aquello que conozco como cierto. Pero aquello acerca de lo cual tengo certeza (una vez descartado el genio maligno, es decir, la hipótesis de que el entendimiento pueda engañarme) es lo matemáticamente formulable: lo cuantificable, la pura extensión. Del mundo externo sólo puedo tener en consideración, pues, lo cuantificable; y lo cuantificable es únicamente la extensión. Las cualidades, al no ser cuantificables, quedan descartadas. Mundo y extensión son, para Descartes, lo mismo. Nos encontramos, entonces, con tres ámbitos de la realidad distintos, a los que Descartes llama sustancias: sustancia pensante (al alma o yo), sustancia infinita (Dios) y sustancia extensa (mundo).
 Antropología
Alma y cuerpo son dos sustancias separadas. Hasta tal punto es así que según Descartes la muerte no se produce porque se separe el alma del cuerpo, sino que, como cualquier máquina, el cuerpo deja de funcionar.
 El conocimiento sensible se produce cuando las cosas impresionan los órganos de los sentidos. Esta impresión debe entenderse como si los cuerpos emitieran determinados tipos de figuras (colores, olores, etc.), las cuales se grabarían en los sentidos externos produciendo en ellos ciertas modificaciones. Las modificaciones en los sentidos externos provocarían, a su vez, modificaciones en una parte del cuerpo llamada sentido común. El sentido común transmite, a su vez, las modificaciones de su estado a otra parte llamada imaginación. En la imaginación las figuras pueden quedar retenidas durante un tiempo, y en esto consiste la memoria.
Este proceso, que es un proceso puramente corporal, es común a hombres y animales, por lo que los cuerpos de los seres vivos no son sino máquinas. Lo que diferencia al hombre es la posesión de un alma, yo o conciencia, que no es cuerpo.
No obstante, Descartes supone que en el hombre se produce una interacción entre el alma y el cuerpo: el alma y el cuerpo se unirían en la glándula pineal (que está en la base del cerebro).
En todo caso veamos los efectos que puede tener esta interacción:
 EI pensamiento se da de dos modos: como entendimiento, o como voluntad.
 1. Cuando el entendimiento es pasivo, y es determinado por la imaginación y el sentido común entonces sentimos. Aquí residen, para Descartes, muchos de los males que aquejan al hombre. La imaginación es impulsada por deseos que no puede realizar, etc. Por eso el hombre debe intentar un conocimiento claro de todas sus ideas.
 2. Cuando el entendimiento es activo, y determina a la imaginación, imaginamos (por ejemplo cuando traza figuras y movimientos).
 La voluntad es libre y puede pronunciarse sobre cualquier cosa, por lo que tiene un campo de acción mayor que el entendimiento, es más, tiene un campo de acción infinito. Y es por esto que Descartes llega a decir que es por la voluntad por la que nos asemejamos a Dios.
 Descartes, pues, divide en dos la realidad: lo que no es materia es espíritu, y lo que es espíritu no es materia y no hay puentes entre ambos. Las cosas extensas no piensan, son sólo extensión y movimiento, es decir, realidades que funcionan por leyes mecánicas, empujándose unas a otras. Y las cosas pensantes no son extensas, no son cuerpos materiales: es evidente que una idea no ocupa lugar en el espacio. De modo que un animal, que no tiene espíritu, no es distinto de un reloj: es una máquina, sólo que más complicada, en la cual los átomos hacen las veces de las ruedecillas del reloj. Y lo mismo sucede con nuestro cuerpo, una mera máquina. ¿Cómo explicar entonces al ser humano, que tiene un cuerpo pero también un alma espiritual? Descartes se ve forzado a buscar una solución echando mano de sus estudios de biología: supone que  la glándula pineal (hoy la hipófisis) hace las veces de intermediaria entre el cuerpo y el espíritu. Como se ve, un dualismo mucho más extremo que el de Platón. Con esta distinción, Descartes trata de salvar la autonomía y espiritualidad del alma, independizándola de una materia que la ciencia del momento consideraba como regida por leyes puramente mecánicas. Pero al hacerlo paga un alto precio: la realidad, y el ser humano con ella,  queda partida en dos y el racionalismo de sus sucesores no logrará salvar esta brecha.

  La “ética” cartesiana
 No hay ningún tratado específico de ética escrito por Descartes. Pese a ello podemos hablar de una ética cartesiana a partir de: (1) En algunos de sus escritos Descartes habla de una moral provisional, que él adoptaría de cara a sus actuaciones mientras se mantiene en la duda. (2) por otro lado, el dualismo cartesiano entre alma y cuerpo le permite, sin contradicción por su parte, defender un determinismo absoluto en el mundo corporal, y la libertad del alma.
. La moral provisional: Descartes denomina "moral provisional" a una serie de reglas de conducta básicas que adopta en tanto mantiene su duda metódica. Estas reglas son: (1) Obedecer a las leyes y costumbres del país, conservando la religión tradicional y ateniéndose a las opiniones más moderadas. (2) Ser lo más firme y resuelto posible en el obrar, y seguir con constancia la opinión que se ha adoptado -aún la más dudosa-. (3) procurar vencerse más bien a sí mismo que a la fortuna y esforzarse más bien por cambiar los pensamientos propios que el orden del mundo.

Resumiendo:
 Descartes parte de la noción de verdad como certeza. Hay certeza cuando el entendimiento se halla ante unos contenidos claros y distintos.
 Hay una ciencia que cumple como ninguna otra con el criterio de verdad: las matemáticas. Tras observar esto, Descartes analiza la razón de este privilegio de las matemáticas, lo que le lleva a descubrir un método que estaría a la base de todas las ciencias: la mathesis universalis, la ciencia general del orden y la medida, de la que las matemáticas corrientes serían una parte. Este método consta de cuatro fases: (1) evidencia (dada en una intuición). (2) Análisis. (3) Síntesis deductiva. (4) Enumeración.
 Una vez descubierto este método lo aplica a la metafísica, en un intento de descubrir unos primeros principios absolutos del conocimiento. A través de un proceso que llama duda metódica alcanza este principio absoluto que buscaba, esa “evidencia" absoluta, y que formula mediante el juicio "Pienso, luego existo".

 La existencia de Dios (como ser perfecto) garantiza que el entendimiento no nos engaña cuando cumplimos con los requisitos precisos, es decir, cuando trabaja con ideas claras y distintas. Las ideas claras y distintas se dan, sobre todo, en el tratamiento de la cantidad. De ahí que podamos garantizar la validez de nuestras ideas para el mundo cuando a éste lo reducimos a extensión. Con esto obligamos a que la física, como ya había hecho Galileo, se exprese con lenguaje matemático (el apropiado para tratar la cantidad, la extensión). Descartes define la sustancia como lo que existe por sí y postula que hay tres sustancias: el Alma, Dios y el Mundo.