Introducción
Kant: la síntesis de la Ilustración.
Emmanuel Kant (1724-1804) llena todo el siglo XVIII,
tanto desde el punto de vista cronológico como ideológico. Su filosofía intenta
recoger en una síntesis genial los elementos sueltos que construyeron la Ilustración : el
racionalismo, el empirismo, la ciencia moderna, la teoría ética y política. Y ello
hasta el punto de que sucede con él algo parecido a lo que pasó con Sócrates:
su pensamiento divide en dos la historia de la Filosofía de su época,
en un período pre-kantiano y otro post-kantiano.
Y sin embargo, no fue en su tiempo un personaje
famoso sino más bien un oscuro profesor en una ciudad perdida de la Prusia oriental
(Koenigsberg, ahora parte de Rusia) de la que casi no salió en su vida,
dedicada en su totalidad a leer, escribir y dictar clases. Desde allí, Kant
revoluciona el pensamiento ilustrado, en una época en que las comunicaciones
eran extremadamente difíciles. Hombre metódico hasta la exageración, creyente
convencido, cordial y amable con los demás y exigente consigo mismo, soltero
empedernido. Se cuenta que las amas de casa de Koenigsberg ponían el reloj en
hora guiándose por la hora en que veían pasar a Kant para dar su paseo de la
tarde. Siguiendo un estricto régimen de vida logró vivir ochenta años en un
clima inhóspito y continuar escribiendo casi hasta el final de su vida.
Teoría del conocimiento
Kant comenzó
adhiriéndose a las tesis del racionalismo escolar de la mano de Wolff (un racionalista) hasta que la lectura de Hume le hizo darse
cuenta del dogmatismo de esta corriente. Los planteamientos
racionalistas resultan dogmáticos porque mantienen una confianza ciega en la razón, sin someter
antes a un análisis sus capacidades y límites.
Pero tampoco se limitará Kant a seguir a Hume. Es más,
el empirismo radical de Hume también había conducido a la razón a un callejón
sin salida.
Para evitar tanto
el dogmatismo racionalista como el escepticismo humeano Kant lleva a cabo un
análisis de la razón, de sus capacidades y sus límites y le llama “Crítica”,
por eso se llama a su filosofía criticismo.
Kant intenta
contestar a tres preguntas: ¿Qué puedo conocer?, ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe
esperar? Respondiendo a ellas contestaríamos a otra más general: ¿Qué es el
hombre?
A Kant le preocupaba un problema que sigue preocupando hoy a quienes se
aventuran por la historia de la
Filosofía :
¿por qué las ciencias progresan según pasa el tiempo y sin embargo la Filosofía vuelve a
empezar continuamente, sin llegar a ningún acuerdo en los problemas
fundamentales?
Para responder analizará los juicios en
los que la ciencia se ha expresado:
Según la relación del sujeto y el predicado:
·
Juicios
analíticos: son aquellos en los que el predicado está incluido en el sujeto.
Son siempre verdaderos porque se rigen por la ley de la no-contradicción. Ej. “Todo madre tiene hijos”, “Todo cuerpo es extenso”
·
Juicios
sintéticos: son aquellos en los que el predicado no está incluido en el sujeto.
Su contrario es posible. Ej, “La
pared es blanca”.
Según su relación con la experiencia:
·
Juicios a priori: son aquellos que se obtienen
al margen de la experiencia. Son siempre verdaderos, es decir, son universales
y necesarios.
·
Juicios a posteriori: son aquellos que se
obtienen después de la experiencia. No pueden ser universales y necesarios.
Si traducimos a Hume al lenguaje kantiano nos daría
lo siguiente:
Las
relaciones de ideas serían Juicios analíticos a
priori
Las
cuestiones de hecho serían Juicios sintéticos a
posteriori
Con ninguna de estas combinaciones de juicios es
posible la ciencia. La
ciencia se expresa con juicios sintéticos a
priori. Al tener elementos a priori
nos dan conocimiento universal y necesario y por ser sintéticos nos dan
conocimiento de la experiencia, ya que sintetizan (=enlazan) un concepto con un
objeto.
Adelantemos la respuesta de Kant, dejando para
después su explicación: eso sucede porque la ciencia trata de conocer aquello
que puede conocer, es decir, aquellos temas adecuados a la capacidad de nuestra
razón porque tenemos datos para pensar en ellos. La Filosofía , en cambio,
está empeñada en conocer problemas metafísicos, aquellos a los que no alcanzan nuestros
sentidos, como la existencia de Dios o la inmortalidad del alma. Y las modestas
fuerzas de nuestra mente no son capaces de enfrentarse a estas cuestiones.
Aunque quizás pueda encontrarse en la experiencia humana algún otro camino que
nos permita acercarnos a ellos. Pero vayamos por partes.
Para abreviar, llamamos razón teórica a ese uso de
nuestra razón que se dirige a conocer, a saber cómo son las cosas, cómo
funciona la naturaleza. Es la razón que empleamos cotidianamente cuando nos
preguntamos ¿qué es esto? y también la que el científico utiliza para
establecer las leyes naturales. A Kant le interesa realizar una crítica de la
razón que llama “pura”, es decir, averiguar hasta dónde llega y hasta dónde no
llega la capacidad de la razón por sí misma, antes de cualquier experiencia.
Para que este
uso teórico de la razón tenga éxito son necesarias dos cosas. Por una parte, los datos de los sentidos: los
colores, formas, sonidos, olores, es decir, los materiales que nos proporciona
la experiencia. Sin ellos, el conocimiento trabaja en el vacío. Pero con esto
no basta: si sólo contáramos con estos datos empíricos nuestra mente sería un
caos, un montón confuso y ciego de estímulos desordenados.
”No hay duda alguna de que todo nuestro conocimiento
comienza con la experiencia”, nos dice Kant en el primer párrafo de la
introducción de la “Crítica
de la razón pura“, y añade, en el segundo párrafo:
“pero, aunque todo nuestro conocimiento empiece con la experiencia, no por eso
procede todo él de la experiencia”. A diferencia de lo que habían afirmado
los racionalistas y
los empiristas,
para quienes había sólo una fuente del conocimiento, la razón para unos, y la
experiencia para los otros, para Kant habrá dos fuentes del conocimiento: una, la sensibilidad, que suministrará la
materia del conocimiento procedente de la experiencia, y
otra, el entendimiento, que suministrará la forma
del conocimiento, y que será independiente de la experiencia.
La experiencia
no basta: es necesario un elemento a priori, puro, es decir,
independiente de la experiencia, que ordene, clasifique y otorgue sentido a ese
aluvión de sensaciones. Estos elementos los ponemos nosotros, los aporta el
mismo sujeto. Veamos algunos.
Los primeros y más elementales son el espacio y el tiempo. A pesar de lo que pueda parecer a primera vista, el
espacio y el tiempo no nos los dan los sentidos, los ponemos nosotros. Son esquemas mentales que nos
sirven para ordenar los datos de la experiencia. Por ejemplo: supongamos
que alguien nos informa que ha explotado una bomba. Lo primero que
preguntaríamos sería ¿dónde? y ¿cuándo?, es decir, trataríamos de situar los
datos empíricos (la visión de la explosión, el ruido, el olor) en nuestras
coordenadas de espacio y tiempo. La explosión misma, las sensaciones que
produce en nuestros órganos sensoriales, no nos informan de ello; necesitamos
esquemas a priori, como el espacio y el tiempo.
Pero el espacio
y el tiempo no son las únicas condiciones a priori que utilizamos en
nuestro conocimiento, aunque sean las primeras que ordenan las percepciones de
nuestros sentidos. Para organizar la información a posteriori que nos da
la experiencia empírica utilizamos también las categorías, que funcionan de
manera similar: son condiciones que nuestros esquemas mentales imponen a los
datos que recibimos de los sentidos, gracias a las cuales nuestra inteligencia
es capaz de formular juicios, es decir, afirmaciones (o negaciones) acerca de
la realidad. Así como el espacio y el tiempo eran condiciones que nosotros
imponíamos a los objetos para que pudieran ser percibidos por los sentidos, las
categorías son condiciones para que podamos pensarlos. Kant sostiene que estas categorías
son exactamente doce. Para llegar a estas doce categorías hace lo que él llama
“la deducción trascendental de las categorías” desde lo doce tipos de juicios
formulables (se basa para ello en la lógica aristotélica). Estos son los juicios de los que parte y la
categoría correspondiente que permite formularlo:
[NO ES NECESARIO APRENDERSE TODO EL CUADRO, SI SERÍA CONVENIENTE SABERSE POR
EJEMPLO LOS DE CANTIDAD Y RECOGER EL EJEMPLO QUE VIENE A CONTINUACIÓN]
DEDUCCIÓN TRASCENDENTAL DE LAS CATEGORÍAS DESDE LOS JUICIOS POSIBLES
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Un ejemplo de
juicio hipotético: “Si acerco fuego a mi dedo, se produce una quemadura” la
categoría que es condición (=trascendental) para poder formular ese juicio es
la de causalidad (el fuego es
“causa” de que se produzca una quemadura).
¿Cómo podemos afirmar que el fuego causa la
quemadura?
Gracias a la forma del tiempo percibimos que dos datos son
sucesivos: uno viene después que otro. Pero esto no basta para hablar de
causalidad, que no es un mero hábito, como pensaba Hume. Para que podamos hablar de causa
es necesario que esa sucesión esté sometida a una regla, que esa
sucesión sea necesaria, de modo que el segundo término dependa del primero (la
quemadura de la llama). Y
esta regla la pone el entendimiento humano, no la recibimos de la realidad
exterior. Lo mismo sucede con las otras categorías, como la de unidad que es precisa para
poder formular juicios universales, etc., totalidad, posibilidad, necesidad y así hasta
doce.
Las categorías
se usan de un modo adecuado cuando las aplicamos a los objetos que se dan a la
experiencia pero no cuando con ellas intentamos pensar objetos que estén más
allá de la experiencia, para pensar objetos trascendentes; así por ejemplo, el concepto de unidad tiene
un valor objetivo si lo usamos para pensar el objeto que tengo delante
como una mesa, pero no para pensar en Dios como siendo una
realidad; o la categoría de causa–efecto tiene valor objetivo cuando la aplico
a la relación existente entre fenómenos (como el fenómeno de calentar el agua a
100 grados y el fenómeno de hervir el agua), pero no es válida cuando la
utilizo para pensar en un ser trascendente como Dios y decir de él que es
causa del mundo.
Cuando las uso
para hablar de seres trascendentes (más allá de la experiencia) como Alma,
Mundo y Dios hago un uso ilegítimo de las categorías y dan lugar a:
· Paralogismos: Error se produce al aplicar las
categorías del entendimiento al
“Yo pienso” o Alma con la que la
Razón agrupa toda experiencia interna. El Yo es siempre
sujeto, irreductible a objeto.
· Antinomias: Afirmaciones contradictorias
entre sí que la razón lleva a cabo con respecto al Mundo con la que la Razón agrupa toda experiencia externa (ya que
como totalidad el Mundo está más allá de la experiencia)
Ej· 1ª Antinomia: El mundo es finito — el mundo
es infinito.
· 2ª Antinomia:
Toda sustancia compuesta consta de partes simples — no existe nada simple.
· 3ª Antinomia:
En el mundo existe la libertad — en el mundo no existe la libertad, impera sólo
la causalidad.
· 4ª Antinomia:
Existe una causa primera del mundo (Dios) — no existe una causa primera del
mundo.
· El ideal de la Razón Pura : La idea de Dios es surge del intento de agrupar a toda la experiencia posible.
Si rechaza usar las categorías más allá de la experiencia, y Dios lo está, rechaza la validez de las
“pruebas” de la existencia de Dios, que reduce a:
· Prueba
ontológica: Partiendo de la noción de Dios se concluye que existe.
· Prueba
cosmológica: Partiendo de la experiencia de que existen cosas en general,
concluye que Dios existe.
· Prueba
físico-teológica: Partiendo de que hay un orden inteligible en el mundo
concluye en la necesidad de una inteligencia ordenadora.
El uso teórico de la razón es el uso científico, Kant lo
estudia en la “Crítica de Razón Pura”. La razón opera a tres niveles:
- La sensibilidad pone el espacio y el tiempo son intuiciones puras o formas a priori de la
sensibilidad que sirven para organizar impresiones o materia de la experiencia.
Los juicios de la geometría y la aritmética son sintéticos a priori. Son a priori, porque espacio y tiempo no se
obtienen de la experiencia. Son sintéticos porque espacio y tiempo constituyen
la experiencia (la hacen posible).
- El entendimiento pone las doce categorías para organizar
objetos bajo concepto formando los juicios de física que son sintéticos a priori. Son a priori, porque las categorías no se obtienen
de la experiencia. Son sintéticos porque las categorías constituyen la
experiencia (la hacen posible).
-La razón enlaza unos juicios con otros
a la búsqueda de un
fundamento último, se salta la experiencia y genera las ideas de: Mundo (síntesis de toda experiencia
externa), Alma (síntesis de toda experiencia interna) y Dios (síntesis de toda
experiencia posible). Al estudiar estas ideas: Alma, Mundo y Dios se hace un uso ilegítimo de las
categorías más allá de la experiencia, y así surgen: antinomias (razonamientos
sobre la idea de Mundo), paralogismos
(razonamientos sobre la idea de Alma) y los intentos incorrectos de
demostrar que Dios existe. Por lo
que la metafísica no puede ser una ciencia
Esta es la razón por la cual la ciencia progresa y la
filosofía no. Porque los científicos aplican las formas de espacio y tiempo a
los datos que reciben de los sentidos (de
aquí surge la matemática) y los ordenan en construcciones teóricas según sus
propias categorías (de aquí surgen las ciencias naturales). Y de esta
manera la ciencia puede formular leyes universales (que valen para todos
los casos) y necesarias (que son así y no pueden ser de otra manera).
La ciencia, e incluso el
conocimiento vulgar que ejercitamos
todos los días, funciona
correctamente porque se ocupa de lo que Kant llama fenómenos, es decir,
de las cosas tal como aparecen, de los datos que recibimos de los
sentidos interpretados según el modo de funcionar de nuestro conocimiento. Y no pretende, por lo tanto,
saber cómo son las cosas mismas, independientemente de nosotros, aquello de lo que no tenemos
experiencia, lo que Kant llama noúmenos.
Pero hay quienes se empeñan en conocer realidades
de las cuales los sentidos no nos dicen nada, como la existencia de Dios o la inmortalidad del alma.
Son los filósofos, los metafísicos, que quieren construir una ciencia que no se
conforme con los modestos fenómenos sino que se asome al mundo de los noúmenos,
de la realidad “en sí”. Se entusiasman con los éxitos del conocimiento humano y
quieren encontrar afirmaciones cada vez más generales, explicaciones que
abarquen cada vez más, como la explicación del universo mismo, aunque tengan
que ir más allá de la experiencia. Pero el límite lo fija la experiencia, los
modestos datos de los sentidos: más allá de ella la ciencia no puede pasar.
Para demostrar esto, Kant, quizás con cierto
sentido del humor, se dedica a probar que el universo tiene un comienzo en
el tiempo y es limitado en el espacio para demostrar en seguida todo lo
contrario. Es evidente que si se pueden demostrar dos afirmaciones
contradictorias sobre un tema del cual carecemos de datos, eso significa que sobre estos temas no se puede
demostrar nada. La Metafísica no es una ciencia ni puede serlo.
KANT, CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA
KANT, CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA
CUESTIONES
|
PARTE DE LA CRÍTICA A LA RAZÓN PURA
|
FACULTAD
|
ACTO
|
FIN
|
ELEMENTOS APRIORÍTICOS
| |
¿Cómo son posibles los juicios sintéticos
a priori en la Matemática
(Aritmética y Geometría)? |
E
S
T
É
T
I
C
A
T.
|
ESTÉTICA TRASCENDENTAL
|
SENSIBILIDAD
Hace posible la intuición sensible o sensación.
|
SENTIR
Intuición sensible
|
SENSACIÓN
Fenómeno sensible,.
|
ESPACIO
(Justifica la Geometría)
TIEMPO
(Justifica la Aritmética)
|
¿Cómo son posibles los juicios sintéticos a priori en la Física?
|
L
Ó
G
I
C
A
T
R
A
S
C
E
N
D
E
N
T
A
L
|
ANALÍTICA TRASCENDENTAL
|
ENTENDIMENTO
Hace posible el juzgar (decir algo sobre algo), mediante conceptos
|
JUZGAR
|
REPRESENTACIÓN CONCEPTUAL
(de un objeto dado en la intuición empírica)
|
CATEGORÍAS
(Kant las deduce a partir de la tabla de los juicios posibles de Aristóteles)
|
¿Son posibles los juicios sintéticos a priori en la Metafísica?
|
DIALÉCTICA TRASCENDENTAL
|
RAZÓN
Hace posible las inferencias mediatas o dialécticas (razonamiento).
|
RAZONAR O INFERIR
(Inferencias mediatas e inmediatas)
|
LAS IDEAS TRASCENDENTALES
O CONCEPTOS DE LA RAZÓN
(Alma o yo, Mundo y Dios)
|
CATEGORÍAS
(Pero haciendo un uso indebido de ellas aplicándolas más allá de lo sensible)
| |
Ética
Pero nosotros no usamos la razón solamente para saber cómo son las cosas ni para hacer ciencia. También la utilizamos para saber qué tenemos que hacer, para dirigir nuestra conducta. Cuando, ante una decisión difícil, nos preguntamos ¿qué debo hacer?, nuestra razón tiene mucho que ver en la búsqueda de la respuesta: buscamos razones a favor o en contra, las comparamos, justificamos con ellas nuestra decisión o nos sentimos culpables por haber actuado por razones equivocadas.Este es el llamado uso práctico de la razón, o razón práctica.azón práctica en las decisiones morales no puede basarse en los datos de los sentidos, en la experiencia. Por una razón muy clara: cuando la razón pregunta ¿qué debo hacer? no se está refiriendo a lo que existe sino a lo que debe existir, no pregunta por lo que es sino por lo que debe ser. Y es evidente que lo que debe ser (y por lo tanto todavía no es) no podemos verlo, oírlo o tocarlo. En este sentido la razón práctica es siempre pura, en el sentido que le daba Kant: sin contenido empírico. El deber ser no puede justificarse en la observación de la naturaleza: aunque veamos que alguien asesina a otro (dato empírico) la razón sigue afirmando que no se debe matar: veremos en qué se basa pero lo que está claro es que no se basa en la observación de los hechos. Tal vez si examinamos este uso de la razón podamos aproximarnos a esos noúmenos que la ciencia no podía conocer precisamente por su falta de datos empíricos.
Pero nosotros no usamos la razón solamente para saber cómo son las cosas ni para hacer ciencia. También la utilizamos para saber qué tenemos que hacer, para dirigir nuestra conducta. Cuando, ante una decisión difícil, nos preguntamos ¿qué debo hacer?, nuestra razón tiene mucho que ver en la búsqueda de la respuesta: buscamos razones a favor o en contra, las comparamos, justificamos con ellas nuestra decisión o nos sentimos culpables por haber actuado por razones equivocadas.Este es el llamado uso práctico de la razón, o razón práctica.azón práctica en las decisiones morales no puede basarse en los datos de los sentidos, en la experiencia. Por una razón muy clara: cuando la razón pregunta ¿qué debo hacer? no se está refiriendo a lo que existe sino a lo que debe existir, no pregunta por lo que es sino por lo que debe ser. Y es evidente que lo que debe ser (y por lo tanto todavía no es) no podemos verlo, oírlo o tocarlo. En este sentido la razón práctica es siempre pura, en el sentido que le daba Kant: sin contenido empírico. El deber ser no puede justificarse en la observación de la naturaleza: aunque veamos que alguien asesina a otro (dato empírico) la razón sigue afirmando que no se debe matar: veremos en qué se basa pero lo que está claro es que no se basa en la observación de los hechos. Tal vez si examinamos este uso de la razón podamos aproximarnos a esos noúmenos que la ciencia no podía conocer precisamente por su falta de datos empíricos.
Mientras que
la razón teórica formula afirmaciones o juicios (“el calor dilata los
cuerpos”), la razón práctica formula mandamientos o imperativos (“no se debe matar”). Pero existen dos tipos de imperativos: el primero, que
Kant llama hipotético, es aquel en el cual la obligación se basa en
motivos de tipo empírico, o, dicho de otra forma, en un premio que se pretende
conseguir o un castigo que se pretende evitar. Por ejemplo: “si quieres conservar bien la
dentadura, lávate los dientes”, “si no quieres que te suspendan, estudia
filosofía”. Es evidente
entonces que si no nos importan las consecuencias, el imperativo deja de ser
obligatorio. Este tipo de imperativo no es el que nos interesa,
precisamente porque se basa en motivos que implican datos de los sentidos, con
lo cual volveríamos a encontrar los mismos límites que encontrábamos en el
conocimiento científico. Y hay que advertir que Kant considera empíricos
también los sentimientos, como el placer, el dolor y los afectos en general, de
modo que si obramos porque la acción nos produce placer o por pura compasión
también estaríamos ante un imperativo hipotético.
¿Es que acaso hay otro tipo de imperativos que no
sean estos? ¿Actuamos alguna vez sin
buscar un premio, aunque sea afectivo, o sin la amenaza de un castigo? Kant
no lo duda: existen imperativos
categóricos, es decir aquellos en los cuales la obligación se basa únicamente
en el deber: haz esto porque debes. Y punto. Por lo tanto no
dependen de ninguna condición, de ningún premio ni castigo, ni siquiera
afectivo, ni siquiera, para los creyentes, de la esperanza de la salvación
eterna ni del temor al infierno. Por ejemplo: supongamos que tengo un amigo
rico que está casado con la mujer que yo quiero. Estamos solos al borde de un
precipicio, no hay nadie en varios kilómetros a la redonda. Me bastaría un
suave empujón en su espalda para quedarme con su dinero y su mujer, sin ningún
riesgo de castigo. ¿Por qué no lo hago? Desde el punto vista hipotético y
empírico todo son ventajas; sin embargo, está claro que no debo hacerlo.
Pero también es cierto que podrían existir otras razones ocultas, como el miedo
a los remordimientos o el temor a la vida futura, lo cual nos volvería a llevar
al terreno empírico de los premios y los castigos.
El deber moral
no se puede demostrar con teorías: es un hecho, y como todo hecho se impone sin
necesidad de pruebas. Si alguien le discutiera a Kant la existencia del
deber moral, argumentando que siempre obramos por nuestras conveniencias
empíricas, Kant le contestaría que no puede seguir la discusión. Se trataría de
un caso similar al de una persona que escuchara una sinfonía de Mozart y opinara
que desde el punto de vista estético no se diferencia del ruido de una moto: es
imposible demostrarle lo contrario. Todo lo que sigue parte del hecho de que
existe el deber moral, aun cuando siempre podamos discutir acerca de su
contenido concreto, su fundamento, su origen. Y aun cuando no podamos
demostrarlo, hay que reconocer que la experiencia cotidiana de cualquier
persona normal es capaz de distinguir cuándo está obrando por interés propio y
cuando se enfrenta a una obligación moral, aun cuando existan situaciones
confusas.
¿En qué consiste ese imperativo categórico? Sabemos,
por ejemplo, en qué consisten los mandamientos judeo-cristianos: amar a Dios,
no matar, honrar padre y madre, etc. El imperativo categórico no se ocupa de estos contenidos;
no indica qué debemos o no debemos hacer sino cómo debemos
hacerlo. Por eso es un imperativo formal: se refiere a la forma,
a la manera en que actuamos, y no pretende proponer una lista de acciones
buenas o malas. Porque una misma acción puede ser moral o no serlo según su forma:
podemos, por ejemplo, ayudar a un amigo por deber o esperando una recompensa
por su parte. Y por eso
también el imperativo es autónomo: para que la acción tenga valor moral
debe provenir de mi propia voluntad, de tal modo que la mera obediencia a una
norma que viene de fuera no basta para que la consideremos valiosa moralmente.
Kant propone
varias fórmulas del imperativo categórico. Dice una de ellas: “Obra
de manera que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de los
demás, siempre como un fin y no sólo como un medio”. Un fin vale por sí
mismo, un medio vale en la medida en que nos conduce al fin. Siempre que
utilizo a una persona para conseguir mis fines la estoy tratando como medio, lo cual no significa que esté actuando mal: sólo
indica que a mi acción no la guían motivos morales sino la utilidad. Cuando un
peluquero me corta el pelo ambos nos tratamos como medios: yo para mejorar mi
aspecto, él para ganarse la vida, de modo que sería absurdo creer que acudir a
la peluquería me convierte en una buena persona. Pero imaginemos que en plena
tarea el peluquero tiene un infarto y yo olvido mi prisa y me dedico a
auxiliarle: en ese momento ha dejado de ser un medio y lo estoy tratando como
fin, es decir, como un valor en sí mismo, ya que como peluquero ha dejado de
serme útil. Sólo allí comienza la moralidad de la acción.
Obsérvese que Kant no censura que nos tratemos
como medios: todas las relaciones sociales están organizadas así, desde los
peluqueros a los profesores, pasando por los médicos y los fontaneros. Dice
que la moral empieza
cuando, además de tratarnos como medios, nos tratamos como fines, es decir,
como personas cuyo valor no está determinado por su utilidad sino por el mero
hecho de existir como seres humanos. La humanidad es, por lo tanto,
el único fin que vale por sí mismo y por lo tanto el único contenido de
la moral kantiana. Y hay que advertir que esta humanidad no es sólo la de los
demás sino también la nuestra: según Kant, tampoco debemos tratarnos a nosotros
mismos como si fuéramos sólo medios, lo cual implica que tenemos el deber de
respetarnos y a exigir para nosotros el mismo respeto con que debemos tratar a
los demás.
Otra formulación del
imperativo categórico: «Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de
tu acción se convierta en una ley universal». Esta es la norma fundamental de
la razón práctica, y por lo tanto es una norma universal, como todo lo que
procede de la razón. Cuando
voy a tomar una decisión moral, dice Kant, debo preguntarme si lo que voy a
hacer puede convertirse en una norma universal, que valga para todos los
hombres. Si es así, puedo estar seguro de que me estoy guiando por un criterio
racional y no por mis intereses particulares y egoístas. Interpretando
esta afirmación desde el momento actual, la universalidad del imperativo se
opone a toda forma de discriminación como el racismo, la xenofobia o el
machismo, que seleccionan a los seres humanos según cualidades empíricas.
Antropología y Teología (Libertad, Dios e inmortalidad del alma).
Habíamos anunciado que por este camino de la moral, que no depende de los datos
empíricos, quizás podríamos asomarnos a ese mundo de las cosas en sí al que no
llegaba el conocimiento y la ciencia. Kant lo hace, pero advierte que lo que
establecerá en adelante no serán demostraciones sino algo más modesto:
serán postulados. Un
postulado es algo que la razón humana exige pero no es capaz de demostrar,
es una condición que da sentido a la experiencia moral pero que no se puede
probar teóricamente.
Por ejemplo,
la libertad. No podemos probar científicamente que somos libres, pero podemos
postular la existencia de la libertad, ya que sin ella la existencia de la
moral sería imposible. Y
recordemos que la moral es un hecho. La acción humana no tendría valor moral si estuviéramos determinados
a hacer una cosa u otra sin que pudiéramos decidirlo. Pero, puesto que tiene
ese valor, somos libres.
Kant era un ilustrado y como hemos dicho antes, en
todo ilustrado late una confianza en la razón que se parece mucho a la fe de
otros tiempos. Él
constata que la razón exige que la virtud moral y la felicidad vayan juntas. El
hombre racional reclama que el bueno sea feliz, y se rebela contra las
desgracias que sufren los justos y los premios que reciben los canallas. Sin
embargo, vemos todos los días que felicidad y virtud no siempre son compañeras
de viaje, y que muchas veces el sufrimiento es el resultado de la virtud. Por
lo tanto, la razón tiene derecho a postular una vida futura en la cual la felicidad,
que es empírica, y la bondad, que es moral, se reconcilien para siempre. Es
decir, a postular la inmortalidad del alma.
Y ello supone
la existencia de un Dios que
asegure esa reconciliación entre el mundo empírico de las cosas naturales y el
mundo moral de la libertad. Dios constituye la aspiración última de una razón
que apuesta porque el mundo está bien hecho y tiene un sentido. Aun quienes no seguimos a Kant hasta tan lejos
estaríamos encantados de que tuviera razón y la racionalidad triunfara en la
historia. Aunque lo que hemos visto hasta ahora no avala tanto optimismo.
Política (Sociedad, historia, derecho, religión).
Es imposible resumir todas las consecuencias que saca
Kant de esta
visión del hombre y de la ética. Su pensamiento incursiona en la filosofía de
la historia, de la sociedad y del derecho, así como de la religión y de la
experiencia estética, temas que no podemos desarrollar aquí. Comprende que no es el
individuo quien está llamado a realizar los fines de la humanidad sino la
especie humana, aunque para hacerlo siga caminos aparentemente
desviados. Y que esa
realización la debe hacer en sociedad, superando la contradicción que él
caracteriza como “la insociable sociabilidad del hombre”: el derecho, el
imperio de ley, debe guiar esta tarea dentro del Estado, aspirando a una
sociedad universal de naciones que asegure una paz perpetua entre los hombres
bajo el imperio de le ley. Todo ello tiende a realizar en la tierra lo
que él llama “el reino de los fines en sí”, es decir, una comunidad de seres
racionales que organicen
la sociedad según el imperativo moral. A Kant no se le oculta el
carácter utópico de este sueño, pero no renuncia al derecho que tenemos de
aspirar a él.
Como dijimos al principio, la filosofía de Kant constituye la síntesis más
acabada de los diversos caminos que siguió la Ilustración, con sus
aciertos y sus errores, sus logros y sus límites. El pensamiento posterior, aun el más anti-kantiano
como el de Nietzsche, tiene necesariamente que contar con él.
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