miércoles, 16 de diciembre de 2015

ENTRE ARISTÓTELES Y AGUSTÍN DE HIPONA 
El fin de la polis.
Las grandes civilizaciones nacen, crecen, tienen una época de esplendor y luego entran en una decadencia más o menos profunda. Eso le pasó a Egipto, a Persia, a China y lo mismo sucederá con la polis griega desde fines del siglo IV a. C. Una de sus causas hay que buscarla en la expansión de la cultura helénica que intentó Alejandro Magno, un discípulo de Aristóteles. Alejandro quiso edificar un gran imperio: conquista Persia, Egipto, recorre victorioso toda el Asia Menor, intenta incluso conquistar la India y se proclama Emperador de Persia y Grecia, tratando de unificar políticamente Oriente y Occidente. Pero su temprana muerte a los 33 años termina con el sueño del gran Imperio, que se destroza en mil luchas intestinas y prepara el camino a la próxima dominación romana, que está a punto de llegar.
Se podría decir que este final de la antigua cultura griega se parece a una explosión. Cuando un objeto explota, en primer lugar se destruye, pero también expande sus fragmentos en un amplio radio. La polis griega deja de existir como ciudad Estado independiente, pero la aventura de Alejandro exporta la cultura helénica por buena parte del oriente próximo, mezclándose a su vez con otras culturas e iniciando la época que se conocerá como helenismo, que llegará hasta bien entrado el Imperio Romano.
Pero mientras tanto el antiguo habitante de la polis siente que su mundo se derrumba. En el siglo III a.C. el griego libre entra en una profunda crisis: recordemos que para él la ciudad no era solamente un lugar para vivir sino una forma de vida que incluía los valores que daban sentido a su existencia. Y estos valores comienzan a derrumbarse y lo harán definitivamente en el siglo II a.C., cuando las orgullosas ciudades griegas pasen a ser colonias del Imperio Romano.
Pero ni aun en las situaciones críticas los griegos abandonan la Filosofía. Solo que la Filosofía de estos tiempos cambia de estilo: ya no interesan tanto los grandes problemas teóricos que preocuparon a los grandes maestros acerca de las ideas, las formas y las causas, por ejemplo. Ahora se trata de encontrar en la reflexión filosófica  una respuesta a la situación límite que implica la decadencia de la polis, a la falta de sentido de la existencia. Se trata de buscar en la Filosofía la manera de evitar el dolor y conseguir la felicidad, es decir, de encontrar en ella una norma de vida. La Ética, que trata de responder a la eterna pregunta “¿qué debo hacer?” se convierte en el eje de la reflexión filosófica, y el pensamiento se orienta a buscar una salvación personal en medio de un mundo que se derrumba.

El epicureísmo.
Como corresponde a estos tiempos menos proclives a los grandes ideales platónicos, Epicuro (341-270 a.C.) va a reivindicar el valor del cuerpo y de lo material, estableciendo sus dos principios fundamentales: la felicidad consiste en conseguir el placer y evitar el dolor. Pero no hay que apresurarse a sacar conclusiones libertinas de este principio, como sucedió más adelante con algunos supuestos seguidores de Epicuro.
En primer lugar, hay que eliminar los deseos que no sean necesarios para la vida, ya que los deseos insatisfechos son una de las fuentes del dolor. Sufrimos porque no conseguimos lo que queremos, pero pocas veces nos preguntamos si eso que queremos servirá para aumentar nuestra felicidad o para provocarnos más dolor. Y en segundo lugar hay que eliminar los temores: el bien y el mal (el placer y el dolor) están en las sensaciones, y los temores no son sensaciones sino anticipaciones de nuestra mente. En particular, se trata de eliminar el temor a la muerte, ya que la muerte no existe como sensación ni para los vivos ni para los muertos: cuando vivimos la muerte no existe, y cuando existe, no existimos nosotros. Si tememos a la muerte es por el deseo irracional de inmortalidad: eliminado este, la muerte deja de preocuparnos.
Así dispuestos, sin deseos vanos ni temores, estaremos preparados para gozar de los placeres, comenzando por los más sencillos y por tanto más fáciles de conseguir. El pan y el agua provocan un gran placer si hemos eliminado el deseo de manjares exquisitos. Y así en todo lo demás. La amistad, en particular, es capaz de provocarnos los placeres más elevados evitando que caigamos en un egoísmo cerrado, pero debemos evitar la vida política, fuente de insatisfacciones y turbación. Se trata, en definitiva, de lograr la ataraxia o serenidad del ánimo, que nos permite disponernos a aprovechar cuanto la vida nos ofrece.
La física y la teoría del conocimiento de los epicúreos están construidas a la medida de su ética. El atomismo de Demócrito se adapta muy bien a este materialismo ético que rechaza cualquier intervención del destino en la vida humana, reemplazándolo por el movimiento aleatorio de los átomos. Y nuestro conocimiento no es más que una suma de sensaciones físicas producidas por los átomos que llegan a nuestros ojos. En definitiva, es el cuerpo humano el criterio de verdad y de error, de bien y de mal, lejos ya de aquellas incursiones en mundos ideales propios de la filosofía clásica.

El estoicismo.
La filosofía estoica intenta responder al mismo problema que el epicureísmo, con el cual tiene más de un punto de contacto: cómo conseguir la felicidad en un mundo que se derrumba. Y su respuesta tuvo una enorme proyección histórica. Desde su creador, Zenón de Citio (336-264 a.C.) el estoicismo tuvo seguidores en Grecia durante dos siglos más y penetró en la filosofía del Imperio Romano, con autores tan importantes como Séneca, Epicteto y Marco Aurelio, influyendo también en el cristianismo naciente. Aunque tuvo diversos enfoques en todo ese tiempo, siempre conservó un principio fundamental: la felicidad se consigue viviendo conforme a la naturaleza, y esa naturaleza es el universo entero, que está regido por el logos o razón universal.
Se trata de integrarnos en la armonía del universo, cosa que solo la sabiduría puede lograr. La virtud estoica consistirá, por consiguiente, en adecuar nuestra razón a la razón del universo, que está penetrado por semillas racionales que dirigen todo lo que sucede. Se trata de lo que podemos llamar una especie de panteísmo: no es que exista un dios que dirige el universo, sino que el mismo universo es dios. Todo lo que sucede necesariamente debe suceder y el sabio debe aceptar esa necesidad con serenidad y sin turbación de su alma: es la apatía estoica. Una frase de Séneca resume esta actitud del sabio: “el destino conduce al que quiere y arrastra al que no quiere”. El destino siempre va a cumplirse: la diferencia para el hombre consiste en resistirse a él, lo cual nos provoca más sufrimiento, o aceptarlo de buena gana, lo cual nos trae felicidad.
Lo cual no significa mera resignación o pasividad. El sabio estoico se integra en el mundo, inclusive en la actividad política (Séneca fue preceptor del emperador Nerón), pero sabiendo que su razón individual está en función de una racionalidad que impregna el universo entero y con la cual debe armonizar su vida. Nada de lo que le suceda será fruto del azar y por lo tanto no existe el mal propiamente dicho: lo que nosotros consideramos negativo no es más que el resultado de nuestra ignorancia, puesto que no podemos comprender cómo se integra ese fragmento de nuestra vida en la razón del universo.
Además de la ética, los estoicos hicieron importantes aportaciones en lógica y teoría del conocimiento, que sentaron las bases de los estudios futuros de gramática.
Pese a sus diferencias, no puede negarse que tanto el epicureísmo como el estoicismo constituyen geniales construcciones intelectuales para evitar el sufrimiento de una época convulsa. Tanto si lo que sucede es fruto del azar como si depende una razón universal, la aceptación por parte del hombre de esas leyes naturales le evitan una buena parte de las razones de su infelicidad: su insistencia en dar coces contra el agujón, en oponerse a las leyes inevitables de la naturaleza en la que vive.

Y otros...
Hubo muchos otros filósofos en Grecia, además de los grandes sistemas de que hemos hablado. Habría que citar, por ejemplo, a los cínicos, como Antístenes (450-336 a.C.), Diógenes (413-323 a.C.) y muchos otros que inspirados en el ejemplo de Sócrates decidieron llevar una vida más que austera, despojándose de todo lo superfluo para conseguir una total autonomía que les evitara cualquier tipo de dependencia, sobre todo de los poderes de su tiempo. De Diógenes se cuenta que respondió a Alejandro Magno, que le ofrecía lo que quisiera, pidiéndole que no le tapara el sol.
Los escépticos, como Pirrón de Élide (360-270 a.C.) o Sexto Empírico (s. II d.C.), tratan de salvar al hombre de la agitación que le producen las discusiones filosóficas, afirmando la radical incapacidad de la mente humana para encontrar la verdad. El sabio escéptico encuentra la serenidad del alma suspendiendo todo juicio y renunciando a toda certeza y por lo tanto a toda discusión, lo cual es también una manera de conseguir lo que constituye el hilo conductor de la filosofía helenística: buscar la felicidad individual entendida como la ausencia de inquietud y turbación en medio de la crisis que sacude al mundo en que viven. La felicidad positiva, entendida como realización personal que postulaban Platón y Aristóteles, se ha convertido en un empeño mucho más modesto: evitar la agitación y conseguir la serenidad del ánimo.

Las Religiones Mistéricas.
Pero la Filosofía no es el único camino para encontrar la salvación en tiempos de crisis. A lo largo de toda la historia, el ser humano ha buscando una respuesta al sentido de su vida, y tradicionalmente lo ha encontrado en la religión. El pueblo griego, pese a su vocación filosófica, no constituye una excepción, y menos en tiempos tan confusos como los del helenismo. Pero su religión oficial no se adapta a esa función salvífica: los dioses griegos comparten las pasiones y miserias de los humanos, y en la medida en que carecen de la majestuosidad y grandeza de los dioses egipcios o del Dios hebreo el hombre griego no puede encontrar en ellos una respuesta a las grandes preguntas de su existencia. Por ello, los griegos importan del Oriente otros cultos orientados a la salvación personal de los fieles, como los cultos egipcios y persas. Estas religiones están dirigidas al desarrollo espiritual de los creyentes y, a diferencia de los cultos griegos, tienen un componente mistérico y hermético que sólo se revela a los iniciados, y por ello resulta mucho más atractivo que las ceremonias públicas de la religión oficial.
De este estilo son los cultos de Cibeles, Mitra y Orfeo, por ejemplo. Todos ellos suelen seguir un esquema que luego adopta el cristianismo: el creyente debe morir (simbólicamente) a su vida anterior y resucitar (también simbólicamente) a una nueva vida de unión con su dios. Algunos rituales que implican la pérdida de conciencia de los creyentes, como la embriaguez o la orgía  sagrada cumplen esta función de abandono de la normalidad de la vida cotidiana para hacer posible una unión mística con la divinidad.

Imperio Romano y Cristianismo.
En el siglo II a.C. las orgullosas ciudades griegas se han convertido ya en provincias de un Imperio Romano que extiende su poder por buena parte del mundo civilizado de entonces. El dominio militar y político de Roma alcanza su punto más alto, ante el cual las modestas polis griegas no pueden competir. Pero la cultura del Imperio tampoco puede competir con el arte y la filosofía griega, muy superiores a los suyos, de modo que se produce un intercambio históricamente muy interesante, por el cual Roma aporta la organización política del Imperio mientras se deja influir por el pensamiento griego y lo asimila en sus propias creaciones culturales, que llevan la marca helénica. No era extraño, en esos tiempos, encontrar en la casa de un poderoso patricio romano un esclavo griego que era el único que sabía leer y escribir en el palacio y se dedicaba a instruir a los hijos del patricio. Era el pedagogo, que etimológicamente significa el que conduce al niño.
La filosofía romana, por lo tanto, se dedica a releer el pensamiento griego desde una nueva perspectiva histórica, aportando muchas veces enfoques originales y enriquecedores. Así, por ejemplo, Lucrecio (95-55 a.C.) y Séneca (4-65) representan dos versiones romanas del epicureísmo y del estoicismo, este último de una importante influencia en la futura filosofía cristiana.
Pero quizás el filósofo latino más importante sea Plotino (205-270), nacido en Egipto (entonces parte del Imperio Romano), que desde su juventud había estudiado a Platón y deseaba idealizar todavía más el pensamiento del maestro, llevándolo a la cima de la espiritualidad. En la cumbre de todo lo que existe está el Uno, la unidad perfecta que nos recuerda al Bien de Platón, y todo lo diverso emana o procede de él, estableciendo una jerarquía que va desde la inteligencia hasta su grado más ínfimo, la materia. Y la eterna aspiración hacia el Uno constituye así la más profunda vocación del hombre. Como se ve, la filosofía de Plotino presenta muchos elementos aprovechables para el pensamiento cristiano, que encontrarán su madurez en el pensamiento de San Agustín.

Griegos, romanos y hebreos.
Mientras tanto, en estos tiempos convulsos del helenismo en los cuales estaba naciendo una nueva visión del mundo, una de las tantas sectas o religiones mistéricas que proliferaban entonces hace su aparición en Judea, también bajo dominio romano. Se trata del cristianismo, una doctrina nacida en el pueblo judío por la predicación de Jesús de Nazaret, que en sus comienzos se interpretó como un movimiento de liberación del pueblo hebreo del dominio de Roma, pero que pronto desbordó esa finalidad. Sabemos muy poco de los orígenes históricos del cristianismo primitivo. En sus comienzos los seguidores de Jesús fueron gentes del pueblo seguramente analfabetos y en todo caso poco preocupados por establecer una doctrina teológica. Lo que diremos se refiere al cristianismo tal como fue interpretado después de la muerte de Cristo, sobre todo por obra de los más intelectuales de sus seguidores, los apóstoles San Pablo y San Juan.
Así como el pueblo griego compartía, incluso antes de la aparición de la filosofía, una forma de ver el mundo, una cosmovisión, al pueblo hebreo le sucedía otro tanto y su cosmovisión difería de la griega en muchos temas importantes. Por mencionar algunos. La cultura hebrea era radicalmente monoteísta: un solo Dios, omnipotente, eterno y providente, que dirige el destino histórico de su pueblo, le protege y castiga sus infidelidades. Nada que ver con los dioses folclóricos de la cultura griega, frecuentemente enfrentados entre sí y mucho más cercanos a las pasiones humanas. En el cristianismo esta diferencia se acentúa, porque esta nueva religión predica la existencia de un Dios que asume la naturaleza humana y termina humillado, torturado y clavado en una cruz por los hombres. Un concepto de la divinidad imposible de compartir para un griego, que consideraba a los dioses inmortales e impasibles.
Por otra parte la cultura hebreo-cristiana defiende la idea de creación del mundo a partir de la nada y un concepto lineal del tiempo, con un principio (la creación) y un final (la segunda venida de Cristo y el Juicio Final). Ya hemos visto, desde Parménides en adelante, que el pensamiento griego rechaza la idea de creación: el tiempo es cíclico, a semejanza del tiempo de los fenómenos naturales, el mundo es eterno y su origen hay que buscarlo en un proceso de ordenamiento de lo existente antes que en una aparición de lo que antes no existía.
También hay diferencias importantes en la concepción del ser humano. La filosofía griega, sobre todo a partir de Platón, defiende una visión dualista del hombre, compuesto de un alma en la cual radica lo específicamente humano, y un cuerpo que en ocasiones llegó a compararse con un sepulcro o una cárcel del alma. Los hebreos, por el contrario, sostienen otro tipo de dualismo, un dualismo ético: la contraposición no se da entre alma y cuerpo sino entre un principio del bien y un principio del mal que luchan en el interior del hombre. Si bien durante el helenismo el dualismo griego fue penetrando en el pensamiento hebreo, que asumió la distinción metafísica de cuerpo y alma sobre todo como manera de explicar la inmortalidad.
Finalmente, existe entre ambas culturas una manera diferente de aproximarse a la verdad. La cultura griega es eminentemente visual: la palabra griega aletheia que traducimos por verdad significa des-cubrimiento, es decir, quitar los velos que impiden ver la realidad, y por lo tanto el término opuesto a la verdad griega no será la mentira y ni siquiera el error sino la apariencia, lo que cubre u oculta la realidad de las cosas. Por lo tanto, la búsqueda de verdad es una actividad teórica, palabra que viene precisamente del verbo ver. Pensemos, por ejemplo, en Parménides cuando oponía la inmutabilidad y eternidad del ser que nos exige la razón a las apariencias cambiantes que nos ofrecen los sentidos.
Para los hebreos, por el contrario, la palabra verdad se traduce como emunah, que significa fidelidad, confianza, lealtad. Una persona verdadera es aquella en la que se puede confiar, que mantiene su palabra. Y en este sentido Dios es el verdadero por excelencia, no tanto porque exista en la realidad sino porque ha establecido un pacto de lealtad indisoluble con su pueblo. Lo opuesto a la verdad será así la traición, la falsedad, el engaño. Desde este punto de vista la verdad se refiere no tanto a la vista cuanto al oído, a la palabra en la que se puede creer porque quien la pronuncia es verdadero. Es interesante notar que el castellano, entre otros idiomas, ha conservado este doble sentido griego y hebreo de verdad, por ejemplo cuando hablamos de “oro verdadero” y de un “verdadero amigo”.
Esta diferencia, que puede parecer solamente lingüística, será muy importante en los siglos que siguen. Porque, como veremos enseguida, la unión de ambas tradiciones planteará el problema de conciliar un pensamiento basado en la razón teórica con una religión que se fundamenta en la confianza en la palabra de Dios, es decir en la fe. Pero no adelantemos acontecimientos.

Razón y fe.
Como hemos dicho antes, el cristianismo nace como una secta hebrea fundada por un pequeño grupo de pescadores y gentes del pueblo motivados en gran medida por un deseo de liberación del pueblo hebreo de la dominación romana. En esta etapa no es necesaria ninguna elaboración intelectual y mucho menos filosófica de la doctrina cristiana: muchos de sus seguidores, probablemente la mayoría, carecen de inquietudes intelectuales. Pero el cristianismo comienza a extenderse y a penetrar en capas cada vez más cultas de la sociedad romana. La decadencia no sólo política y militar sino también moral del Imperio Romano produjo un vacío religioso que los antiguos dioses (calcados de los viejos dioses griegos) no estaban en condiciones de llenar. Y el cristianismo se presentaba con un mensaje espiritualmente potente, con respuestas que con el paso del tiempo fueron convirtiendo sus limitados orígenes políticos en una visión trascendente del mundo, capaz de predicar la salvación para todos los hombres, superando así su origen judío. Es importante en este sentido la obra de San Pablo, el último de los apóstoles y a quien algunos consideran el verdadero fundador del cristianismo, que superó los estrechos límites del pueblo hebreo predicando la doctrina cristiana como religión universal. El caso es que amplios sectores del Imperio Romano abrazaron el cristianismo, pese a las feroces persecuciones que debieron sufrir en los primeros siglos. Y ya en el siglo IV el emperador Constantino concede a la religión cristiana el derecho de predicar libremente su doctrina y poco más tarde (en el año 385) el cristianismo se convierte en la religión oficial del Imperio por obra del emperador Teodosio, que decreta penas civiles contra los herejes.
Esta implantación del cristianismo en la estructura oficial del Imperio Romano trae consigo la necesidad de una reflexión intelectual acerca del mensaje religioso, para defender la fe cristiana de las objeciones de la filosofía pagana y situarla al nivel de los pensadores de la época. Esa tarea la asumen los llamados “Padres de la Iglesia”, que forman una corriente de pensamiento denominada “la Patrística”, que se extiende hasta pasado el siglo VII con autores como San Cipriano, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo, Tertuliano, Orígenes y otros. Todos ellos van a enfrentarse a un mismo problema: conciliar la fe cristiana con el pensamiento filosófico. Porque cuando se hace necesaria esa reflexión intelectual acerca de los contenidos de la nueva religión, los pensadores cristianos no tienen otra fuente de reflexión teórica que los viejos filósofos griegos. En especial el pensamiento de Platón, que no es un pensamiento religioso pero se adapta muy bien a la religión, va a ser “bautizado” por los Padres de la Iglesia, adaptando la filosofía platónica al mensaje cristiano.
De este modo la Filosofía, sin dejar de serlo, se convierte en Teología, es decir en una reflexión intelectual acerca de los datos que proporciona la fe, la revelación divina. Pero esta síntesis no se hará sin conflictos: la Filosofía se basaba tradicionalmente en la razón humana, mientras que la fe proviene de la aceptación por parte del hombre de un mensaje de origen divino, que por lo tanto no está al alcance de las fuerzas intelectuales del ser humano ni puede ser puesto en duda por él. Recordemos la diferencia entre el concepto griego y el hebreo de verdad. De ahí que los teólogos ensayen distintas maneras de relacionar estas dos fuentes. Como una forma extrema de esta relación podemos mencionar la postura de Tertuliano, quien afirmaba la primacía absoluta de la fe, hasta el punto de proclamar su conocida consigna: “creo porque es absurdo”. Es decir: si lo que me dice la fe le parece absurdo a mi pobre razón humana es señal de que estoy en el buen camino, ya que la sabiduría de Dios es incomprensible para el hombre. Más adelante habrá autores que sostengan la teoría de la “doble verdad”: la razón y la fe son fuentes independientes de conocimiento, de tal manera que lo que es verdadero para una de ellas no debe necesariamente serlo para la otra, llegando a la posibilidad de que sus respectivas verdades sean contradictorias entre sí. Sin llegar a estos extremos, vamos a ver dos tipos de relación entre razón y fe en dos de los pensadores cristianos más importantes de la Edad Media, uno de ellos situado al comienzo de esta época histórica (San Agustín) y el otro hacia el final (Santo Tomás). Pero antes conviene echar un vistazo a los cambios sociales y políticos que se están produciendo en Occidente por aquel entonces.

El Imperio y los bárbaros.
En el siglo III el Imperio Romano entra en la profunda crisis política, económica y moral de la que hemos hablado antes que le dejan en un estado de extrema debilidad. Los pueblos bárbaros (bárbaro significa extranjero) del Norte, que no habían sido totalmente dominados por los romanos, aprovechan esa debilidad y comienzan a avanzar hacia la Europa civilizada, hasta provocar la ruptura del Impero Romano en dos imperios, el de Oriente y el de Occidente. Tribus como los francos, los vándalos, los hunos, los visigodos y ostrogodos, avanzaban tomando posesión de las ciudades del Imperio en busca de botín y sitios menos agrestes donde radicarse. Probablemente para los romanos cultos y refinados esas invasiones de guerreros que hablaban lenguas extrañas y vestían ropajes exóticos debieron de parecerles la llegada del fin del mundo, el término de una civilización, como en efecto lo era.

Pero sucede entonces algo parecido a la expansión de Roma y su conquista de las ciudades griegas: los bárbaros vencen militarmente a los ejércitos del Imperio pero terminan adaptándose al mundo romano y asimilando su cultura. Los jefes bárbaros se convirtieron en reyes, duques y señores feudales, independientes entre sí aunque conservando cierto acatamiento nominal al Emperador. Las lenguas y las costumbres bárbaras mezcladas con la civilización greco latina comienzan a generar una síntesis que terminará dando origen a la Europa moderna. Y esta adaptación incluye un hecho cultural de enorme importancia para la historia del pensamiento en los siglos venideros: la progresiva conversión de los bárbaros a la fe cristiana. Recordemos que sus invasiones (que comienzan ya en el siglo IV pero se consolidan en el siglo V) coinciden con la adopción por parte del Imperio del cristianismo como religión oficial, una religión intelectualmente mucho más atractiva que sus mitologías de origen. En este contexto histórico desarrolla su actividad el próximo pensador en quien nos vamos a detener: cuando San Agustín está en su lecho de muerte, los bárbaros asedian la ciudad de la que era obispo.

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