ENTRE ARISTÓTELES Y AGUSTÍN DE HIPONA
El
fin de la polis.
Las grandes
civilizaciones nacen, crecen, tienen una época de esplendor y luego entran en
una decadencia más o menos profunda. Eso le pasó a Egipto, a Persia, a China y
lo mismo sucederá con la polis griega desde fines del siglo IV a. C. Una
de sus causas hay que buscarla en la expansión de la cultura helénica que
intentó Alejandro Magno, un discípulo de Aristóteles. Alejandro quiso edificar
un gran imperio: conquista Persia, Egipto, recorre victorioso toda el Asia
Menor, intenta incluso conquistar la
India y se proclama Emperador de Persia y Grecia, tratando de
unificar políticamente Oriente y Occidente. Pero su temprana muerte a los 33
años termina con el sueño del gran Imperio, que se destroza en mil luchas
intestinas y prepara el camino a la próxima dominación romana, que está a punto
de llegar.
Se podría
decir que este final de la antigua cultura griega se parece a una explosión.
Cuando un objeto explota, en primer lugar se destruye, pero también expande sus
fragmentos en un amplio radio. La polis griega deja de existir como
ciudad Estado independiente, pero la aventura de Alejandro exporta la cultura
helénica por buena parte del oriente próximo, mezclándose a su vez con otras culturas
e iniciando la época que se conocerá como helenismo, que llegará hasta
bien entrado el Imperio Romano.
Pero mientras
tanto el antiguo habitante de la polis siente que su mundo se derrumba.
En el siglo III a.C. el griego libre entra en una profunda crisis: recordemos
que para él la ciudad no era solamente un lugar para vivir sino una forma de
vida que incluía los valores que daban sentido a su existencia. Y estos valores
comienzan a derrumbarse y lo harán definitivamente en el siglo II a.C., cuando las
orgullosas ciudades griegas pasen a ser colonias del Imperio Romano.
Pero ni aun
en las situaciones críticas los griegos abandonan la Filosofía. Solo
que la Filosofía
de estos tiempos cambia de estilo: ya no interesan tanto los grandes problemas
teóricos que preocuparon a los grandes maestros acerca de las ideas, las formas
y las causas, por ejemplo. Ahora se trata de encontrar en la reflexión
filosófica una respuesta a la situación límite que implica la decadencia
de la polis, a la falta de sentido de la existencia. Se trata de buscar en la Filosofía la manera de
evitar el dolor y conseguir la felicidad, es decir, de encontrar en ella una
norma de vida. La Ética, que trata de responder a la eterna pregunta “¿qué debo
hacer?” se convierte en el eje de la reflexión filosófica, y el pensamiento se
orienta a buscar una salvación personal en medio de un mundo que se derrumba.
El
epicureísmo.
Como
corresponde a estos tiempos menos proclives a los grandes ideales platónicos, Epicuro
(341-270 a .C.)
va a reivindicar el valor del cuerpo y de lo material, estableciendo sus dos
principios fundamentales: la felicidad consiste en conseguir el placer y evitar
el dolor. Pero no hay que apresurarse a sacar conclusiones libertinas de este
principio, como sucedió más adelante con algunos supuestos seguidores de
Epicuro.
En primer
lugar, hay que eliminar los deseos que no sean necesarios para la vida, ya que
los deseos insatisfechos son una de las fuentes del dolor. Sufrimos porque no
conseguimos lo que queremos, pero pocas veces nos preguntamos si eso que
queremos servirá para aumentar nuestra felicidad o para provocarnos más dolor.
Y en segundo lugar hay que eliminar los temores: el bien y el mal (el placer y
el dolor) están en las sensaciones, y los temores no son sensaciones sino
anticipaciones de nuestra mente. En particular, se trata de eliminar el temor a
la muerte, ya que la muerte no existe como sensación ni para los vivos ni para
los muertos: cuando vivimos la muerte no existe, y cuando existe, no existimos
nosotros. Si tememos a la muerte es por el deseo irracional de inmortalidad:
eliminado este, la muerte deja de preocuparnos.
Así
dispuestos, sin deseos vanos ni temores, estaremos preparados para gozar de los
placeres, comenzando por los más sencillos y por tanto más fáciles de
conseguir. El pan y el agua provocan un gran placer si hemos eliminado el deseo
de manjares exquisitos. Y así en todo lo demás. La amistad, en particular, es
capaz de provocarnos los placeres más elevados evitando que caigamos en un egoísmo
cerrado, pero debemos evitar la vida política, fuente de insatisfacciones y
turbación. Se trata, en definitiva, de lograr la ataraxia o serenidad
del ánimo, que nos permite disponernos a aprovechar cuanto la vida nos ofrece.
La física y
la teoría del conocimiento de los epicúreos están construidas a la medida de su
ética. El atomismo de Demócrito se adapta muy bien a este materialismo ético
que rechaza cualquier intervención del destino en la vida humana,
reemplazándolo por el movimiento aleatorio de los átomos. Y nuestro
conocimiento no es más que una suma de sensaciones físicas producidas por los
átomos que llegan a nuestros ojos. En definitiva, es el cuerpo humano el
criterio de verdad y de error, de bien y de mal, lejos ya de aquellas
incursiones en mundos ideales propios de la filosofía clásica.
El
estoicismo.
La filosofía
estoica intenta responder al mismo problema que el epicureísmo, con el cual
tiene más de un punto de contacto: cómo conseguir la felicidad en un mundo que
se derrumba. Y su respuesta tuvo una enorme proyección histórica. Desde su
creador, Zenón de Citio (336-264 a .C.) el estoicismo tuvo seguidores en
Grecia durante dos siglos más y penetró en la filosofía del Imperio Romano, con
autores tan importantes como Séneca, Epicteto y Marco Aurelio, influyendo
también en el cristianismo naciente. Aunque tuvo diversos enfoques en todo ese
tiempo, siempre conservó un principio fundamental: la felicidad se consigue
viviendo conforme a la naturaleza, y esa naturaleza es el universo entero, que
está regido por el logos o razón universal.
Se trata de
integrarnos en la armonía del universo, cosa que solo la sabiduría puede
lograr. La virtud estoica consistirá, por consiguiente, en adecuar nuestra
razón a la razón del universo, que está penetrado por semillas racionales que
dirigen todo lo que sucede. Se trata de lo que podemos llamar una especie de
panteísmo: no es que exista un dios que dirige el universo, sino que el mismo
universo es dios. Todo lo que sucede necesariamente debe suceder y el sabio debe
aceptar esa necesidad con serenidad y sin turbación de su alma: es la apatía
estoica. Una frase de Séneca resume esta actitud del sabio: “el destino conduce
al que quiere y arrastra al que no quiere”. El destino siempre va a cumplirse:
la diferencia para el hombre consiste en resistirse a él, lo cual nos provoca
más sufrimiento, o aceptarlo de buena gana, lo cual nos trae felicidad.
Lo cual no
significa mera resignación o pasividad. El sabio estoico se integra en el
mundo, inclusive en la actividad política (Séneca fue preceptor del emperador
Nerón), pero sabiendo que su razón individual está en función de una
racionalidad que impregna el universo entero y con la cual debe armonizar su
vida. Nada de lo que le suceda será fruto del azar y por lo tanto no existe el
mal propiamente dicho: lo que nosotros consideramos negativo no es más que el
resultado de nuestra ignorancia, puesto que no podemos comprender cómo se
integra ese fragmento de nuestra vida en la razón del universo.
Además de la
ética, los estoicos hicieron importantes aportaciones en lógica y teoría del
conocimiento, que sentaron las bases de los estudios futuros de gramática.
Pese a sus
diferencias, no puede negarse que tanto el epicureísmo como el estoicismo
constituyen geniales construcciones intelectuales para evitar el sufrimiento de
una época convulsa. Tanto si lo que sucede es fruto del azar como si depende
una razón universal, la aceptación por parte del hombre de esas leyes naturales
le evitan una buena parte de las razones de su infelicidad: su insistencia en
dar coces contra el agujón, en oponerse a las leyes inevitables de la
naturaleza en la que vive.
Y
otros...
Hubo muchos
otros filósofos en Grecia, además de los grandes sistemas de que hemos hablado.
Habría que citar, por ejemplo, a los cínicos, como Antístenes
(450-336 a .C.),
Diógenes (413-323 a .C.)
y muchos otros que inspirados en el ejemplo de Sócrates decidieron llevar una
vida más que austera, despojándose de todo lo superfluo para conseguir una
total autonomía que les evitara cualquier tipo de dependencia, sobre todo de
los poderes de su tiempo. De Diógenes se cuenta que respondió a Alejandro
Magno, que le ofrecía lo que quisiera, pidiéndole que no le tapara el sol.
Los escépticos,
como Pirrón de Élide (360-270
a .C.) o Sexto Empírico (s. II d.C.), tratan de
salvar al hombre de la agitación que le producen las discusiones filosóficas,
afirmando la radical incapacidad de la mente humana para encontrar la verdad.
El sabio escéptico encuentra la serenidad del alma suspendiendo todo juicio y
renunciando a toda certeza y por lo tanto a toda discusión, lo cual es también
una manera de conseguir lo que constituye el hilo conductor de la filosofía
helenística: buscar la felicidad individual entendida como la ausencia de
inquietud y turbación en medio de la crisis que sacude al mundo en que viven.
La felicidad positiva, entendida como realización personal que postulaban
Platón y Aristóteles, se ha convertido en un empeño mucho más modesto: evitar
la agitación y conseguir la serenidad del ánimo.
Las
Religiones Mistéricas.
Pero la Filosofía no es el único
camino para encontrar la salvación en tiempos de crisis. A lo largo de toda la
historia, el ser humano ha buscando una respuesta al sentido de su vida, y
tradicionalmente lo ha encontrado en la religión. El pueblo griego, pese a su
vocación filosófica, no constituye una excepción, y menos en tiempos tan
confusos como los del helenismo. Pero su religión oficial no se adapta a esa
función salvífica: los dioses griegos comparten las pasiones y miserias de los
humanos, y en la medida en que carecen de la majestuosidad y grandeza de los
dioses egipcios o del Dios hebreo el hombre griego no puede encontrar en ellos
una respuesta a las grandes preguntas de su existencia. Por ello, los griegos importan
del Oriente otros cultos orientados a la salvación personal de los fieles, como
los cultos egipcios y persas. Estas religiones están dirigidas al desarrollo
espiritual de los creyentes y, a diferencia de los cultos griegos, tienen un
componente mistérico y hermético que sólo se revela a los iniciados, y por ello
resulta mucho más atractivo que las ceremonias públicas de la religión oficial.
De este
estilo son los cultos de Cibeles, Mitra y Orfeo, por ejemplo. Todos ellos
suelen seguir un esquema que luego adopta el cristianismo: el creyente debe
morir (simbólicamente) a su vida anterior y resucitar (también simbólicamente)
a una nueva vida de unión con su dios. Algunos rituales que implican la pérdida
de conciencia de los creyentes, como la embriaguez o la orgía sagrada
cumplen esta función de abandono de la normalidad de la vida cotidiana para
hacer posible una unión mística con la divinidad.
Imperio
Romano y Cristianismo.
En el siglo
II a.C. las orgullosas ciudades griegas se han convertido ya en provincias de
un Imperio Romano que extiende su poder por buena parte del mundo civilizado de
entonces. El dominio militar y político de Roma alcanza su punto más alto, ante
el cual las modestas polis griegas no pueden competir. Pero la cultura
del Imperio tampoco puede competir con el arte y la filosofía griega, muy
superiores a los suyos, de modo que se produce un intercambio históricamente
muy interesante, por el cual Roma aporta la organización política del Imperio
mientras se deja influir por el pensamiento griego y lo asimila en sus propias
creaciones culturales, que llevan la marca helénica. No era extraño, en esos
tiempos, encontrar en la casa de un poderoso patricio romano un esclavo griego
que era el único que sabía leer y escribir en el palacio y se dedicaba a
instruir a los hijos del patricio. Era el pedagogo, que etimológicamente
significa el que conduce al niño.
La filosofía
romana, por lo tanto, se dedica a releer el pensamiento griego desde una nueva
perspectiva histórica, aportando muchas veces enfoques originales y
enriquecedores. Así, por ejemplo, Lucrecio (95-55 a .C.) y Séneca (4-65)
representan dos versiones romanas del epicureísmo y del estoicismo, este último
de una importante influencia en la futura filosofía cristiana.
Pero quizás
el filósofo latino más importante sea Plotino (205-270), nacido en
Egipto (entonces parte del Imperio Romano), que desde su juventud había
estudiado a Platón y deseaba idealizar todavía más el pensamiento del maestro,
llevándolo a la cima de la espiritualidad. En la cumbre de todo lo que existe
está el Uno, la unidad perfecta que nos recuerda al Bien de Platón, y todo lo
diverso emana o procede de él, estableciendo una jerarquía que va desde la
inteligencia hasta su grado más ínfimo, la materia. Y la eterna aspiración
hacia el Uno constituye así la más profunda vocación del hombre. Como se ve, la
filosofía de Plotino presenta muchos elementos aprovechables para el
pensamiento cristiano, que encontrarán su madurez en el pensamiento de San
Agustín.
Griegos,
romanos y hebreos.
Mientras
tanto, en estos tiempos convulsos del helenismo en los cuales estaba naciendo
una nueva visión del mundo, una de las tantas sectas o religiones mistéricas
que proliferaban entonces hace su aparición en Judea, también bajo dominio romano.
Se trata del cristianismo, una doctrina nacida en el pueblo judío por la
predicación de Jesús de Nazaret, que en sus comienzos se interpretó como un
movimiento de liberación del pueblo hebreo del dominio de Roma, pero que pronto
desbordó esa finalidad. Sabemos muy poco de los orígenes históricos del
cristianismo primitivo. En sus comienzos los seguidores de Jesús fueron gentes
del pueblo seguramente analfabetos y en todo caso poco preocupados por
establecer una doctrina teológica. Lo que diremos se refiere al cristianismo
tal como fue interpretado después de la muerte de Cristo, sobre todo por obra
de los más intelectuales de sus seguidores, los apóstoles San Pablo y San Juan.
Así como el
pueblo griego compartía, incluso antes de la aparición de la filosofía, una
forma de ver el mundo, una cosmovisión, al pueblo hebreo le sucedía otro tanto
y su cosmovisión difería de la griega en muchos temas importantes. Por
mencionar algunos. La cultura hebrea era radicalmente monoteísta: un solo Dios,
omnipotente, eterno y providente, que dirige el destino histórico de su pueblo,
le protege y castiga sus infidelidades. Nada que ver con los dioses folclóricos
de la cultura griega, frecuentemente enfrentados entre sí y mucho más cercanos
a las pasiones humanas. En el cristianismo esta diferencia se acentúa, porque
esta nueva religión predica la existencia de un Dios que asume la naturaleza
humana y termina humillado, torturado y clavado en una cruz por los hombres. Un
concepto de la divinidad imposible de compartir para un griego, que consideraba
a los dioses inmortales e impasibles.
Por otra
parte la cultura hebreo-cristiana defiende la idea de creación del mundo a
partir de la nada y un concepto lineal del tiempo, con un principio (la
creación) y un final (la segunda venida de Cristo y el Juicio Final). Ya hemos
visto, desde Parménides en adelante, que el pensamiento griego rechaza la idea
de creación: el tiempo es cíclico, a semejanza del tiempo de los fenómenos
naturales, el mundo es eterno y su origen hay que buscarlo en un proceso de
ordenamiento de lo existente antes que en una aparición de lo que antes no
existía.
También hay
diferencias importantes en la concepción del ser humano. La filosofía griega,
sobre todo a partir de Platón, defiende una visión dualista del hombre,
compuesto de un alma en la cual radica lo específicamente humano, y un cuerpo
que en ocasiones llegó a compararse con un sepulcro o una cárcel del alma. Los
hebreos, por el contrario, sostienen otro tipo de dualismo, un dualismo ético:
la contraposición no se da entre alma y cuerpo sino entre un principio del bien
y un principio del mal que luchan en el interior del hombre. Si bien durante el
helenismo el dualismo griego fue penetrando en el pensamiento hebreo, que
asumió la distinción metafísica de cuerpo y alma sobre todo como manera de
explicar la inmortalidad.
Finalmente,
existe entre ambas culturas una manera diferente de aproximarse a la verdad. La
cultura griega es eminentemente visual: la palabra griega aletheia que
traducimos por verdad significa des-cubrimiento, es decir, quitar los
velos que impiden ver la realidad, y por lo tanto el término opuesto a la
verdad griega no será la mentira y ni siquiera el error sino la apariencia, lo
que cubre u oculta la realidad de las cosas. Por lo tanto, la búsqueda de
verdad es una actividad teórica, palabra que viene precisamente del verbo ver.
Pensemos, por ejemplo, en Parménides cuando oponía la inmutabilidad y eternidad
del ser que nos exige la razón a las apariencias cambiantes que nos ofrecen los
sentidos.
Para los
hebreos, por el contrario, la palabra verdad se traduce como emunah, que
significa fidelidad, confianza, lealtad. Una persona verdadera es aquella en la
que se puede confiar, que mantiene su palabra. Y en este sentido Dios es el
verdadero por excelencia, no tanto porque exista en la realidad sino porque ha
establecido un pacto de lealtad indisoluble con su pueblo. Lo opuesto a la
verdad será así la traición, la falsedad, el engaño. Desde este punto de vista
la verdad se refiere no tanto a la vista cuanto al oído, a la palabra en la que
se puede creer porque quien la pronuncia es verdadero. Es interesante
notar que el castellano, entre otros idiomas, ha conservado este doble sentido
griego y hebreo de verdad, por ejemplo cuando hablamos de “oro verdadero” y de
un “verdadero amigo”.
Esta
diferencia, que puede parecer solamente lingüística, será muy importante en los
siglos que siguen. Porque, como veremos enseguida, la unión de ambas
tradiciones planteará el problema de conciliar un pensamiento basado en la
razón teórica con una religión que se fundamenta en la confianza en la palabra
de Dios, es decir en la fe. Pero no adelantemos acontecimientos.
Razón
y fe.
Como hemos
dicho antes, el cristianismo nace como una secta hebrea fundada por un pequeño
grupo de pescadores y gentes del pueblo motivados en gran medida por un deseo
de liberación del pueblo hebreo de la dominación romana. En esta etapa no es
necesaria ninguna elaboración intelectual y mucho menos filosófica de la
doctrina cristiana: muchos de sus seguidores, probablemente la mayoría, carecen
de inquietudes intelectuales. Pero el cristianismo comienza a extenderse y a
penetrar en capas cada vez más cultas de la sociedad romana. La decadencia no
sólo política y militar sino también moral del Imperio Romano produjo un vacío
religioso que los antiguos dioses (calcados de los viejos dioses griegos) no
estaban en condiciones de llenar. Y el cristianismo se presentaba con un
mensaje espiritualmente potente, con respuestas que con el paso del tiempo
fueron convirtiendo sus limitados orígenes políticos en una visión trascendente
del mundo, capaz de predicar la salvación para todos los hombres, superando así
su origen judío. Es importante en este sentido la obra de San Pablo, el último
de los apóstoles y a quien algunos consideran el verdadero fundador del
cristianismo, que superó los estrechos límites del pueblo hebreo predicando la
doctrina cristiana como religión universal. El caso es que amplios sectores del
Imperio Romano abrazaron el cristianismo, pese a las feroces persecuciones que
debieron sufrir en los primeros siglos. Y ya en el siglo IV el emperador
Constantino concede a la religión cristiana el derecho de predicar libremente
su doctrina y poco más tarde (en el año 385) el cristianismo se convierte en la
religión oficial del Imperio por obra del emperador Teodosio, que decreta penas
civiles contra los herejes.
Esta
implantación del cristianismo en la estructura oficial del Imperio Romano trae
consigo la necesidad de una reflexión intelectual acerca del mensaje religioso,
para defender la fe cristiana de las objeciones de la filosofía pagana y
situarla al nivel de los pensadores de la época. Esa tarea la asumen los
llamados “Padres de la Iglesia ”,
que forman una corriente de pensamiento denominada “la Patrística ”, que se
extiende hasta pasado el siglo VII con autores como San Cipriano, San Gregorio
Nacianceno, San Juan Crisóstomo, Tertuliano, Orígenes y otros. Todos ellos van
a enfrentarse a un mismo problema: conciliar la fe cristiana con el pensamiento
filosófico. Porque cuando se hace necesaria esa reflexión intelectual acerca de
los contenidos de la nueva religión, los pensadores cristianos no tienen otra
fuente de reflexión teórica que los viejos filósofos griegos. En especial el pensamiento
de Platón, que no es un pensamiento religioso pero se adapta muy bien a la
religión, va a ser “bautizado” por los Padres de la Iglesia , adaptando la
filosofía platónica al mensaje cristiano.
De este modo la Filosofía , sin dejar de
serlo, se convierte en Teología, es decir en una reflexión intelectual acerca
de los datos que proporciona la fe, la revelación divina. Pero esta síntesis no
se hará sin conflictos: la
Filosofía se basaba tradicionalmente en la razón humana,
mientras que la fe proviene de la aceptación por parte del hombre de un mensaje
de origen divino, que por lo tanto no está al alcance de las fuerzas
intelectuales del ser humano ni puede ser puesto en duda por él. Recordemos la
diferencia entre el concepto griego y el hebreo de verdad. De ahí que los
teólogos ensayen distintas maneras de relacionar estas dos fuentes. Como una
forma extrema de esta relación podemos mencionar la postura de Tertuliano,
quien afirmaba la primacía absoluta de la fe, hasta el punto de proclamar su
conocida consigna: “creo porque es absurdo”. Es decir: si lo que me dice la fe
le parece absurdo a mi pobre razón humana es señal de que estoy en el buen
camino, ya que la sabiduría de Dios es incomprensible para el hombre. Más
adelante habrá autores que sostengan la teoría de la “doble verdad”: la razón y
la fe son fuentes independientes de conocimiento, de tal manera que lo que es
verdadero para una de ellas no debe necesariamente serlo para la otra, llegando
a la posibilidad de que sus respectivas verdades sean contradictorias entre sí.
Sin llegar a estos extremos, vamos a ver dos tipos de relación entre razón y fe
en dos de los pensadores cristianos más importantes de la Edad Media , uno de
ellos situado al comienzo de esta época histórica (San Agustín) y el otro hacia
el final (Santo Tomás). Pero antes conviene echar un vistazo a los cambios
sociales y políticos que se están produciendo en Occidente por aquel entonces.
El
Imperio y los bárbaros.
En el siglo
III el Imperio Romano entra en la profunda crisis política, económica y moral
de la que hemos hablado antes que le dejan en un estado de extrema debilidad.
Los pueblos bárbaros (bárbaro significa extranjero) del Norte,
que no habían sido totalmente dominados por los romanos, aprovechan esa
debilidad y comienzan a avanzar hacia la Europa civilizada, hasta provocar la ruptura del
Impero Romano en dos imperios, el de Oriente y el de Occidente. Tribus como los
francos, los vándalos, los hunos, los visigodos y ostrogodos, avanzaban tomando
posesión de las ciudades del Imperio en busca de botín y sitios menos agrestes
donde radicarse. Probablemente para los romanos cultos y refinados esas
invasiones de guerreros que hablaban lenguas extrañas y vestían ropajes
exóticos debieron de parecerles la llegada del fin del mundo, el término de una
civilización, como en efecto lo era.
Pero sucede
entonces algo parecido a la expansión de Roma y su conquista de las ciudades
griegas: los bárbaros vencen militarmente a los ejércitos del Imperio pero
terminan adaptándose al mundo romano y asimilando su cultura. Los jefes
bárbaros se convirtieron en reyes, duques y señores feudales, independientes
entre sí aunque conservando cierto acatamiento nominal al Emperador. Las
lenguas y las costumbres bárbaras mezcladas con la civilización greco latina
comienzan a generar una síntesis que terminará dando origen a la Europa moderna. Y esta
adaptación incluye un hecho cultural de enorme importancia para la historia del
pensamiento en los siglos venideros: la progresiva conversión de los bárbaros a
la fe cristiana. Recordemos que sus invasiones (que comienzan ya en el siglo IV
pero se consolidan en el siglo V) coinciden con la adopción por parte del
Imperio del cristianismo como religión oficial, una religión intelectualmente
mucho más atractiva que sus mitologías de origen. En este contexto histórico
desarrolla su actividad el próximo pensador en quien nos vamos a detener:
cuando San Agustín está en su lecho de muerte, los bárbaros asedian la ciudad
de la que era obispo.
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