miércoles, 11 de febrero de 2015

HUME
David Hume (1711-1776). El ensayo sobre el entendimiento humano ha sido durante muchos años la obra más conocida y comentada de Hume se debe casi enteramente a que Hume ha sido visto con frecuencia "desde Kant", como el autor que despertó a Kant de su "sueño dogmático". Así, Hume ha sido considerado con frecuencia como un "crítico del conocimiento" y sobre todo como un "crítico de las nociones de sustancia y de causa". Desde este punto de vista, Hume ha sido visto al mismo tiempo como sucesor de Berkeley y de Locke y como el autor que llevó a culminación el llamado "empirismo inglés". Por otro lado, se ha puesto de relieve, especialmente durante las dos últimas décadas, que tanto o más importante que el puesto que Hume ocupa en la teoría del conocimiento entre Locke y Berkeley por un lado y Kant por el otro, es el lugar que ocupa como "filósofo moral". Desde este último punto de vista, Hume es presentado menos como un sucesor de Berkeley y un precursor de Kant que como un discípulo de Hutcheson. En este respecto Hume fue influido no sólo por el mencionado autor, sino también por Malebrance, Pierre Bayle y, en último término, por Carneades. Esta segunda imagen de Hume es la imagen de un "filósofo moral escéptico". Se ha indicado también que Hume ocupa sobre todo un lugar dentro de la historia del escepticismo en general y en particular dentro de la historia del escepticismo moderno.

Teoría del conocimiento
Hume estima que todas las ciencias tienen una relación, mayor o menor, con la naturaleza humana. Hay que investigar, pues, "la naturaleza del entendimiento humano" para averiguar sus poderes y sus capacidades; hay que cultivar "la verdadera metafísica", único modo de destruir la metafísica "falsa y adulterada". Tal ciencia debe basarse en la experiencia y en la observación y no en especulaciones gratuitas y quiméricas.  
  Fundamental en el estudio propuesto por Hume es la investigación del "origen de nuestras ideas". Los resultados de la investigación de Hume a este respecto pueden resumirse en las siguientes proposiciones. En primer lugar, todo lo que el espíritu contiene son percepciones. Éstas pueden ser impresiones o ideas. La diferencia entre ellas consiste en el grado de fuerza y vivacidad: las impresiones son las percepciones que poseen mayor fuerza y violencia. Ejemplos de impresiones son las sensaciones, las pasiones y las emociones. Las ideas son solamente copias o imágenes desvaídas de las impresiones tal como las posee el espíritu en los procesos del pensamiento y del razonamiento. Por otro lado, las percepciones pueden ser simples o complejas; por tanto, hay impresiones simples y complejas e ideas simples y complejas. Las percepciones simples, tanto impresiones como ideas, son las que no admiten distinción ni separación. Así, la percepción de una superficie coloreada es una impresión simple, y la idea o imagen de la misma superficie es una idea simple. Las percepciones compuestas, tanto impresiones como ideas, son aquellas en las cuales pueden distinguirse partes. Así, la visión de París desde Montmartre es una impresión compleja, y la idea o imagen de tal impresión es una idea compleja.
La distinción entre impresiones e ideas simples y complejas permite a Hume resolver una cuestión fundamental. Una teoría del conocimiento empirista tiende a derivar todas las ideas de las impresiones originarias. Y, en último término, esto es lo que Hume se propone hacer. Pero no sin reconocer una importante restricción. En efecto, aunque hay, en general, una gran semejanza entre las impresiones complejas y las ideas complejas, no puede decirse que las segundas sean siempre copias exactas de las primeras. Las ideas complejas pueden ser copia de impresiones complejas, pero también pueden ser combinaciones de ideas simples hechas por nuestra memoria e imaginación. En cambio, cuando se trata de impresiones e ideas simples, la semejanza puede ser afirmada. Así, en el nivel de las impresiones e ideas simples se restablece la tesis fundamental empirista: no hay ninguna idea simple que no tenga una impresión correspondiente, y no hay ninguna impresión simple que no tenga una idea correspondiente.
 Las impresiones pueden dividirse en impresiones de sensación e impresiones de reflexión. Las primeras surgen en el alma originariamente, de causas desconocidas. Las segundas se derivan en gran parte de nuestras ideas de acuerdo con el orden siguiente:
Impresión (por ejemplo, al conducir por una carretera vemos un gato despanzurrado) de la que surge una idea o copia de esta impresión en el espíritu (la idea de gato despanzurrado), permanencia de ella después de terminar la impresión. El retorno de esta idea al alma produce nuevas impresiones (asco al recordarlo) - impresión de reflexión - de la que surge una idea o copia de esta impresión de reflexión por la memoria y la imaginación (recuerdo del asco que me dio recordarlo), puede después, por esta idea, producirse de nuevas impresiones e ideas. Así, hay impresiones de sensación, ideas, e impresiones de reflexión.
Repasemos el proceso: (1) surgen, de causa externa  y desconocida, las impresiones de sensación. (2) Cuando las impresiones  de sensación desaparecen dejan huellas en la mente que reaparecen (menos vivaces y debido  a la memoria o a la imaginación) en forma de ideas. (La diferencia entre  memoria e imaginación reside en que en la memoria las ideas aparecen más  vivas y en el orden y posición en que se dieron las impresiones correspondientes;  mientras que en la imaginación las ideas aparecen más débiles y ordenadas al azar, aunque usualmente se establece un orden entre ellas en  virtud de las tres leyes que rigen la combinación de ideas: Ley de semejanza, ley de contigüidad en el espacio y en el tiempo y ley de causalidad) Las  ideas son el origen a su vez de las impresiones de reflexión, de las cuales pueden surgir nuevas ideas.
Hume, por tanto, concibe las ideas como copias de las impresiones sensibles, y por lo tanto siempre siguen a estas, es decir, no podrá existir una idea que antes no haya pasado por los sentidos (esto ya lo planteaba Aristóteles), rechazando tajantemente la posibilidad de cualquier “idea innata” (contra el racionalismo).
 Hemos visto que se pueden producir ideas complejas, no sólo copiando impresiones complejas, sino también  agrupando ideas simples. Agrupación que se produce siguiendo tres  leyes de asociación:
 1. Ley de semejanza: nos hace agrupar ideas en virtud de un parecido  o identidad.
 2. Ley de contigüidad en el espacio y en el tiempo: tendemos a establecer una relación entre las ideas en base  a su proximidad temporal o espacial.
3. Ley de causalidad (relación causa-efecto): en toda relación causa-efecto lo que en realidad vemos siempre es que a un hecho sigue otro hecho. Cuando a lo largo del tiempo vemos que siempre que aparece una impresión le sigue otra en el tiempo, llegamos a la conclusión de la que la primera es la “causa” de la segunda. Pero Hume afirma que lo único que observamos cuando, por ejemplo, vemos dos bolas de billar, es que la que llamamos “causa” está en movimiento antes de que se mueva la que llamamos “efecto”; que ambas están juntas antes de éste se produzca. Y nada más, no vemos que la primera empuje a la segunda. Aunque no haya un fundamento real para la relación causal sí que lo hay en nuestra mente. Es una ley de nuestra mente establecer relaciones de causa efecto, y creer en su necesidad.
“He aquí una bola de billar inmóvil sobre una mesa y otra bola que se mueve hacia ella con rapidez. Las dos chocan y la bola que en un principio estaba en reposo ahora adquiere movimiento (...) Es evidente que las dos bolas entrarán en contacto antes de que les sea comunicado el movimiento y que no hay intervalo alguno entre el choque y el movimiento. La contigüidad en el tiempo y el espacio es, por tanto, una circunstancia indispensable para la atracción de todas las causas. Es evidente, asimismo, que el movimiento que fue la causa es anterior al movimiento que fue el efecto. La prioridad en el tiempo es, por tanto, otra circunstancia indispensable en cada causa. Pero esto no es todo. Intentemos con otras bolas de la misma clase una situación similar y siempre hallaremos que el impulso de la una produce el movimiento de la otra. Aquí hay por tanto una tercera circunstancia, a saber, la conjunción constante entre la causa y el efecto. Cada objeto similar a la causa produce siempre algún objeto similar al efecto. Fuera de estas tres circunstancias, contigüidad, prioridad y conjunción constante, nada más puedo descubrir en esta causa.”
 (“Resumen del Tratado de la Naturaleza Humana”)

Otra distinción fundamental: es la que Hume establece entre lo que llamaremos "hechos" (cuestiones de hecho) y "relaciones" (relaciones de ideas), los únicos tipos de conocimiento que aceptará como válidos. La distinción permite eliminar las entidades ficticias producidas por la "metafísica adulterada", la cual cree poder demostrar la existencia de una entidad cuando es capaz de dar razón de esta entidad sin atenerse a la experiencia.
 Unas de estas relaciones lo son entre hechos (cuestiones de hecho). Decir: "El hidrógeno es menos pesado que el aire" o "El oro es amarillo", es establecer relaciones entre hechos. Las proposiciones sobre hechos son contingentes, no hay ninguna necesidad de que los hechos sean tales como de hecho son, ni ninguna necesidad de que se relacionen tal como de hecho se relacionan.
Otras relaciones lo son entre lo que hemos llamado "relaciones" (las "relaciones de ideas"). Decir: "La suma de 4 y 4 es igual a 8" o "La suma de los tres ángulos de un triángulo (en un espacio euclídeo plano) es igual a dos ángulos rectos" es establecer relaciones entre relaciones.
Las proposiciones sobre relaciones son necesarias, su verdad deriva de que lo contrario de una de tales proposiciones constituye una contradicción.
Las proposiciones sobre hechos dicen algo, pero sólo son probables. Las proposiciones sobre relaciones son absolutamente ciertas, pero no dicen nada — es decir, nada acerca de lo que "hay". No puede pasarse, pues, de unas proposiciones a las otras, ya que son completamente heterogéneas entre sí. Las proposiciones verdaderas sobre hechos están fundadas en la experiencia; las proposiciones verdaderas sobre relaciones están fundadas en la no contradicción. No hay otras proposiciones posibles; por tanto, todos los libros que contengan enunciados que no sean "razonamiento demostrativo" (como el de la lógica o la matemática) o "razonamiento probable" (como el de la experiencia) deben "arrojarse a las llamas". Así, Hume "arroja a las llamas" los libros que, como los de teología o metafísica, no contienen más que "falsas proposiciones" en el sentido de ser proposiciones que parecen serlo sin serlo en verdad. Hume aplica estas nociones a una detallada crítica de toda clase de "ideas" para ver en qué medida tales "ideas" están o no fundadas en la experiencia o constituyen "relaciones de ideas".
Hume niega validez al método deductivo en sus variantes escolástica  y cartesiana. La crítica a la deducción escolástica es la misma que ya había  formulado Descartes. Pero Hume extiende su crítica al método deductivo de  Descartes y los racionalistas; éstos parten de ideas simples dadas en la intuición  para constituir ideas complejas por un proceso de síntesis; pero para  ello necesitan recurrir en un primer momento a ideas innatas, que Hume, como  vimos, rechaza.
 También rechaza el método inductivo que consiste en pasar de un número limitado de observaciones a proposiciones universales.  Hume, también rechaza la validez de este método (el inductivo), pues, según  él, no hay nada que nos permita pasar de “n" número de experiencias -por  muchas que sean- a una ley general universalmente válida y necesaria, pues  aunque una ley se confirme en “n” número de experiencias, nunca podremos  estar seguros de que se confirmará ala "n + 1". Pero, aunque el método  no tenga un valor real, este tipo de proceder (que espera que aquellas  experiencias confirmadas en el pasado sigan confirmándose en el futuro),  tiene un cierto fundamento psicológico: el hábito, la costumbre.
En esta crítica ataca tres aspectos básicos: la idea de existencia; la idea de relación causal y la idea de sustancia.
En cuanto a la idea de existencia nos limitaremos a señalar que, según Hume, no hay nada que pueda llamarse "existencia" independientemente de la idea de lo que concebimos ser existente. La idea de existencia no agrega nada a la idea de un objeto: 'objeto' y 'objeto existente' son expresiones sinónimas. Por otro lado, para admitir la idea de un objeto hay que referirse a la impresión que le ha dado origen. Agreguemos, o reiteremos, que como las proposiciones sobre relaciones causales son proposiciones sobre hechos, no son necesariamente verdaderas. La experiencia nos muestra que a un cierto hecho (o acontecimiento) sucede regularmente otro cierto hecho (o acontecimiento); el primer hecho es llamado "causa" y el segundo "efecto". Pero la experiencia no puede mostrarnos que hay necesidad en la conexión causal, pues esta no es una conexión de las del tipo de las "relaciones de ideas" (como las conexiones lógicas o matemáticas). En otros términos, el efecto no está contenido necesariamente en la causa, como afirman los "racionalistas". Las conexiones causales son inferencias probables, fundadas en las asociaciones de ideas tal como han tenido lugar en el pasado, lo que nos permite predecir —con "certidumbre moral"— el futuro. Inferimos que la llama es efecto del fuego cuando asociamos mediante semejanza la impresión de la llama con ideas de llamas que hemos visto en el pasado y que hemos relacionado mediante contigüidad con la idea del fuego. La conexión causal es, pues, una inferencia fundada en la repetición; ésta engendra la "costumbre", la cual produce la "creencia". La ciencia de las cosas naturales se basa, así, en una serie de creencias; la certidumbre es resultado de la repetición de la experiencia y, por consiguiente, el conocimiento de la Naturaleza —y, en general, de todos los hechos— es asunto de probabilidad. Ello no significa que Hume niegue la constancia de las leyes naturales. En rigor, Hume se opone a los "milagros". Pero la constancia mencionada no es asunto de necesidad lógica o racional, sino resultado de observación.

Sobre la sustancia, puede decirse algo similar a lo dicho sobre la existencia; la idea de sustancia no se deriva de ninguna impresión de sensación o de reflexión: es "una colección de ideas simples unidas por la imaginación". En otros términos, no hay ninguna realidad que se llame "sustancia". 'Sustancia' es sólo un nombre que se refiere a una colección o haz de cualidades. No hay, pues, las cualidades de una cosa más su sustancia. Ahora bien, todo eso puede aplicarse a la noción de "yo" y a la de "identidad personal". Cuando entro en lo que se llama "yo", proclama Hume, "topo siempre con alguna percepción particular u otra". Ello no significa que no pueda hablarse de "yo" y de "yo mismo"; sólo ocurre que no hay un yo sustancial, sino, una vez más, una serie de percepciones unidas asociativamente. Lo mismo puede decirse de la llamada "simplicidad". Puede verse, pues, que en cada caso la noción de asociación y las diversas formas de asociación son fundamentales para Hume con el fin de resolver los problemas planteados por su "crítica del conocimiento".
De su teoría del conocimiento se desprende que las principales ideas de la metafísica son puras ficciones de la mente, pero no se relacionan con nada que la ciencia pueda dar por existente: la idea de Dios no se desprende de ninguna impresión o conjunto de ellas, de modo que no es posible demostrar racionalmente su existencia (esta es una cuestión puramente de fe); a la idea de alma  o yo le ocurre lo mismo, no deriva de impresión alguna, es simplemente una ficción que la mente realiza para unificar en algo todos los procesos psicológicos; como así le ocurre a la idea de causalidad: el hecho de que dos acontecimientos se sucedan en el tiempo muchas veces no nos permite afirmar que siempre será así y, por tanto, que exista en la naturaleza la causalidad como una ley universal y necesaria.

Ética
 Hume considera que la percepción moral no es cosa del entendimiento, sino de "los gustos" o "sentimientos". Éstos no son gustos y sentimientos de unos supuestos principios absolutamente evidentes; los gustos y sentimientos lo son de cada cosa particular. Además, lo son en tanto constituyen juicios del individuo al aprobar o reprobar una acción, un sentimiento, etc. No se puede demostrar que algo es bueno o malo mediante argumento racional; por tantono se puede convencer a nadie de que algo es bueno o malo mediante tal tipo de argumento. La razón no es la maestra de las pasiones; si hay alguna relación entre ellas lo es en el sentido de que la razón es "esclava de las pasiones". Estas pasiones pueden ser directas (o derivadas inmediatamente de la experiencia, como el placer, el dolor, la aversión, el miedo, la esperanza, etc.) o indirectas (o derivadas de una relación doble de impresiones a ideas, como el amor y el odio). En todos los casos los juicios de aprobación o reprobación de las pasiones son juicios de hechos y, por tanto, no son "necesarios". Ahora bien, hay dos tipos fundamentales de experiencia —el placer y el "displacer" (disgusto)— que regulan la vida de las pasiones en el sentido de condicionar empíricamente la aprobación o reprobación. La teoría moral de Hume es una teoría hedonista o cuando menos se halla fuertemente influida por el hedonismo. Así, la conjunción de ciertas experiencias con el placer y la conjunción de otras experiencias con el "displacer" hace esperar una realidad similar a la que se observa en la relación causal antes tratada. La acción voluntaria y la conducta se siguen no de la obediencia a un principio o de un razonamiento, sino de la expectación de la aparición de un sentimiento de placer o de la desaparición o eliminación de un sentimiento de "displacer". Ello no significa, sin embargo, que la doctrina moral de Hume sea radicalmente "subjetiva". Junto a la experiencia "pasional" subjetiva hay la experiencia "pasional" intersubjetiva. En este punto Hume se muestra grandemente influido por las ideas de Hutcheson sobre la simpatía. Además, se halla influido por la idea de que hay una "naturaleza humana" que es igual en todos los hombres y que hace posible no sólo ciertas regularidades en la conducta moral, sino también la aceptación de la obligación, de la justicia y de otras "normas" morales y sociales. Aunque la justicia y, en general, todas las "obligaciones" son para Hume "artificiales", hallan un fundamento sólido en el "egoísmo" propio de cada individuo humano. Los hombres han descubierto y promovido "virtudes artificiales" con el fin de alcanzar una seguridad sin la cual les sería imposible convivir. La artificialidad de tales virtudes no es, sin embargo, equivalente a una mera convicción arbitraria: de alguna manera lo artificial se  halla fundado en lo "natural".

Teología
 La fuerte tendencia de Hume a la "observación de los hechos" se manifiesta asimismo en sus doctrinas acerca de la religión. Las "verdades religiosas" —tales como la sustancialidad e inmortalidad del alma, la existencia de Dios, etc.— no pueden demostrarse mediante la razón. Tampoco puede mostrarse racionalmente que no hay tales "verdades". Así, Hume rechaza tanto el espiritualismo como el materialismo racionalista. Pero el rechazo de toda prueba a priori no significa que Hume rechace toda prueba: hay pruebas a posteriori, como la derivada de la observación del orden del mundo, que son por lo menos más persuasivas. Las "verdades religiosas" son también, como todas las otras "verdades", asunto de probabilidad y plausibilidad. De ahí que sea difícil concluir que Hume fue un ateo o un agnóstico; su actitud es a menudo agnóstica, pero en ningún caso dogmáticamente teísta o atea. El principal y constante enemigo de Hume es el dogmatismo; toda certidumbre en cualquier esfera —en la ciencia, en la moral o en la religión— es sólo "certidumbre moral". 

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