KANT, SÍNTESIS DE LA ILUSTRACIÓN
Introducción
Emmanuel Kant (1724-1804) llena todo el siglo XVIII, tanto desde el punto de vista cronológico como ideológico. Su filosofía intenta recoger en una síntesis genial los elementos sueltos que construyeronla Ilustración : el
racionalismo, el empirismo, la ciencia moderna, la teoría ética y política.
Y
ello hasta el punto de que sucede con él algo parecido a lo que pasó con
Sócrates: su pensamiento divide en dos la historia de la Filosofía de su época,
en un período pre-kantiano y otro post-kantiano.
Introducción
Emmanuel Kant (1724-1804) llena todo el siglo XVIII, tanto desde el punto de vista cronológico como ideológico. Su filosofía intenta recoger en una síntesis genial los elementos sueltos que construyeron
Y sin embargo, no fue
en su tiempo un personaje famoso sino más bien un oscuro profesor en una ciudad
perdida de la Prusia
oriental (Königsberg, ahora parte de Rusia) de la que casi no salió en su vida,
dedicada en su totalidad a leer, escribir y dictar clases. Desde allí, Kant
revoluciona el pensamiento ilustrado, en una época en que las comunicaciones
eran extremadamente difíciles. Hombre metódico hasta la exageración, creyente
convencido, cordial y amable con los demás y exigente consigo mismo, soltero
empedernido. Se cuenta que las amas de casa de Königsberg ponían el reloj en
hora guiándose por la hora en que veían pasar a Kant para dar su paseo de la
tarde. Siguiendo un estricto régimen de vida logró vivir ochenta años en un
clima inhóspito y continuar escribiendo casi hasta el final de su vida.
Teoría del conocimiento
Kant comenzó
adhiriéndose a las tesis del racionalismo escolar de la mano de Wolff (un
racionalista) hasta que la lectura de Hume le hizo darse cuenta del dogmatismo
de esta corriente. Los planteamientos racionalistas resultan dogmáticos porque
mantienen una confianza ciega en la razón, sin someter antes a un análisis sus
capacidades y límites.
Pero tampoco se
limitará Kant a seguir a Hume. Es más, el empirismo radical de Hume también
había conducido a la razón a un callejón sin salida.
Para evitar tanto
el dogmatismo racionalista como el escepticismo humeano Kant lleva a cabo un
análisis de la razón, de sus capacidades y sus límites y le llama “Crítica”,
por eso se llama a su filosofía criticismo.
Kant intenta
contestar a tres preguntas: ¿Qué puedo conocer?, ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe
esperar? Respondiendo a ellas contestaríamos a otra más general: ¿Qué es el
hombre?
A Kant le preocupaba un problema
que sigue preocupando hoy a quienes se aventuran por la historia de la Filosofía : ¿por qué las
ciencias progresan según pasa el tiempo y sin embargo la Filosofía vuelve a
empezar continuamente, sin llegar a ningún acuerdo en los problemas fundamentales?
Para responder analizará los juicios en los que la ciencia se ha
expresado:
Según la
relación del sujeto y el predicado:
·
Juicios analíticos: son aquellos en los que el
predicado está incluido en el sujeto. Son siempre verdaderos porque se rigen por
la ley de la no-contradicción. Ej. “Todo madre tiene hijos”, “Todo cuerpo es extenso”
·
Juicios sintéticos: son aquellos en los que el
predicado no está incluido en el sujeto. Su contrario es posible. Ej, “La pared
es blanca”.
Según su
relación con la experiencia:
·
Juicios a
priori: son aquellos que se obtienen al margen de la experiencia. Son
siempre verdaderos, es decir, son universales y necesarios.
·
Juicios a
posteriori: son aquellos que se obtienen después de la experiencia. No
pueden ser universales y necesarios.
Si traducimos a
Hume al lenguaje kantiano nos daría lo siguiente:
Las relaciones de ideas serían Juicios analíticos a priori
Las cuestiones de hecho serían Juicios sintéticos a posteriori
Con ninguna de
estas combinaciones de juicios es posible la ciencia. La ciencia se expresa con
juicios sintéticos a priori. Al tener
elementos a priori nos dan
conocimiento universal y necesario y por ser sintéticos nos dan conocimiento de
la experiencia, ya que sintetizan (=enlazan) un concepto con un objeto.
Adelantemos
la respuesta de Kant, dejando para después su explicación: eso sucede porque la
ciencia trata de conocer aquello que puede conocer, es decir, aquellos temas
adecuados a la capacidad de nuestra razón porque tenemos datos para pensar en
ellos. La Filosofía, en cambio, está empeñada en conocer problemas metafísicos,
aquellos a los que no alcanzan nuestros sentidos, como la existencia de
Dios o la inmortalidad del alma. Y las modestas fuerzas de nuestra mente no son
capaces de enfrentarse a estas cuestiones. Aunque quizás pueda encontrarse en
la experiencia humana algún otro camino que nos permita acercarnos a ellos.
Pero vayamos por partes.
Para abreviar, llamamos razón
teórica a ese uso de nuestra razón que se dirige a conocer, a saber cómo son
las cosas, cómo funciona la naturaleza. Es la razón que empleamos
cotidianamente cuando nos preguntamos ¿qué es esto? y también la que el
científico utiliza para establecer las leyes naturales. A Kant le interesa
realizar una crítica de la razón que llama “pura”, es decir, averiguar hasta
dónde llega y hasta dónde no llega la capacidad de la razón por sí misma, antes
de cualquier experiencia.
Para que este
uso teórico de la razón tenga éxito son necesarias dos cosas. Por una parte,
los datos de los sentidos: los colores, formas, sonidos, olores, es decir, los
materiales que nos proporciona la experiencia. Sin ellos, el conocimiento
trabaja en el vacío. Pero con esto no basta: si sólo contáramos con estos datos
empíricos nuestra mente sería un caos, un montón confuso y ciego de estímulos
desordenados.
”No hay duda
alguna de que todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia”, nos dice
Kant en el primer párrafo de la introducción de la “Crítica
de la razón pura“, y añade, en el segundo párrafo: “pero, aunque todo nuestro
conocimiento empiece con la experiencia, no por eso procede todo él de la
experiencia”. A diferencia de lo que habían afirmado los racionalistas y los empiristas,
para quienes había sólo una fuente del conocimiento, la razón para unos, y la
experiencia para los otros, para Kant habrá dos fuentes del conocimiento: una, la sensibilidad, que suministrará la
materia del
conocimiento procedente de la experiencia,
y otra, el entendimiento,
que suministrará la forma del conocimiento, y que será independiente de la
experiencia.
La experiencia no basta: es
necesario un elemento a priori, puro, es decir, independiente de la
experiencia, que ordene, clasifique y otorgue sentido a ese aluvión de
sensaciones. Estos elementos los ponemos nosotros, los aporta el mismo sujeto.
Veamos algunos.
Los primeros y más elementales
son el espacio y el tiempo. A pesar de lo que pueda parecer a primera vista, el
espacio y el tiempo no nos los dan los sentidos, los ponemos nosotros. Son
esquemas mentales que nos sirven para ordenar los datos de la experiencia. Por
ejemplo: supongamos que alguien nos informa que ha explotado una bomba. Lo
primero que preguntaríamos sería ¿dónde? y ¿cuándo?, es decir, trataríamos de
situar los datos empíricos (la visión de la explosión, el ruido, el olor) en
nuestras coordenadas de espacio y tiempo. La explosión misma, las sensaciones
que produce en nuestros órganos sensoriales, no nos informan de ello;
necesitamos esquemas a priori, como el espacio y el tiempo.
Pero el espacio y el tiempo no
son las únicas condiciones a priori que utilizamos en nuestro
conocimiento, aunque sean las primeras que ordenan las percepciones de nuestros
sentidos. Para organizar la información a posteriori que nos da la
experiencia empírica utilizamos también las categorías, que funcionan de manera
similar: son condiciones que nuestros esquemas mentales imponen a los datos que
recibimos de los sentidos, gracias a las cuales nuestra inteligencia es capaz
de formular juicios, es decir, afirmaciones (o negaciones) acerca de la
realidad. Así como el espacio y el tiempo eran condiciones que nosotros
imponíamos a los objetos para que pudieran ser percibidos por los sentidos, las
categorías son condiciones para que podamos pensarlos. Kant sostiene que estas categorías
son exactamente doce. Para llegar a estas doce categorías hace lo que él llama
“la deducción trascendental de las categorías” desde lo doce tipos de juicios
formulables (se basa para ello en la lógica aristotélica). Estos son los
juicios de los que parte y la categoría correspondiente que permite formularlo:
[NO ES NECESARIO APRENDERSE TODO EL CUADRO, SI SERÍA
CONVENIENTE SABERSE POR EJEMPLO LOS DE CANTIDAD Y RECOGER EL EJEMPLO QUE VIENE
A CONTINUACIÓN]
DEDUCCIÓN
TRASCENDENTAL DE LAS CATEGORÍAS DESDE LOS JUICIOS POSIBLES
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Un ejemplo de
juicio hipotético: “Si acerco fuego a mi dedo, se produce una quemadura” la
categoría que es condición (=trascendental) para poder formular ese juicio es
la de causalidad (el fuego es “causa” de que se produzca una quemadura).
¿Cómo podemos
afirmar que el fuego causa la quemadura?
Gracias
a la forma del tiempo percibimos que dos datos son sucesivos: uno viene después
que otro. Pero esto no basta para hablar de causalidad, que no es un mero
hábito, como pensaba Hume. Para que podamos hablar de causa es necesario que
esa sucesión esté sometida a una regla, que esa sucesión sea necesaria, de modo
que el segundo término dependa del primero (la quemadura de la llama). Y esta
regla la pone el entendimiento humano, no la recibimos de la realidad exterior.
Lo mismo sucede con las otras categorías, como la de unidad, totalidad,
posibilidad, necesidad y así hasta doce.
Las categorías
se usan de un modo adecuado cuando las aplicamos a los objetos que se dan a la
experiencia pero no cuando con ellas intentamos pensar objetos que estén más
allá de la experiencia, para pensar objetos trascendentes; así por
ejemplo, el concepto de unidad tiene un valor objetivo si lo usamos para
pensar el objeto que tengo delante como una mesa, pero no para
pensar en Dios como siendo una realidad; o la categoría de causa–efecto
tiene valor objetivo cuando la aplico a la relación existente entre fenómenos
(como el fenómeno de calentar el agua a 100 grados y el fenómeno de hervir el
agua), pero no es válida cuando la utilizo para pensar en un ser trascendente
como Dios y decir de él que es causa del mundo.
Cuando
las uso para hablar de seres trascendentes (más allá de la experiencia) como
Alma, Mundo y Dios hago un uso ilegítimo de las categorías y dan lugar a:
· Paralogismos: Error se produce al aplicar las
categorías del entendimiento al “Yo pienso” o Alma con la que la Razón agrupa toda
experiencia interna. El Yo es siempre sujeto, irreductible a objeto.
· Antinomias: Afirmaciones contradictorias
entre sí que la razón lleva a cabo con respecto al Mundo con la que la Razón agrupa toda
experiencia externa (ya que como totalidad el Mundo está más allá de la
experiencia)
· 1ª Antinomia: El mundo es finito — el mundo
es infinito.
· 2ª Antinomia: Toda sustancia compuesta consta
de partes simples — no existe nada simple.
· 3ª Antinomia: En el mundo existe la libertad
— en el mundo no existe la libertad, impera sólo la causalidad.
· 4ª Antinomia: Existe una causa primera del
mundo (Dios) — no existe una causa primera del mundo.
· El ideal de la Razón Pura : La idea de
Dios es surge del intento de agrupar a toda la experiencia posible. Si rechaza
usar las categorías más allá de la experiencia, y Dios lo está, rechaza la
validez de las “pruebas” de la existencia de Dios, que reduce a:
· Prueba ontológica: Partiendo de la noción de
Dios se concluye que existe.
· Prueba cosmológica: Partiendo de la
experiencia de que existen cosas en general, concluye que Dios existe.
· Prueba físico-teleológica: Partiendo de que hay
un orden inteligible en el mundo concluye en la necesidad de una inteligencia
ordenadora.
El uso teórico de la razón es el uso científico,
Kant lo estudia en la “Crítica de Razón Pura”. La razón opera a tres niveles:
- La sensibilidad pone el espacio y el tiempo son intuiciones
puras o formas a priori de la sensibilidad que sirven para organizar
impresiones o materia de la experiencia. Los juicios de la geometría y la
aritmética son sintéticos a priori.
Son a priori, porque espacio y tiempo no se obtienen de la experiencia.
Son sintéticos porque espacio y tiempo constituyen la experiencia (la hacen
posible).
- El entendimiento pone las doce categorías para organizar
objetos bajo concepto formando los juicios de física que son sintéticos a priori. Son a priori, porque
las categorías no se obtienen de la experiencia. Son sintéticos porque las
categorías constituyen la experiencia (la hacen posible).
-La razón enlaza unos juicios con otros a la búsqueda de un fundamento
último, se salta la experiencia y genera las ideas de: Mundo (síntesis de toda
experiencia externa), Alma (síntesis de toda experiencia interna) y Dios
(síntesis de toda experiencia posible). Al estudiar estas ideas: Alma, Mundo y
Dios se hace un uso ilegítimo de las categorías más allá de la experiencia, y
así surgen: antinomias (razonamientos sobre la idea de Mundo), paralogismos
(razonamientos sobre la idea de Alma) y
los intentos incorrectos de demostrar que Dios existe. Por lo que la metafísica no puede ser una
ciencia
Esta es la
razón por la cual la ciencia progresa. Porque los científicos aplican las
formas de espacio y tiempo a los datos que reciben de los sentidos (de aquí
surge la matemática) y los ordenan en construcciones teóricas según sus propias
categorías (de aquí surgen las ciencias naturales). Y de esta manera la ciencia
puede formular leyes universales (que valen para todos los casos) y necesarias
(que son así y no pueden ser de otra manera).
La ciencia, e incluso el conocimiento vulgar
que ejercitamos todos los días, funciona correctamente porque se ocupa de lo
que Kant llama fenómenos, es decir, de las cosas tal como aparecen, de
los datos que recibimos de los sentidos interpretados según el modo de
funcionar de nuestro conocimiento. Y no pretende, por lo tanto, saber cómo son
las cosas mismas, independientemente de nosotros, aquello de lo que no tenemos
experiencia, lo que Kant llama noúmenos.
Pero hay
quienes se empeñan en conocer realidades de las cuales los sentidos no nos
dicen nada, como la existencia de Dios o la inmortalidad del alma. Son los
filósofos, los metafísicos, que quieren construir una ciencia que no se
conforme con los modestos fenómenos sino que se asome al mundo de los noúmenos,
de la realidad tal como es. Se entusiasman con los éxitos del conocimiento
humano y quieren encontrar afirmaciones cada vez más generales, explicaciones
que abarquen cada vez más, como la explicación del universo mismo, aunque
tengan que ir más allá de la experiencia. Pero el límite lo fija la
experiencia, los modestos datos de los sentidos: más allá de ella la ciencia no
puede pasar.
Para
demostrar esto, Kant, quizás con cierto sentido del humor, se dedica a probar
que el universo tiene un comienzo en el tiempo y es limitado en el espacio para
demostrar en seguida todo lo contrario. Es evidente que si se pueden demostrar
dos afirmaciones contradictorias sobre un tema del cual carecemos de datos, eso
significa que sobre estos temas no se puede demostrar nada. La Metafísica no es
una ciencia ni puede serlo.
Ética
Pero nosotros
no usamos la razón solamente para saber cómo son las cosas ni para hacer
ciencia. También la utilizamos para saber qué tenemos que hacer, para dirigir
nuestra conducta. Cuando, ante una decisión difícil, nos preguntamos ¿qué debo
hacer?, nuestra razón tiene mucho que ver en la búsqueda de la respuesta:
buscamos razones a favor o en contra, las comparamos, justificamos con ellas
nuestra decisión o nos sentimos culpables por haber actuado por razones
equivocadas. Este es el llamado uso práctico de la razón, o razón
práctica.
Y aquí
aparece una diferencia muy importante con la razón teórica, que es su dimensión
moral. La razón práctica en las decisiones morales no puede basarse en los
datos de los sentidos, en la experiencia. Por una razón muy clara: cuando la
razón pregunta ¿qué debo hacer? no se está refiriendo a lo que existe sino a lo
que debe existir, no pregunta por lo que es sino por lo que debe
ser. Y es evidente que lo que debe ser (y por lo tanto todavía no
es) no podemos verlo, oírlo o tocarlo. En este sentido la razón práctica es
siempre pura, en el sentido que le daba Kant: sin contenido empírico. El
deber ser no puede justificarse en la observación de la naturaleza:
aunque veamos que alguien asesina a otro (dato empírico) la razón sigue
afirmando que no se debe matar: veremos en qué se basa pero lo que está claro
es que no se basa en la observación de los hechos. Tal vez si examinamos
este uso de la razón podamos aproximarnos a esos noúmenos que la ciencia
no podía conocer precisamente por su falta de datos empíricos.
Mientras que
la razón teórica formula afirmaciones o juicios (“el calor dilata los
cuerpos”), la razón práctica formula mandamientos o imperativos (“no se debe
matar”). Pero existen dos tipos de imperativos: el primero, que Kant llama hipotético,
es aquel en el cual la obligación se basa en motivos de tipo empírico, o, dicho
de otra forma, en un premio que se pretende conseguir o un castigo que se
pretende evitar. Por ejemplo: “si quieres conservar bien la dentadura, lávate
los dientes”, “si no quieres que te suspendan, estudia filosofía”. Es evidente
entonces que si no nos importan las consecuencias, el imperativo deja de ser
obligatorio. Este tipo de imperativo no es el que nos interesa, precisamente
porque se basa en motivos que implican datos de los sentidos, con lo cual
volveríamos a encontrar los mismos límites que encontrábamos en el conocimiento
científico. Y hay que advertir que Kant considera empíricos también los
sentimientos, como el placer, el dolor y los afectos en general, de modo que si
obramos porque la acción nos produce placer o por pura compasión también
estaríamos ante un imperativo hipotético.
¿Es que acaso
hay otro tipo de imperativos que no sean estos? ¿Actuamos alguna vez sin buscar
un premio, aunque sea afectivo, o sin la amenaza de un castigo? Kant no lo
duda: existen imperativos categóricos, es decir aquellos en los cuales
la obligación se basa únicamente en el deber: haz esto porque debes. Y punto.
Por lo tanto no dependen de ninguna condición, de ningún premio ni castigo, ni
siquiera afectivo, ni siquiera, para los creyentes, de la esperanza de la
salvación eterna ni del temor al infierno. Por ejemplo: supongamos que tengo un
amigo rico que está casado con la mujer que yo quiero. Estamos solos al borde
de un precipicio, no hay nadie en varios kilómetros a la redonda. Me bastaría
un suave empujón en su espalda para quedarme con su dinero y su mujer, sin
ningún riesgo de castigo. ¿Por qué no lo hago? Desde el punto vista hipotético
y empírico todo son ventajas; sin embargo, está claro que no debo
hacerlo. Pero también es cierto que podrían existir otras razones ocultas, como
el miedo a los remordimientos o el temor a la vida futura, lo cual nos volvería
a llevar al terreno empírico de los premios y los castigos.
El deber
moral no se puede demostrar con teorías: es un hecho, y como todo hecho se
impone sin necesidad de pruebas. Si alguien le discutiera a Kant la existencia
del deber moral, argumentando que siempre obramos por nuestras conveniencias
empíricas, Kant le contestaría que no puede seguir la discusión. Se trataría de
un caso similar al de una persona que escuchara una sinfonía de Mozart y
opinara que desde el punto de vista estético no se diferencia del ruido de una
moto: es imposible demostrarle lo contrario. Todo lo que sigue parte del hecho
de que existe el deber moral, aun cuando siempre podamos discutir acerca de su
contenido concreto, su fundamento, su origen. Y aun cuando no podamos
demostrarlo, hay que reconocer que la experiencia cotidiana de cualquier
persona normal es capaz de distinguir cuándo está obrando por interés propio y
cuando se enfrenta a una obligación moral, aun cuando existan situaciones
confusas.
¿En qué
consiste ese imperativo categórico? Sabemos, por ejemplo, en qué consisten los
mandamientos judeo-cristianos: amar a Dios, no matar, honrar padre y madre,
etc. El imperativo categórico no se ocupa de estos contenidos; no indica qué
debemos o no debemos hacer sino cómo debemos hacerlo. Por eso es un
imperativo formal: se refiere a la forma, a la manera en que
actuamos, y no pretende proponer una lista de acciones buenas o malas. Porque
una misma acción puede ser moral o no serlo según su forma: podemos, por
ejemplo, ayudar a un amigo por deber o esperando una recompensa por su parte. Y
por eso también el imperativo es autónomo: para que la acción tenga
valor moral debe provenir de mi propia voluntad, de tal modo que la mera
obediencia a una norma que viene de fuera no basta para que la consideremos
valiosa moralmente.
Kant propone
varias fórmulas del imperativo categórico. Dice una de ellas: “Obra de manera
que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de los demás,
siempre como un fin y no sólo como un medio”. Un fin vale por sí mismo, un
medio vale en la medida en que nos conduce al fin. Siempre que utilizo a una
persona para conseguir mis fines la estoy tratando como medio, lo cual no
significa que esté actuando mal: sólo indica que a mi acción no la guían
motivos morales sino la utilidad. Cuando un peluquero me corta el pelo ambos
nos tratamos como medios: yo para mejorar mi aspecto, él para ganarse la vida,
de modo que sería absurdo creer que acudir a la peluquería me convierte en una
buena persona. Pero imaginemos que en plena tarea el peluquero tiene un infarto
y yo olvido mi prisa y me dedico a auxiliarle: en ese momento ha dejado de ser
un medio y lo estoy tratando como fin, es decir, como un valor en sí mismo, ya
que como peluquero ha dejado de serme útil. Sólo allí comienza la moralidad
de la acción.
Obsérvese que
Kant no censura que nos tratemos como medios: todas las relaciones sociales
están organizadas así, desde los peluqueros a los profesores, pasando por los
médicos y los fontaneros. Dice que la moral empieza cuando, además de tratarnos
como medios, nos tratamos como fines, es decir, como personas cuyo valor no
está determinado por su utilidad sino por el mero hecho de existir como seres
humanos. La humanidad es, por lo tanto, el único fin que vale por sí mismo y
por lo tanto el único contenido de la moral kantiana. Y hay que advertir
que esta humanidad no es sólo la de los demás sino también la nuestra: según
Kant, tampoco debemos tratarnos a nosotros mismos como si fuéramos sólo medios,
lo cual implica que tenemos el deber de respetarnos y a exigir para nosotros el
mismo respeto con que debemos tratar a los demás.
Esta es la
norma fundamental de la razón práctica, y por lo tanto es una norma universal,
como todo lo que procede de la razón. Cuando voy a tomar una decisión moral,
dice Kant, debo preguntarme si lo que voy a hacer puede convertirse en una
norma universal, que valga para todos los hombres. Si es así, puedo estar
seguro de que me estoy guiando por un criterio racional y no por mis intereses
particulares y egoístas. Interpretando esta afirmación desde el momento actual,
la universalidad del imperativo se opone a toda forma de discriminación como el
racismo, la xenofobia o el machismo, que seleccionan a los seres humanos según
cualidades empíricas.
Antropología y Teología (Libertad,
Dios e inmortalidad del alma).
Habíamos
anunciado que por este camino de la moral, que no depende de los datos
empíricos, quizás podríamos asomarnos a ese mundo de las cosas en sí al que no
llegaba el conocimiento y la ciencia. Kant lo hace, pero advierte que lo que
establecerá en adelante no serán demostraciones sino algo más modesto: serán
postulados. Un postulado es algo que la razón humana exige pero no es capaz de
demostrar, es una condición que da sentido a la experiencia moral pero que no se
puede probar teóricamente.
Por ejemplo,
la libertad. No podemos probar científicamente que somos libres, pero podemos
postular la existencia de la libertad, ya que sin ella la existencia de la
moral sería imposible. Y recordemos que la moral es un hecho. La acción humana
no tendría valor moral si estuviéramos determinados a hacer una cosa u otra sin
que pudiéramos decidirlo. Pero, puesto que tiene ese valor, somos libres.
Kant era un
ilustrado y como hemos dicho antes, en todo ilustrado late una confianza en la
razón que se parece mucho a la fe de otros tiempos. Él constata que la razón
exige que la virtud moral y la felicidad vayan juntas. El hombre racional
reclama que el bueno sea feliz, y se rebela contra las desgracias que sufren
los justos y los premios que reciben los canallas. Sin embargo, vemos todos los
días que felicidad y virtud no siempre son compañeras de viaje, y que muchas
veces el sufrimiento es el resultado de la virtud. Por lo tanto, la razón tiene
derecho a postular una vida futura en la cual la felicidad, que es empírica, y
la bondad, que es moral, se reconcilien para siempre. Es decir, a postular la
inmortalidad del alma.
Y ello supone
la existencia de un Dios que asegure esa reconciliación entre el mundo empírico
de las cosas naturales y el mundo moral de la libertad. Dios constituye la
aspiración última de una razón que apuesta porque el mundo está bien hecho y
tiene un sentido. Aun quienes no seguimos a Kant hasta tan lejos estaríamos
encantados de que tuviera razón y la racionalidad triunfara en la historia.
Aunque lo que hemos visto hasta ahora no avala tanto optimismo.
Política (Sociedad,
historia, derecho, religión).
Es imposible
resumir todas las consecuencias que saca Kant de esta visión del hombre y de la
ética. Su pensamiento incursiona en la filosofía de la historia, de la sociedad
y del derecho, así como de la religión y de la experiencia estética, temas que
no podemos desarrollar aquí. Comprende que no es el individuo quien está
llamado a realizar los fines de la humanidad sino la especie humana, aunque
para hacerlo siga caminos aparentemente desviados. Y que esa realización la
debe hacer en sociedad, superando la contradicción que él caracteriza como “la
insociable sociabilidad del hombre”: el derecho, el imperio de le ley, debe
guiar esta tarea dentro del Estado, aspirando a una sociedad universal de
naciones que asegure una paz perpetua entre los hombres bajo el imperio de le
ley. Todo ello tiende a realizar en la tierra lo que él llama “el reino de los
fines en sí”, es decir, una comunidad de seres racionales que organicen la
sociedad según el imperativo moral. A Kant no se le oculta el carácter utópico
de este sueño, pero no renuncia al derecho que tenemos de aspirar a él.
Como dijimos
al principio, la filosofía de Kant constituye la síntesis más acabada de los
diversos caminos que siguió la Ilustración, con sus aciertos y sus errores, sus
logros y sus límites. El pensamiento posterior, aun el más anti-kantiano como
el de Nietzsche, tiene necesariamente que contar con él.
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